Éxodo
Éxodo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 12

La fiesta de la Pascua

Llegamos, con el relato de la Pascua, a uno de los capítulos más importantes del Antiguo Testamento. La redención anunciada se va a cumplir al mismo tiempo que el más terrible de los juicios caerá sobre Egipto. El pecado merece la muerte, y todos han pecado, tanto los israelitas como los egipcios. Pero, para los que pertenecen al pueblo de Dios, un cordero va a morir en su lugar. Clara y conmovedora imagen de Jesús, “un Cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo” y muerto en el momento fijado por Dios (1 Pedro 1:19). Nosotros hacemos nuestro ese sacrificio; eso es lo que significa comer la pascua (1 Corintios 5:7-8). El cordero asado al fuego es figura de Cristo al experimentar el ardor del juicio divino. Las hierbas amargas corresponden al sentimiento que experimentamos al pensar que Sus dolores se debieron al hecho de que nuestro pecado le condujo allí. El cordero se comía en familia. Los padres, los hijos, cada uno en casa tenía su parte. Querido lector, usted también, personalmente, ¿ha “comido la pascua”? ¿Por la fe se apropió de la muerte expiatoria del Señor Jesús? El momento de la conversión es una fecha inolvidable, pues señala la línea de partida de la verdadera vida, el nuevo nacimiento del hijo de Dios (v. 2).

¿Cómo protegerse del juicio?

La levadura, figura del mal, debía ser quitada con gran cuidado (comparar con 1 Corintios 5:7-8). No podemos aceptar la obra de Cristo y gozar plenamente de ella mientras no hayamos confesado y abandonado todo pecado del cual tengamos conciencia.

Al israelita le quedaba por hacer lo que Jehová ordena a Moisés en los versículos 7 y 22: debía mojar un manojo de hisopo en la sangre del cordero y teñir el dintel y los dos postes de la puerta de la casa. Para hacer eso, el jefe de la casa debía creer dos cosas: primeramente, que Jehová iba a herir; después, que la sangre tendría el poder de protegerlo juntamente con los suyos.

Quizá podamos preguntarnos, como los hijos de los israelitas: ¿Qué significa para nosotros este rito? (v. 26). ¿No es la figura de la preciosa sangre de Cristo amparándonos del juicio?

Veré la sangre,
(v. 13)

había afirmado Jehová, pero el israelita, de dentro, no la veía. Nuestra salvación no depende de cómo apreciamos la obra de Cristo, ni la intensidad de nuestros sentimientos al respecto. No, depende de cómo la estima Dios, y para Él esa sangre es plenamente eficaz para quitar el pecado. Por eso, descansemos con confianza en la obra perfecta realizada por Jesús y aceptada por Dios (1 Juan 1:7 final).

Juicio para unos, liberación para otros

Mientras en cada una de sus casas los israelitas comen la pascua bajo la protección de la sangre del cordero, afuera, de noche, reinan el terror y la desolación. El destructor pasa hiriendo a los primogénitos, de forma que un gran grito de desesperación llena todo Egipto. Es la décima y última plaga, imagen de un juicio infinitamente más solemne, aquel al que la Palabra llama la segunda muerte, reservada para aquellos que no se hayan puesto al amparo que ofrece la sangre del Cordero de Dios.

No hay diferencia entre el cautivo que está en la prisión y el mismo Faraón (v. 29). Tampoco la habrá cuando, ante el gran trono blanco mencionado en el capítulo 20 del Apocalipsis, comparezcan todos los muertos, “grandes y pequeños”.

Para los hijos de Israel ha llegado el momento de la partida. Han comido la pascua de prisa, teniendo los lomos ceñidos, las sandalias en sus pies y el bastón de peregrino en la mano (v. 11), mostrando así que forman parte de un pueblo separado, extranjero, preparado para partir. ¿No lo somos nosotros también? A través de nuestro celo, de nuestro desapego por las cosas de esta tierra, de nuestra sobriedad, en suma, de toda nuestra conducta, debería verse que, habiendo sido redimidos por la sangre del Cordero, estamos dispuestos a salir de un instante a otro hacia nuestra patria eterna.

Recordarlo

Dios hace que todo comience el día de la redención (cap. 12:2; 1 Reyes 6:1). Instituye la pascua como un estatuto perpetuo. El pensamiento del enemigo a propósito del Cordero es “que no haya más memoria de su nombre” (Jeremías 11:19). Pero Dios, para quien la obra de su Hijo tiene gran precio, vela para que ese recuerdo sea perpetuado. “Es noche de guardar”, proclama Él (v. 42), y más adelante:

Tened memoria de este día.
(cap. 13:3)

El Señor Jesús, sustituyendo con el memorial de la Cena al de la Pascua, ha invitado a los suyos a hacer esto en memoria de Él (1 Corintios 11:24-25). ¿Ha respondido usted a ese deseo del Señor?

En el capítulo 13 Jehová proclama sus derechos sobre el alma que acaba de redimir (cap. 12). Ciertos creyentes, particularmente hijos de padres cristianos, se contentan con su salvación y no tienen en cuenta la consagración que debe seguirle. Pero la misma voz que ha dicho: “Veré la sangre y pasaré de vosotros” (cap. 12:13), ordena ahora:

Conságrame todo primogénito… Mío es.
(cap. 13:2)

A la fiesta de la Pascua estaba estrechamente asociada la de los panes sin levadura. Esto nos muestra que, para un hijo de Dios, estar puesto al abrigo que ofrece la sangre de Cristo y la necesidad de una vida santa son dos verdades inseparables (leer también Tito 2:14).