Capítulo 19
Lo que Dios quiere – Un compromiso temerario
Después del desierto de Shur (cap. 15:22) y el de Sin (cap. 16:1), el pueblo llega al desierto de Sinaí. Llevado sobre alas de águilas (símbolo de poder – v. 4), ha llegado ahora al lugar donde Jehová le va a hacer sus revelaciones y enseñarle de qué manera quiere ser servido (cap. 10:26). En Egipto, como lo hemos visto, ningún culto era posible. En cambio, desde que la redención se cumplió, desde que Dios separó a los suyos, espera de ellos el servicio de la alabanza.
Vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa,
(v. 6)
declara Él en el versículo 6. “Para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó…”, completa 1 Pedro 2:9.
Este capítulo comienza, pues, una nueva parte del libro. Hasta aquí hemos considerado lo que Jehová, en gracia, hizo por su pueblo. A partir de ahora vamos a encontrar lo que en reciprocidad espera de ese pueblo. Dios siempre empieza por dar antes de exigir algo. Desgraciadamente, el pobre pueblo no se conoce a sí mismo, a pesar de Mara y Meriba. Responde con esta loca promesa que Dios no le pedía:
Todo lo que Jehová ha dicho, haremos.
(v. 8)
No le necesitará mucho tiempo para manifestar su incapacidad de cumplirla.
¡No acercarse más!
Cuando un niño se cree capaz de una hazaña imposible (por ejemplo, levantar un saco de cincuenta kilos), ¿qué le dice su padre?: «¡Prueba!». Y solamente cuando el pequeño comprueba, por su fracaso, que su padre tenía razón, está dispuesto a confiarle esa tarea.
Esta es la lección que Israel deberá aprender al pie de la montaña de Sinaí. Cree poder hacer todo lo que Jehová pida. Entonces le son presentadas Sus santas exigencias.
El capítulo 12 de la epístola a los Hebreos, refiriéndose a esta escena (v. 18-29) establece el contraste entre el “monte que se podía palpar” y el de Sion (el de la gracia), al cual somos invitados a acercarnos. El mediador ya no es Moisés en la montaña, sino Jesús, quien está en el cielo intercediendo por nosotros. Así que,
Tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia.
(Hebreos 12:28)
El temor de desagradar al Señor no es para nosotros la consecuencia de mandamientos rigurosos, ni de compromisos temerarios que hayamos hecho, ni, como aquí, de una muestra solemne del poder de Dios. Ese temor es la respuesta de nuestros corazones a su inmensa gracia hacia nosotros (Salmo 130:4).
