Capítulo 36
La construcción avanza
En una corta parábola del evangelio según Marcos, el Señor se presenta como un amo que ha dejado su casa después de haber asignado trabajo a sus siervos. Ha dejado “a cada uno su obra…” (Marcos 13:34). La naturaleza de esa obra no es precisada, excepto la del portero. En su ausencia, el Señor preparó una tarea para cada uno de los suyos, según su edad y sus capacidades. En otra parábola –la de los talentos– vemos que el amo, a su regreso, pide cuentas a sus obreros. Algunos recibirán una recompensa y otros serán avergonzados (Mateo 25:14-30). ¿Cada uno de nosotros habrá hecho lo que el Señor esperaba de él?
La lectura de hoy nos enseña que muchas ofrendas llegaron demasiado tarde. El momento de cumplir un servicio, de llevar una ofrenda, había pasado. Lo que no hacemos inmediatamente, con frecuencia ya no sirve en el momento en que por fin nos decidimos a hacerlo: es demasiado tarde; se ha perdido la ocasión. ¡Esta es una importante lección para nosotros!
“Quedó formado un tabernáculo”, concluye el versículo 13, “un cuerpo”, afirma Efesios 4:4. A pesar de la división de la cristiandad en múltiples denominaciones, así es cómo Dios considera a su Iglesia.
Cortinas, tablas, barras
Una vez reunidos los materiales y designados los obreros, la construcción del tabernáculo va a empezar. Tendremos ocasión de señalar algunas imágenes e instrucciones nuevas.
Las cubiertas son nombradas en primer término. La primera, hecha con las diez cortinas descritas en los versículos 8-13, se veía únicamente desde el interior, a la luz del candelero, cuando el sacerdote estaba en el lugar santo. Así, las variadas glorias de Jesús solo pueden ser vistas y apreciadas a la luz que da el Espíritu Santo y en la presencia de Dios. Por el contrario, bajo su cuarta cubierta, hecha de rudas pieles de tejones, el tabernáculo, a diferencia de los templos de la antigüedad (y de muchos edificios religiosos modernos), no tenía exteriormente nada que atrajese las miradas. Nos recuerda a Aquel que no tenía ningún parecer ni hermosura y que jamás hizo nada para agradar a los hombres (Isaías 53:2; Juan 5:41). Quiera Dios preservarnos de los ataques del mundo y de su forma de pensar, guardarnos de desear sus fugitivas glorias y de querer brillar más de lo que brilló nuestro Maestro.
Sólidamente sujetas sobre sus basas de plata, las tablas, imagen de los rescatados, nos hacen pensar en esta exhortación del apóstol:
Estad así firmes en el Señor, amados.
(Filipenses 4:1)
Significado del velo y las barras
El magnífico velo que separa el lugar santo del lugar santísimo está sostenido por cuatro columnas. La humanidad de Cristo, tal como nos la presentan los cuatro evangelios, es un tema inagotable de admiración y adoración. Él es el Mesías de Israel (Mateo), el Siervo obediente (Marcos), el Hijo del hombre (Lucas), el Hijo de Dios que vino del cielo (Juan). Cada hilo: de azul, de púrpura, de carmesí o de lino torcido, cada aspecto de su humanidad, perfecto en sí mismo, es cuidadosamente hilado, unido a los otros, de manera que así se constituya ese maravilloso conjunto que es la vida de nuestro Señor Jesucristo. Pero esa vida, por bella que haya sido, no podía conducirnos a Dios. Por el contrario, ella subrayaba, a causa del contraste, la profundidad de nuestra miseria moral. Fue necesaria su muerte. Y como signo de ello, en el mismo momento en que el Salvador dejaba su vida en la cruz, Dios rasgó el velo, abriendo al adorador un “camino nuevo y vivo” hacia Él (Hebreos 10:20).
El arca y la mesa son confeccionadas a continuación. Las barras que servían para transportarla a través del desierto nos hacen pensar en la marcha del Señor en este mundo. Cubiertas de oro puro, nos recuerdan ese versículo de Isaías 52:7:
¡Cuán hermosos… son los pies del que trae alegres nuevas…!
