Éxodo
Éxodo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 28

Ropas de gloria

Aarón es un tipo de Cristo bajo su carácter de Sumo Sacerdote. Él era el portavoz del pueblo ante Jehová, como Cristo lo es ahora ante Dios, el representante de los que le pertenecen. Sus vestiduras nos hablan en figura de todo lo que se refiere al oficio que Cristo desempeña en el cielo en favor de sus rescatados. ¡Que el Espíritu Santo nos llene de sabiduría (v. 3) para poder examinar las diferentes partes de esas vestiduras! En efecto, ellas ilustran, al mismo tiempo que los atributos gloriosos del Sumo Sacerdote, verdades que nos conciernen muy estrechamente.

El efod, especie de túnica sin mangas, era el elemento principal y característico. Como el velo, estaba tejido y bordado con hilos de varios colores, a cuyo significado ya nos hemos referido. Lo completaban dos hombreras, cual broches que juntaban la parte delantera del efod con la trasera, y sobre ellas había piedras de ónice encajadas en engastes de oro (v. 11) que llevaban como memorial, grabadas de una manera imborrable, los nombres de las doce tribus de Israel. Bella imagen de la manera en que Cristo sostiene y lleva a sus rescatados. Son conocidos por su nombre y siempre están presentes en su pensamiento (comparar con Lucas 15:5). Además, forman parte de su gloria, honra y hermosura (v. 2).

El pectoral: Jesucristo intercediendo por los suyos

Por encima del efod, en la parte delantera, el pectoral estaba firmemente atado. Este llevaba doce piedras preciosas engastadas en oro, cada una con el nombre de una tribu, las que así se encontraban constantemente sobre el corazón de Aarón. Esta es una conmovedora imagen del lugar que ocupamos los redimidos del Señor. Estamos sobre sus potentes hombros, pero también sobre su corazón, ya que somos el objeto de su incesante ternura (comp. con Juan 13:23). Los nombres estaban escritos “como grabaduras de sello” (Cantares 8:6; Hageo 2:23).

“Continuamente” es una palabra que debe subrayarse en este capítulo (al final de los v. 29-30 (“siempre”) y 38). Al igual que estas piedras fijadas de manera inconmovible, nada puede hacer que los rescatados por el Señor se vean privados de Su fuerza (ver Juan 10:28) o de Su amor (Romanos 8:35).

Las piedras eran de diferente color, de modo que cada una reflejaba de manera particular la luz del mismo candelero. Así los rescatados del Señor reflejamos diferentes rasgos morales de Jesús. Y cada uno es precioso para Su corazón. Cuando estemos a punto de criticar a un hermano, acordémonos de que el Señor lo ama. Finalmente, para reflejar bien la luz del santuario, todas esas joyas –los creyentes– tenían que ser labradas y pulidas, lo que constituye el paciente trabajo del Espíritu Santo.

Invisible pero audible

El manto azul que Aarón debía llevar bajo el efod nos habla del carácter celestial de nuestro Sumo Sacerdote. Cristo ha sido hecho más sublime que los cielos (Hebreos 7:26) en tanto que un testimonio le es dado en la tierra por estos “hermanos juntos en armonía”, quienes, sostenidos por Su sacerdocio en el cielo, constituyen como “el borde de sus vestiduras” (Salmo 133:1-2). Las campanillas nos hacen pensar en lo que debemos oír en la vida de los hijos de Dios. Su tintineo era la prueba de que el sacerdote estaba vivo. ¿Mostramos a nuestro alrededor que Cristo está vivo? Las granadas representan el fruto: lo que se debe ver en la vida de los santos si están vinculados a la «vestidura» del Hombre celestial (comparar con Juan 15:5). Observemos que las campanillas y las granadas estaban en igual número, lo que significa que las palabras y los hechos deben ir a la par en la vida de cada hijo de Dios. Pero, si en ese testimonio y ese servicio nos sentimos sin fuerzas e imperfectos, tenemos un remedio: Cristo ante Dios en su absoluta santidad, quien tiene sobre su frente la lámina de oro fino con la inscripción

Santidad a Jehová.
(v. 36)

Si lo consideramos, no estaremos pendientes de nuestras debilidades, sino de sus perfecciones (Salmo 84:9).

Las vestiduras de los hijos de Aarón nos hacen pensar en la promesa del Salmo 132:16.