Capítulo 26
Odio, complot, adoración, traición
El Señor ha terminado sus enseñanzas. Ahora los últimos acontecimientos van a cumplirse. Mientras en Jerusalén se tramaba su muerte en el consejo de los malos (v. 3-5), una escena muy distinta se desarrollaba en Betania. Rechazado y odiado por los grandes de su pueblo, Jesús encontraba entre los humildes y fieles la acogida, el amor y, bien podemos decir, la adoración que le correspondían. No teniendo más lugar en el templo, fue recibido en la casa de Simón el leproso. La realeza le había sido negada, pero un perfume de gran precio fue derramado sobre su cabeza, figura de la unción real. Esta mujer discernió y honró al Mesías de Israel: “Mientras el rey estaba en su reclinatorio, mi nardo dio su olor” (Cantares 1:12). Solo Jesús comprendió y apreció su acción. ¡Pero qué importa! ¿Quién podría molestarla si Él mismo encontraba su placer en ello?
Con el versículo 14 pasamos nuevamente a una escena de tinieblas. Judas el traidor, que acababa de sentir el aroma del perfume, cumplió su crimen y recibió su salario: treinta piezas de plata, el precio de un esclavo. Pero el profeta Zacarías lo llama, irónicamente, un hermoso precio, porque con él el Hijo de Dios sería apreciado (Zacarías 11:13).
La última Pascua
Uno puede imaginarse los sentimientos del Señor al comer esta Pascua con sus discípulos. Ella era la figura de lo que Él iba a ser en la realidad. Unos momentos más y el Santo Cordero de la Pascua sería inmolado (1 Corintios 5:7). Pero antes debía dar a sus discípulos una señal muy especial de su amor. Cada año, desde la gran noche del éxodo, la Pascua anunciaba en figura una obra futura. A partir de la muerte del Señor, la cena recordará al creyente, cada primer día de la semana, que esta obra está cumplida. Cada vez que la celebramos, anunciamos la muerte del Señor hasta que Él venga (1 Corintios 11:26).
Después de haberles repartido el pan, Jesús dio también la copa a los discípulos, diciendo: “Bebed de ella todos”. Sí, el Señor quería que cada uno de los suyos participase con Él de esta comida de amor (excepto Judas, que había salido: Juan 13:30). ¿Eran dignos de ella? Pedro lo negaría y los demás huirían. Pero a pesar de esto, Jesús les dijo –y lo dice aún a sus rescatados–: “Bebed de ella todos”. Luego les explicó el inestimable valor de su sangre “que por muchos” sería “derramada para remisión de los pecados”. Lector, ¿se halla usted entre esos “muchos”? Si así es, ¿cuál será su respuesta al deseo expresado por el Señor Jesús? (comp. Salmo 116:12-14).
Getsemaní
Lleno de confianza en sí mismo, Pedro declaró estar dispuesto a morir junto con el Señor. Sin embargo, como veremos, no iría muy lejos.
Después de haber invitado a sus discípulos a velar y orar con él, Jesús se aproximó a ese jardín donde iba a dar la suprema prueba de su sujeción a la voluntad del Padre. Esa voluntad, que no cesó de ser la delicia del Hijo, implicaba una terrible y doble necesidad: el abandono de Dios, cosa infinitamente triste para el corazón de su Hijo amado, y el peso del pecado que debía cargar, con la muerte como salario (Romanos 6:23), cosa infinitamente angustiosa para el Hombre perfecto. La tristeza y la angustia invadieron su alma (v. 37). Él comprendía todo lo que representaba ese terrible camino de la cruz, del cual Satanás, en aquella hora, se esforzaba en desviarlo. Pero recibió la copa de la mano del Padre:
Hágase tu voluntad.
En su gracia, Dios nos ha permitido asistir a este combate del Salvador en Getsemaní, escuchar su oración insistente y dolorosa. ¡Que nos guarde de tener, como los tres discípulos, corazones adormecidos e indiferentes a su sufrimiento! En cambio, ¡que llene nuestras almas de agradecimiento y adoración al pensar en ello!
Arresto de Jesús
Un discípulo, Judas, no había dormido como los demás. Hele aquí a la cabeza de una tropa imponente que venía para apoderarse de Jesús. ¿Y qué medio escogió el miserable para señalar al Maestro? El beso solícito de la hipocresía. “Amigo, ¿a qué vienes?”, le contestó el Salvador. Última pregunta, propicia para sondear el alma del infeliz Judas. Último llamamiento de amor de aquel que había dicho a los suyos:
Os he llamado mis amigos
(Juan 15:15).
Pero ya era demasiado tarde para el “hijo de perdición” (Juan 17:12).
Estas saetas para la conciencia (v. 55) fueron los únicos actos de defensa de aquel que se entregaba a sí mismo. Faltaban los doce discípulos, sin embargo, en aquel momento más de doce legiones de ángeles estaban, por así decirlo, en pie de guerra prontas para intervenir si él lo hubiera pedido al Padre. Todo el poder de Dios estaba a su disposición si quería solicitarlo. Pero su hora había llegado. Lejos de escaparse o defenderse, Jesús detuvo el brazo de su discípulo, quien era demasiado impulsivo y quien un poco después daría la medida de su coraje al huir con sus compañeros.
Pero ya en el palacio del sumo sacerdote, los escribas y los ancianos se habían juntado en plena noche para consumar la suprema injusticia (Salmo 94:21).
Sesión en el concilio – Pedro niega a Jesús
Los jefes del pueblo tenían a Jesús en su poder, pero les faltaba un motivo que les permitiera condenarlo, ya que el Hombre perfecto no les daba ninguna oportunidad para acusarlo. Entonces buscaban “falso testimonio” contra él. Y era difícil hallar uno que tuviera apariencia de realidad. Por fin se presentaron dos falsos testigos con una frase distorsionada (comp. v. 61 con Juan 2:19). Pero lo que sirvió de pretexto para condenar a Jesús fue su declaración solemne de que él es el Hijo de Dios, pronto para venir en poder y en gloria. La pena de muerte fue pronunciada y enseguida la brutalidad y la cobardía se dieron libre curso (v. 67-68). Se cumplió la primera parte de lo que el Salvador había anunciado más de una vez a sus discípulos (cap. 16:21; 17:22; 20:19-20).
Para Pedro también fue una hora sombría, pero por una razón muy distinta: Satanás, que no pudo hacer vacilar al Maestro, hizo tropezar al discípulo. Tres veces el pobre Pedro negó a aquel por quien se había declarado dispuesto a morir. Hasta llegó a emplear un lenguaje grosero para mentir, porque anteriormente, sin que se diera cuenta, su manera de hablar había hecho que fuera reconocido como discípulo de Jesús.
