Capítulo 23
Lo que Dios prohíbe
Jehová se ve en la obligación de decir a su pueblo: “No matarás al inocente y justo”, orden que, desgraciadamente, se verá más que justificada, porque más tarde matarán “al Santo y al Justo” (Hechos 3:14-15). El extranjero también es objeto de recomendaciones. No debía ser oprimido ni maltratado (v. 9; cap. 22:21; ver Jeremías 22:3). Levítico 19:34 va mucho más lejos: se le debía amar como a sí mismo. En el Nuevo Testamento el Señor Jesús declara que cuidar del extranjero es recogerlo a Él mismo (leer Mateo 25:35 final). Por lo demás, ¿no fue Jesús el extranjero celestial que vino a visitar a los hombres? ¡De qué manera su corazón infinitamente sensible fue herido por la ingratitud de aquellos a los cuales vino por amor! Sí, estamos invitados a comprender “cómo es el alma del extranjero” (v. 9), el corazón del Salvador.
Recuerda que tú también fuiste extranjero, añade Jehová. ¡Ponernos en el lugar de los otros es el secreto del amor! En los versículos 10 a 13, Dios nos muestra el cuidado que tiene de toda su creación: los animales, las plantas e incluso la tierra. Aprendamos nosotros mismos a respetar todo lo que pertenece a nuestro Padre celestial.
Con respecto al culto, subrayemos el final del versículo 15:
Ninguno se presentará delante de mí con las manos vacías.
(Deuteronomio 26:2)
Jesucristo conduce a la meta
Jehová no solamente da mandamientos a Israel. También le prodiga cuidados, le proporciona un conductor: su Ángel, el que irá delante de él para conducirlo y, a la vez, para dirigir sus combates. Por otra parte, lo instruye acerca del final de su peregrinaje. Amplios límites han sido ya trazados para recibirlo (v. 31).
De la misma manera, Dios ha provisto hoy para el pueblo cristiano en la tierra un compañero de viaje: el Espíritu Santo. La recomendación hecha a Israel en el versículo 21: “Guárdate delante de él”, puede compararse con las exhortaciones hechas en el Nuevo Testamento en cuanto a no entristecer al Espíritu Santo de Dios (Efesios 4:30). En su gracia, Dios quiere que los suyos también conozcan el final de su viaje: la bella heredad que su amor ha preparado para ellos en el cielo, junto a Jesús.
Sin embargo, entre los cuidados de Dios hay algunos a los que estamos menos dispuestos a comprender y aceptar. Esto se ve particularmente en la orden dada a su pueblo para que permanezca estrictamente separado de las naciones que lo rodean. Pero Dios no exige esta separación para privar de algo a los suyos. Por el contrario, lo hace por amor, con el fin de preservarlos de caer en una trampa (v. 33).
