Éxodo
Éxodo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 39

¿Por qué hilos de oro?

A la descripción de las santas vestiduras de Aarón, el versículo 3 le añade un detalle que no da el capítulo 28: hilos de oro debían ser bordados entre los hilos con que estaba tejido el efod. La gloria divina de nuestro Sumo Sacerdote brilla en medio de todos los caracteres de su santa humanidad. Contemplémosle en los evangelios. Duerme sobre un cabezal, pero un instante después impone silencio al viento y al mar. Llora en la tumba de Betania, pero eso sucede inmediatamente antes de resucitar a Lázaro. Paga el impuesto, pero con una moneda encontrada en la boca de un pez creado por Él. A cada instante el oro de su divinidad aparece en las circunstancias más ordinarias de su vida de hombre, y de hombre de dolores. Este carácter inseparable de las glorias de Jesús es subrayado por los cordones en forma de trenza, los engastes de oro, los anillos que unían entre sí firmemente todos esos vestidos. No se puede quitar o poner en duda una verdad concerniente a la bendita persona de Cristo sin que, en cierta medida, le despojemos enteramente. Por desgracia, la historia de la Iglesia da cuenta de muchos ejemplos de gente audaz que no ha temido hacerlo. ¡Quiera Dios ayudarnos a reconocer con inteligencia y adoración todas las perfecciones morales, oficiales y personales de las que está vestido el Señor Jesús!

Nada es dejado a la iniciativa humana

En estos capítulos 39 y 40, una expresión se repite continuamente:

Como Jehová lo había mandado a Moisés.

Nada había sido dejado a la imaginación de aquellos que hacían la obra. Lo mismo ocurre hoy día con el culto de los cristianos. La Biblia nos enseña todo lo que necesitamos para saber cómo Dios quiere ser adorado. Añadir algo a sus instrucciones o sustituirlas por lo que nosotros estimamos mejor sería pura desobediencia, ¿no es cierto? ¡Y al mismo tiempo una pretensión! ¿Con qué derecho decidiremos nosotros acerca de lo que conviene a Dios? ¡Observemos las religiones cristianas, sus clérigos, sus organizaciones, sus ostentosas ceremonias! Dios no ha “mandado” esas cosas y, por consiguiente, el creyente que conoce la Palabra no puede asociarse a ellas.

En contraste con todos los preceptos del Antiguo Testamento –algunos de los cuales hemos examinado en este libro del Éxodo– el culto de los “verdaderos adoradores” del Padre debe ser “en espíritu y en verdad (Juan 4:23-24). Las formas exteriores de una religión carnal y las ceremonias están puestas de lado y sustituidas por la acción del Espíritu Santo. Ya no son las figuras e imágenes las que forman parte de nuestro culto, sino la realidad de las cosas eternas.