Capítulo 34
Moisés de nuevo en la montaña
Cuando Moisés pidió a Jehová que le mostrara Su gloria, sin duda esperaba tener una visión resplandeciente, como la descrita en el capítulo 24:10. Pero Dios le va a revelar algo mucho más precioso: “La gloria de su gracia” (Efesios 1:6). Se da a conocer a su siervo como el Dios misericordioso y hacedor de gracia (v. 6). Es como si Dios dijera: Llevo un nombre que me obliga a dispensar gracia. Pero notemos dos condiciones que nos permitirán aprovecharla.
1a. “Prepárate, pues, para mañana, y sube de mañana”, ordena Jehová a Moisés. ¡El Señor nos dé cada mañana esta disposición del corazón, tan necesaria para gustar su gracia! (Salmo 63:1-3).
2a. El hombre de Dios debe mantenerse en la hendidura de la peña, imagen de un Cristo herido, quien ahora dice a los suyos: “Permaneced en mí” (Juan 15:4). Pero la gracia de Dios no debe hacernos olvidar su gobierno. En el mismo versículo 7 aprendemos que Él perdona la iniquidad (por gracia), pero de ningún modo tendrá por inocente al malvado.
Jehová había declarado en el capítulo 33:
Yo no subiré en medio de ti, porque eres pueblo de dura cerviz.
(Éxodo 33:3)
Precisamente por ese motivo Moisés reclama su presencia (v. 9). Después de la revelación de tan grandes glorias divinas: misericordioso, perdonador, es como si Moisés contestase: «El pueblo precisamente necesita un Dios como tú».
Pacto renovado: advertencia contra la idolatría
Por segunda vez Moisés está con Jehová en la montaña durante cuarenta días. Como consecuencia de lo que ha sucedido, Dios se da a conocer como un “Dios celoso” (v. 14), deseoso de ser el único objeto de la adoración de su pueblo. No porque los ídolos le causen el más pequeño perjuicio. ¿Qué rivalidad puede existir entre el Creador de los mundos y los dioses de oro, de piedra o de madera, obras de manos de hombres? Pero es “celoso” porque sabe que la felicidad de los suyos consiste en no amar a nadie más que a Él, y que los ídolos siempre los desilusionarán. También lo es porque el débil amor de ellos tiene gran valor para su corazón. La primera epístola de Juan, la que más nos habla del amor divino, termina haciendo esta exhortación:
Hijitos, guardaos de los ídolos.
(1 Juan 5:21)
Los moradores del país te serán un tropezadero, previene Jehová, quien conoce a la vez la trampa y nuestra tendencia a caer en ella (v. 12). Añade: “Y te invitarán” (v. 15). Tengamos valor para rehusar las invitaciones de compañeros o colegas del mundo. Mejor aun: manifestemos una conducta tal que los que deseen invitarnos sepan primero quiénes somos (1 Reyes 1:9-10).
Con relación a sus derechos, Jehová repite aquí algunas de las instrucciones de los capítulos 21 a 23.
Un rostro resplandeciente
No es posible estar en contacto con Dios y gozar de sus revelaciones de gracia sin que eso se traduzca exteriormente. El rostro de Moisés resplandece, aunque él mismo no lo sabe. Con un rostro feliz, cada hijo de Dios debería mostrar sin esfuerzo, a quienes lo rodean, la felicidad que él posee. Sí, ¡que el mundo pueda ver en nosotros algunos reflejos del amor de Jesús! Pablo explica a los corintios por qué Moisés ponía un velo sobre su rostro. Antes de que el Señor viniera, ni siquiera el reflejo de la gloria divina podía ser soportado por el hombre pecador, y debía ser escondido. Pero el velo “por Cristo es quitado”. Cuando Jesús vino, Dios pudo finalmente ser visto en Cristo en toda la gloria de su gracia. De forma que ahora, por la fe, contemplamos al Señor Jesús a cara descubierta y progresivamente somos transformados en su misma gloriosa imagen moral (2 Corintios 3:14, 18).
Otro privilegio de Moisés era que podía “hablar con Él”. La expresión se repite tres veces en esos versículos. ¡Qué honor para este hombre de Dios y qué demostración de intimidad! ¿No existe una relación entre el hecho de conversar habitualmente con el Señor y un rostro que resplandece? ¡Quiera Dios que podamos experimentar una y otra cosa!
