Capítulo 26
Significado de las cortinas
Después de estos tres objetos (el arca, la mesa y el candelero) viene la descripción del tabernáculo propiamente dicho. Era un conjunto de tablas que formaban tres paredes, por encima de las cuales estaban extendidas cuatro cubiertas sobrepuestas, cada una constituida por varias cortinas. La primera cubierta, llamada el tabernáculo, estaba puesta debajo y formaba el techo. Solo se podía contemplar desde el interior del santuario. Estaba tejida con hilos de diferentes colores, semejantes a los que encontramos en el velo (v. 31) y en el efod del sumo sacerdote (cap. 28:5). Cada uno de esos colores subraya una gloria particular de Cristo. El lino torcido ilustra siempre su humanidad perfecta, el azul su carácter celestial, la púrpura su gloria universal, el carmesí su realeza sobre Israel. Las lazadas de azul y los corchetes de oro que unían las cortinas nos recuerdan los vínculos celestiales y divinos que unen a los rescatados. La segunda cubierta (la tienda), de pelo de cabra, la tercera de pieles de carneros y la cuarta de pieles de tejones, sugieren respectivamente la separación, la consagración (cap. 29:27) y la vigilancia. Dios halló esas virtudes en la vida de Jesús en este mundo y desea que ellas sean igualmente visibles ahora en la vida de los suyos.
Tablas unidas y asociadas
Los tres lados del tabernáculo estaban constituidos por anchas tablas de madera de acacia cubiertas de oro, puestas de pie sobre basas de plata. Figura de los rescatados, firmemente establecidos sobre la redención de la cual siempre nos habla la plata, y que la justicia divina (el oro) ha revestido, de forma que es ese carácter divino el que ahora debe brillar. Pero, para que las tablas se mantuvieran juntas y resistieran el embate del viento del desierto, hacían falta las barras, las que nos hacen pensar en todo lo que une a los hijos de Dios. Por ejemplo, los agradables vínculos del afecto fraterno. ¡Qué apoyo es para un joven creyente tener un hermano o un amigo con el que pueda hablar de sus dificultades y ponerse de rodillas para elevar a Dios sus plegarias! Por encima de todo, “un solo Espíritu” une a todos los rescatados por el Señor, de manera que forman un cuerpo “bien concertado y unido entre sí”, en condiciones para resistir a “todo viento de doctrina” y a los esfuerzos que el enemigo hace para derribarlos (Efesios 4:2-4; 14-16; ver también 1 Corintios 10:12). Observemos, por último, lo que caracterizaba a las tablas de las esquinas: estaban perfectamente unidas “por su alto” (v. 24; ver Juan 17:21; 1 Corintios 1:10). Un común afecto por el Señor es lo que estrecha “perfectamente” los vínculos de la comunión de los cristianos entre sí.
Dos velos
Yendo del interior hacia el exterior –el camino de Dios hacia el pecador–, el tabernáculo contaba con un lugar santísimo inaccesible, en el que se encontraba solo el arca del testimonio (v. 33); luego tenía un lugar santo, separado del lugar santísimo por un velo. Este velo representaba la humanidad de Cristo (Hebreos 10:20), ese conjunto de glorias y perfecciones del que dan una idea los materiales utilizados. Los querubines bordados nos recuerdan a aquellos que prohibían al hombre el acceso al árbol de la vida (Génesis 3:24). Pero, a la muerte de Jesús, el velo del templo se rasgó, quedando así abierto al hombre un camino hasta la misma presencia de Dios.
Ante el velo estaba puesta la mesa y el candelero (v. 35), así como el altar de oro (cap. 30:6). La misma tienda estaba cerrada con una cortina, obra de recamador, pero sin querubines, pues los sacerdotes estaban autorizados a penetrar para cumplir su servicio. Finalmente, ante la tienda estaba erigido el altar de bronce. De grandes dimensiones, cuadrado, ese altar nos habla de la cruz y de la eficacia de ella. Era de madera de acacia (Cristo hecho hombre para poder sufrir y morir) y estaba cubierto de bronce (a fin de que pudiera atravesar la prueba del fuego del juicio divino contra el pecado). ¡Gloria a nuestro perfecto Redentor!
