Éxodo
Éxodo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 16

Las murmuraciones del pueblo

¡Murmuración antes de cruzar el Mar Rojo (cap. 14:11-12), en Mara (cap. 15:24), en el desierto de Sin (cap. 16:2) y seguidamente en Refidim! (cap. 17:3). ¡Desgraciadamente, es la fiel imagen de nuestro corazón, tan diligente para olvidar la misericordia de Dios que es para siempre! (Salmo 136). Pocos días antes, ese pueblo cantaba el cántico de la liberación. Ahora murmura contra Moisés y Aarón. Sus quejas, en realidad, son contra Dios (v. 8). Queridos redimidos del Señor, acordémonos de que si estamos descontentos con los demás, o con las circunstancias en las cuales nos encontramos, en realidad es de Dios de quien no estamos satisfechos.

¿Y la inquietud por las cosas de la vida? ¿No es una ofensa hacia Aquel que ha dicho:

No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber;
Basta a cada día su propio mal?
(Mateo 6:25, 34; ver también el Salmo 23:1).

Él mismo supo lo que era estar en el desierto y tener hambre. Pero, con una sumisión perfecta, rechazó las sugerencias del tentador. Esperaba de Dios, con entera confianza, la respuesta a sus necesidades.

¡Qué paciencia por parte de Jehová! En lugar de castigar a su pueblo, comienza por mostrarle Su gloria (v. 7, 10 final) y se compromete a saciarlo.

Pan del cielo

Nuestros padres comieron el maná en el desierto,
(Juan 6:31-33)

recordará la multitud al Señor Jesús. Pero él les responderá que Él mismo es “el verdadero pan del cielo”. Cristo es el alimento del creyente; da la nueva vida y la sustenta. Al respecto, este capítulo nos proporciona varias instrucciones prácticas de gran importancia: 1) La cantidad de maná recogido estaba en relación con el apetito de cada uno (v. 18). Gozamos de Cristo solamente en la medida en que lo deseamos. ¡Y jamás lo desearemos demasiado! (Salmo 81:10). 2) El maná respondía a las necesidades del día, no a las del día siguiente. Cristo debe ser mi alimento, mi fuerza para las necesidades del día. Si, por ejemplo, hoy tengo particular necesidad de paciencia, la encontraré inspirándome en la perfecta paciencia de Jesús. 3) Por último, los hijos de Israel tenían que recoger su porción de maná cada mañana antes de que este se derritiese con el calor del día. Alimentémonos de la Palabra del Señor desde la mañana, antes de que las ocupaciones del día hayan hecho perder la ocasión de hacerlo. No pasamos un día sin alimentar nuestro cuerpo. Entonces tampoco privemos a nuestra alma del único alimento que la hace vivir y prosperar: Jesús, el pan de vida.

El agua fluye de la roca golpeada

Toma una vasija y pon en ella un gomer de maná…
(v. 33)

Era la parte de Dios. «El maná escondido, Cristo descendido del cielo como hombre, después resucitado y vuelto a subir al cielo con su glorioso cuerpo, formaba parte de las delicias de Dios» (H. R.), delicias que Él comparte con los vencedores (Apocalipsis 2:17).

Después del hambre, la sed da ocasión para que ese pueblo vuelva a murmurar. Pero nuevamente la gracia de Dios se vale de esa necesidad para revelarnos un misterio precioso, cuya explicación se encuentra en 1 Corintios 10:4:

Todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo.
(1 Corintios 10:4; comp. Juan 7:37-39)

Pero, para dar su agua (la vida que otorga el Espíritu), hacía falta que la roca fuese herida, como Cristo lo fue en la cruz por la mano de Dios mismo. No obstante, observemos bien que es el pecado del pueblo, sus murmuraciones, sus rebeliones, los que dan ocasión para herir la roca. “Por la rebelión de mi pueblo fue herido”, dice el profeta (Isaías 53:8). Así como el maná es la imagen de un Cristo venido del cielo, la roca herida nos habla de un Cristo crucificado y el agua viva representa al Espíritu Santo, poder de vida que el Salvador muerto y resucitado da a todos aquellos que creen en Él.