Éxodo
Éxodo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 8

Ranas – Piojos

Bajo la orden de Jehová, Aarón extiende su mano y ahora suben ranas que invaden el país. Moisés ha dejado de discutir las órdenes de Dios. Muestra una plena seguridad en Aquel que lo ha enviado y se compromete al decir a Faraón:

Dígnate indicarme cuándo debo orar por ti.
(v. 9)

“Auméntanos la fe”, pidieron los apóstoles al Señor (Lucas 17:5). Esta debería ser también nuestra oración.

Después de las ranas, los piojos (o mosquitos, N.C.) llenan el país de Egipto. Los hechiceros –quienes por dos veces habían imitado a Aarón– esta vez no pueden hacerlo. Su locura es hecha manifiesta. 2 Timoteo 3:8 nos da sus nombres: Janes y Jambres. Representan a los cristianos que solo lo son de nombre, aquellos que tienen la forma de la piedad sin la fe verdadera. Para ser cristianos no es suficiente imitar lo que hacen los verdaderos hijos de Dios. Podemos asistir a las reuniones, leer la Biblia, hacer muchas obras buenas… y no ser cristianos en absoluto. Nada es más fácil que fingir que pertenecemos al Señor, engañando a los demás y quizás engañándonos a nosotros mismos. Amigo, ¿tiene usted la verdadera fe o solo su apariencia? Su destino eterno depende de ello.

Moscas venenosas – Primera concesión de Faraón

La cuarta plaga es de moscas molestísimas. Sus enjambres entran en las casas y arruinan a Egipto, con excepción del país de Gosén. Moralmente estas moscas molestísimas nos hacen pensar en las maledicencias, en los celos, en todas las fuentes de irritación que envenenan las relaciones domésticas y sociales de las gentes del mundo, pero que no deben encontrar lugar en las casas de los hijos de Dios.

Faraón está dispuesto ahora a otorgar algunas concesiones:

Andad, ofreced sacrificio a vuestro Dios en la tierra.
(v. 25)

Pero eso era imposible. Jehová había mandado ir camino de tres días por el desierto (cap. 3:18). Tres días: el tiempo que Jesús pasó en el sepulcro entre su muerte en la cruz y la mañana de su resurrección. Pues bien, el enemigo quiere quitarnos esas verdades que recuerdan su derrota, y al contrario, un culto sin el recuerdo de la cruz y la resurrección no lo incomoda para nada. El mundo admira la vida de Jesús y honra a las personas de bien. Tiene su propia religión y ve con agrado que nosotros también tengamos la nuestra. Pero la cruz y la presencia de un Cristo vivo en el cielo, fundamentos de nuestro culto, condenan al mundo y nos separan absolutamente de él (Gálatas 6:14).