Éxodo
Éxodo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 10

Arrepentimiento aparente – Segunda propuesta

Faraón reconoce:

He pecado.
(cap. 9:27)

¿Es ese un verdadero arrepentimiento? No; apenas cesa el granizo continúa pecando (v. 34) y voluntariamente endurece su corazón. Entonces, a partir de ese momento, será Jehová quien endurezca el corazón del rey (v. 1). ¡Cuán solemne es esto! Dios habla una vez, dos veces (Job 33:14) y con frecuencia más. Pero su paciencia tiene un límite. Lector, ¿cuántas veces le ha hablado Dios? He aquí las langostas que amenazan a un Egipto ya arruinado. José había salvado al país y Faraón lo arruina. Igualmente Satanás arrastra al mundo a su perdición.

Ahora se le hace a Moisés una nueva proposición: solo los adultos irán a celebrar la fiesta. Los niños se quedarán en el país. De igual manera Satanás procura retener las almas por medio de los afectos naturales, los lazos familiares. Pero volvamos a leer la bella e importante respuesta de Moisés en el versículo 9. Ningún miembro de la familia de la fe, aunque sea pequeño, debe quedar en poder del enemigo. No piensen, queridos jóvenes amigos, que el cristianismo es asunto de sus padres solamente. El hogar cristiano forma un todo; por eso se les pide a ustedes que sigan los principios de él, que observen sus costumbres y sus abstenciones, incluso si aún no han comprendido personalmente el valor y la necesidad de todo ello.

Langostas – Tinieblas y luz verdadera

Todo lo que el granizo había dejado es destrozado ahora por las langostas. ¡Una plaga terrible! “He pecado”, repite Faraón con evidente mala fe, con la única finalidad de que le sean quitadas las langostas. De Dios no podemos burlarnos. Faraón ha dejado pasar el momento del perdón (Jeremías 46:17) y Jehová endurece de nuevo el corazón del rey. Luego vienen las tinieblas, ¡tres días enteros de espesas tinieblas! Era un signo particularmente notable para los egipcios. El sol, fuente de luz, de calor, de vida, al que adoraban como un dios (Ra), se muestra sin poder ante el Creador del universo. Pero en las moradas de todos los hijos de Israel hay luz.

Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas”, declara el Señor Jesús.
(Juan 12:46)

Y también:

Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.
(Juan 8:12)

En medio de un mundo sumido en las tinieblas del pecado, el creyente puede disfrutar la presencia de la luz: Cristo, quien hace “morada con él” (Juan 14:23). De donde resulta que para él todo esté claro: el estado del mundo, su futuro, el estado de su propio corazón. Sabe dónde posar los pies. Lo que hace puede ser visto por todos (Lucas 11:36).

Un compromiso peligroso

Nueve plagas se han sucedido en el país de Egipto. Falta la décima, más terrible que todas las anteriores. Está precedida por una nueva propuesta de Faraón:

Id, servid a Jehová; solamente queden vuestras ovejas y vuestras vacas.
(v. 24)

Eso equivalía a impedir al pueblo que ofreciera sacrificios y holocaustos. En esa propuesta reconocemos bien los esfuerzos de Satanás para privarnos del que fue el Sacrificio perfecto. Intenta impedir que gocemos de Cristo, en particular cuando acudimos al culto para presentarlo al Padre. Desgraciadamente, con frecuencia consigue su fin. Entonces se produce una pérdida para nosotros, pero, lo que es peor, Dios se ve privado de la preciosa ofrenda que esperaba de sus redimidos. Y, de una manera más general, la respuesta de Moisés nos recuerda que Dios tiene derechos no solamente sobre nosotros, sino también sobre todo lo que poseemos.

Moisés sale “muy enojado” (v. 8). Repetidas veces veremos así a este varón de Dios, quien, sin embargo, era “muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra” (Números 12:3; ver Éxodo 16:20; 32:19; Levítico 10:16; Números 16:15; 31:14). Pero en ese momento se trataba de la gloria de Dios y del bien de su pueblo. Nuestras cóleras, ¿tienen con frecuencia este motivo?