Capítulo 40
El tabernáculo erigido según el orden indicado por Dios
Moisés debe hacer levantar el tabernáculo y disponer su contenido el primer día del primer mes, imágenes de las nuevas relaciones que Dios establece con su pueblo. Todas las cosas son hechas nuevas, y es Jehová mismo quien lo ha previsto todo. Ahora hace falta que se acerquen los sacerdotes: “llevarás” a Aarón y a sus hijos (v. 12, 14). Pensamos en aquel hombre que hizo una gran cena y envió a su siervo a decir a los convidados:
Venid, que ya todo está preparado.
(Lucas 14:16-17)
El santuario ha sido preparado para el adorador; ahora es necesario que el adorador sea preparado para el santuario: “Los lavarás… los vestirás… los ungirás”. Lavados, justificados, perfeccionados, entramos en el lugar santo, dice un cántico. Y, para el sacerdote, van a empezar sus funciones santas en sus sucesivas etapas: el altar de bronce, la fuente, la entrada en el lugar santo, la ofrenda del perfume sobre el altar de oro. ¿Nos quedaremos atrás cuando Dios mismo dice: “Llevarás a Aarón y a sus hijos”, cuando nuestro Sumo Sacerdote, verdadero Aarón que introduce a sus hijos en el santuario celestial, puede declarar:
He aquí, yo y los hijos que Dios me dio?
(Hebreos 2:13).
La gloria divina desciende
Hasta en los menores detalles el santuario y los objetos del culto han sido preparados y colocados cada uno en su lugar. “Acabó Moisés la obra” (v. 33). Nos recuerda a Aquel que dijo a su Padre:
He acabado la obra que me diste que hiciese.
(Juan 17:4)
Pero la fidelidad de Moisés sobre toda la casa de Dios, evocada en Hebreos 3:2 y sig., palidece al lado de la del Hijo, “fiel al que le constituyó” (Hebreos 3:2). Él reveló al Padre, santificó a sus hermanos, edificó el verdadero tabernáculo del cual ha llegado a ser el Sumo Sacerdote; un nuevo orden de cosas (ya no más visibles y materiales) en el que Dios puede ser conocido, hecho cercano y servido. El maravilloso tabernáculo, cuyo estudio terminamos con el libro del Éxodo, nos ha ilustrado múltiples aspectos de la obra de Cristo y sus consecuencias. La primera de esas consecuencias es que Dios desciende en gloria para habitar en medio de este pueblo (v. 34-35). Del mismo modo en Pentecostés, sobre la base de la concluida obra de Cristo, Dios como Espíritu Santo descendió para habitar en la Iglesia, formada según Efesios 2:22 para ser “morada de Dios en el Espíritu”. Desde entonces, incluso en medio de la ruina, está como Guía divino conduciendo y dirigiendo al pueblo de Dios, tal como lo hacía con Israel la nube que cubría el tabernáculo.
