Éxodo
Éxodo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

Pedir en la tienda

Capítulo 29

Un ceremonial serio para poder adorar

Solo, Aarón representa a Cristo; como tal es ungido aparte y la sangre no es necesaria (v. 7). Acompañado de sus hijos, vemos a Cristo con los suyos. En virtud de su relación con Jesús, Sumo Sacerdote en el cielo, los creyentes están asociados a Cristo para presentar la alabanza a Dios. Pero, antes de poder ejercer su oficio, Aarón y sus hijos tenían que cumplir ciertas condiciones. Algunos sacrificios estaban preparados para ellos. Debían acercarse a la entrada de la tienda y ser lavados con agua (observemos que no podían hacerlo ellos mismos). A continuación recibían las nuevas vestiduras descritas en el capítulo 28. Moralmente, las mismas operaciones son indispensables antes de iniciar cualquier servicio cristiano. Es preciso que vayamos a Dios con el sacrificio excelente que expía nuestros pecados. Luego es necesario ese lavado “con agua” efectuado por la Palabra (Hebreos 10:22; Tito 3:5). Finalmente, nuestro cuerpo limpio requiere vestiduras limpias. Zacarías 3:3-5 nos muestra un sacerdote, Josué, al que Jehová viste de ropas de gala en lugar de sus “vestiduras viles”. Nuestra conducta exterior debe ser pura para que corresponda a la purificación interior de nuestra conciencia. Solo vistiéndonos del Señor Jesucristo podremos realizarlo (Romanos 13:14).

Comprados por precio

La ceremonia continuaba. En efecto, los hijos de Aarón no habían sido purificados para que luego hicieran lo que quisieran. Estaban consagrados, dedicados al servicio de Jehová. En Israel, únicamente la familia de Aarón ejercía el sacerdocio, mientras que ahora todos aquellos que forman parte del pueblo de Dios son llamados a ejercer esta noble función. Amigos creyentes, si Dios nos ha salvado a causa de su gran amor, es para que, desde ahora, le estemos enteramente consagrados. La sangre sobre la oreja y los pulgares de la mano y del pie (v. 20) muestran que esas partes del cuerpo –las que respectivamente nos hablan de obediencia, acción y marcha– quedaban santificadas para ser puestas a disposición de Dios por medio del poder del Espíritu Santo (el aceite sobre la sangre).

Observemos bien que la expresión traducida por «consagrar» significa literalmente «llenar las manos». También, lejos de ver en la consagración –como lo hacen algunos– un acto por medio del cual nos ofrecemos nosotros mismos al Señor (¿acaso podemos darle lo que ya le pertenece?), entendemos en cambio que nuestras manos –o más bien nuestros corazones– tienen necesidad de ser llenos por Dios antes de poder “mecer” la ofrenda (Cristo) ante Él (v. 24).

Todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos (dijo David).
(1 Crónicas 29:14)

La comida de los sacerdotes

El carnero de las consagraciones debía ser primeramente ofrecido y después comido por los sacerdotes. Para servir a su Dios, el rescatado debe alimentarse de Aquel que hasta en la muerte se consagró a Dios. El apóstol nos exhorta a andar “en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Efesios 5:2). Los sacerdotes debían comer la carne del carnero de las consagraciones a “la puerta del tabernáculo de reunión”, es decir, antes de servir en el santuario. A cada uno de los siete días de la semana le correspondía un sacrificio, lo que para nosotros viene a ser el producto de ejercicios espirituales y afectos renovados de día en día.

El final del capítulo nos habla de los sacrificios que debían ser ofrecidos “continuamente”, “por vuestras generaciones” (ver Números 28:3, 6, 10 y sig.; Esdras 3:5), para magnificar constantemente ante Dios la obra de la cruz. Una vez santificado el tabernáculo, el altar y la familia sacerdotal, Dios podía habitar en medio de los suyos en un orden de cosas que convenía a su gloria (v. 44-45). El apóstol Pablo establece la misma relación entre la actual habitación de Dios en los creyentes –por medio de su Espíritu– y la santidad que debe caracterizar a estos (leer 1 Corintios 3:16-17; 6:19).