Capítulo 30
Un altar de oro para quemar el incienso
Una vez efectuada la obra que permitía al sacerdote acercarse, se nos presenta otro altar, cubierto de oro, sobre el cual Aarón y sus hijos debían quemar el incienso. El primer altar nos habla de Cristo y del valor de su sangre; el segundo también es figura de Cristo y de la eficiencia de su intercesión. El altar de oro era inseparable del altar de bronce. Jesús fue primeramente el sacrificio y después el sacerdote. Como ofreció en la cruz la sangre que purifica, ahora puede presentarse vivo por los suyos, en los lugares santos.
Ninguna víctima era ofrecida en el altar de oro, ya que Cristo no tiene que sufrir ni morir más. La obra está acabada. Ahora Él es, en el cielo, el tema, «la esencia» del culto. Por medio de Cristo el rescatado también se acerca a su vez y ofrece al Padre el perfume de la adoración y la oración (Salmo 141:2). Porque el culto consiste, ante todo, en presentar a Dios las perfecciones de su Hijo amado.
Los versículos 11-16 hablan del rescate. Este es estrictamente personal. Por otra parte, era idéntico para el rico y el pobre. Dios no hace diferencia entre los pecadores (Romanos 2:11) y ofrece a todos el mismo medio de salvación. ¡Una salvación gratuita! Pero ¡cuánto le costó a Aquel que pagó nuestro rescate!
La fuente de bronce – Perfumes
Todavía faltaba un utensilio para que el culto pudiera tener lugar. Era la fuente de bronce. Ella debía estar puesta en el atrio, entre el altar de bronce y el tabernáculo propiamente dicho, en el camino del sacerdote que, yendo a ejercer su oficio, se lavaba las manos y los pies. Este acto es figura del juicio de uno mismo bajo el efecto de la Palabra (el agua) que purifica al adorador de las manchas contraídas en su marcha en medio del mundo (Juan 13:10).
Después del agua que limpia “las inmundicias de la carne” (1 Pedro 3:21) (lado negativo), encontramos el aceite de la unción (el Espíritu) que confiere un carácter santo. Los ingredientes que entraban en su composición expresaban las diversas gracias y glorias de Cristo. Estaba prohibido verter el aceite santo sobre la carne del hombre (servirse de los dones del Espíritu para vanagloriarse) y fabricar otro semejante (imitar las manifestaciones del Espíritu Santo). El Salmo 133 (v. 2) nos muestra este precioso aceite derramado sobre la cabeza de Aarón y que baja por su barba hasta el borde de sus vestiduras; magnífica imagen de los rescatados que gozan, por medio del Espíritu, de las perfecciones de su Jefe glorificado y que participan de la misma unción. Por el contrario, el buen olor del incienso subía constantemente hacia Dios para presentarle en detalle toda la excelencia de su Amado.
