Capítulo 8
Tres curaciones
El servicio de amor y de justicia del Señor siguió a su enseñanza. Asistimos primeramente a tres curaciones. El leproso conocía el poder de Jesús, pero dudaba de su amor: “Si quieres, puedes…”. Jesús quiso y lo sanó (Oseas 11:3, fin).
El centurión de Capernaum, consciente de su propia indignidad así como de la autoridad todopoderosa de Jesús, se dirigió a Él: “Señor… solamente di la palabra…”. Esa fe excepcional maravilló y alegró al Señor, por eso la dio como ejemplo a los que lo seguían; y ella también nos humilla, ¿verdad? Asimismo era necesario que el Maestro actuara en las familias de los suyos. Sanó a la suegra de su discípulo Pedro. Jesús no se ocupaba de los enfermos como los médicos convencionales, que examinan, hacen un diagnóstico, ordenan un medicamento, cobran y se van. A Él no le bastó con curar. Él mismo llevó “nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores” (Isaías 53:4) yendo a su fuente que es el pecado. Sintió todo el peso del pecado, toda su amargura y lloró ante la tumba de Lázaro (Juan 11:35). Tal simpatía, ¿no es más preciosa que la curación en sí? Esa ha sido la experiencia de muchos cristianos enfermos.
El Señor domina las fuerzas de la naturaleza y los poderes ocultos
Al escriba que deseaba seguirle adondequiera que fuera, el Señor no le ocultó que su camino era el de un completo renunciamiento. Hasta las aves del cielo, de las cuales el Padre celestial cuida (cap. 6:26), tienen más abrigo en este mundo que su Creador. ¡Qué humillación la suya! En esta tierra no tuvo donde recostar (o bajar) su cabeza (en Juan 19:30 aparece el mismo verbo griego). En el versículo 21 otro discípulo contestó a su invitación con una excusa aparentemente justificada. ¿Qué más legítimo que asistir al entierro de su padre? Sin embargo, por más urgente que parezca un deber, ningún “primeramente” puede tomar el lugar de lo que Jesús ha ordenado (cap. 6:33). No se nos dice lo que esos dos hombres decidieron hacer a continuación. Lo que nos importa saber es si nosotros hemos contestado al llamado del Señor Jesús.
La tan conocida y hermosa escena de la travesía del mar durante la tempestad ilustra el viaje terrenal del creyente. Este encuentra muchas tormentas, pero su Salvador es también el Señor de los elementos y lo acompaña (Salmo 23:4). Él gobierna al viento y al mar, la enfermedad, la muerte y los poderes satánicos, como lo demuestra la liberación de los dos endemoniados en la tierra de los gadarenos.
