Éxodo
Éxodo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 2

Nacimiento y educación de Moisés

En su gracia, Dios no quiso dejar a los suyos sometidos a la esclavitud. Les dio un salvador: Moisés, figura de Cristo, cuya historia nos es relatada varias veces en las Escrituras (Hechos 7:20 y sig.; Hebreos 11:23 y sig.). En la arquilla preparada por la madre de Moisés tenemos una imagen de los cuidados que tienen los padres cristianos para proteger a sus hijos contra las influencias perniciosas del mundo exterior. Pero esos cuidados no son suficientes. También se necesita la fe: ¡la arquilla debe ser puesta en el agua! Y Dios responde a esta fe con una liberación providencial. Detrás de la escena, Él lo dirige todo, valiéndose incluso de las lágrimas del niño. Finalmente, el decreto de Faraón solo servirá para preparar en su propia casa un redentor para Israel.

Moisés, ya grande, muestra una fe tan excepcional como la de sus padres. Hebreos 11:24-26 subraya cómo rehúsa el brillante porvenir que se presenta ante él; escoge…, estima…, y ¿cuál es su secreto?: tenía puesta la mirada en el galardón. Gran ejemplo para todos los que tarde o temprano somos puestos ante esta elección: ¡el mundo con su gloria y sus placeres o “el vituperio de Cristo”! Moisés se presenta para liberar a su pueblo. Pero su fracaso también nos instruye. Por muy grande que sea el afecto, no se puede seguir a Cristo con una energía natural (v. 12; comp. Juan 18:10-11).

La zarza ardiente

Moisés renuncia a su título y a sus riquezas para visitar a sus hermanos oprimidos. Desconocido y rechazado por ellos, huye a un país extranjero. Allí, después de haberse manifestado como aquel que libera y sacia la sed (v. 17), toma una esposa y se convierte en pastor. Todos esos rasgos nos hacen pensar en Jesús, el Hijo de Dios, quien se despojó de su gloria para visitar y salvar a su pueblo Israel. Pero como los suyos no lo recibieron (Juan 1:11), ahora está lejos del mundo, como el gran pastor de las ovejas y el Esposo de la Iglesia redimida por su gracia y partícipe de su rechazamiento.

Cuarenta años han pasado para Moisés. Dios se le va a revelar en una “gran visión”. Para Agar, Dios había escogido un pozo, para Jacob una escalera y para Moisés escoge una misteriosa zarza. ¿Puede decir usted dónde y cómo ha encontrado al Señor?

Dios quiere mostrar a Moisés su gracia hacia su querido pueblo. En medio de la hoguera de Egipto, Israel era como esa zarza, probado pero no destruido por el fuego. Lo mismo ocurre ahora con los que hemos sido rescatados por el Señor. El fuego de la prueba no tiene otra finalidad que la de destruir el mal no juzgado que subsiste en nosotros. Solamente en Cristo el fuego divino no encontró nada que consumir (Salmo 17:3).