Capítulo 9
Plagas, úlceras – Peligro de endurecer su corazón
Una plaga “gravísima” cae ahora sobre el ganado. Dios guarda los rebaños de Israel porque necesitarán corderos para la Pascua y más tarde para ofrecer otros sacrificios. Además, una úlcera hace erupción en los hombres y las bestias. El corazón del rey permanece insensible, pese a que las plagas –notémoslo bien– son enviadas a su corazón (v. 14). ¿Cómo explicar este encarnizamiento de Faraón contra Israel? Satanás sabe que de ese pueblo debe nacer un día el Mesías, uno mucho más grande que Moisés, que vendrá a liberar a los hombres de su yugo y será su vencedor. Por eso retiene a Israel en esclavitud el mayor tiempo posible. Pero esta obstinación no consigue más que hacer resaltar el poder de Dios y publicar Su nombre en toda la tierra (v. 16, citado en Romanos 9:17).
Puesto en presencia de la potestad de Dios, pero también de su misericordia –porque sucesivamente retiró las ranas, los piojos (o mosquitos) y las moscas–, el orgulloso Faraón voluntariamente endurece cada vez más su corazón y rehúsa arrepentirse.
Cuántas personas endurecen sus corazones en presencia del milagro más grande de la gracia: el Hijo de Dios quien murió para salvar a los hombres perdidos.
¿Por qué todos estos desastres?
Una séptima plaga es anunciada: el granizo. Por primera vez vemos que algunos egipcios temen la palabra de Jehová y ponen sus ganados al abrigo. La finalidad de las catástrofes que Dios permite es recordar a los hombres su presencia. Hoy día nos sentimos muy orgullosos de todos los progresos científicos por medio de los cuales el hombre cree asegurar el control de las fuerzas de la Naturaleza. Entonces, para hacer recordar quién es el dueño del mundo, Dios permite cataclismos naturales, calamidades imprevisibles (terremotos, epidemias, invasiones de insectos) que muestran a la criatura su pequeñez y que humillan su orgullo (Job 38:22-23). Dios procura por todos los medios que los hombres vuelvan sus pensamientos hacia Él. En efecto, frecuentemente tales llamados de atención les lleva a reflexionar y a preocuparse por su destino eterno. ¡Cuántas almas sumidas en la angustia han encontrado en Jesús el abrigo, no solamente contra las tempestades de este mundo, sino contra el juicio eterno!
Dios mide con cuidado la intensidad y la duración de la prueba. Esta no irá más lejos de lo que Él permita. El lino y la cebada fueron destrozados, pero no el trigo y el centeno (v. 31-32). En cuanto a sus amados, estos gozan durante el curso de la tempestad de una maravillosa protección (v. 26).
