Mateo
Mateo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 18

Espíritu de humildad – Tropiezos

El mundo se complace en lo que es grande. Los discípulos no escapaban a este espíritu. Deseaban saber quién sería el más grande en el reino de los cielos. El Señor les contestó que primeramente era necesario entrar en él, y por el contrario, para ello era menester ser pequeño o humilde. Con el fin de grabar esta enseñanza en sus mentes, llamó a un niño y lo puso en medio de ellos. Seguramente que a nuestro alrededor hay niños. Ellos también están cerca de nosotros como ejemplos vivientes de confianza y simplicidad. Guardémonos de menospreciarlos a causa de su debilidad, ignorancia o ingenuidad. Y sobre todo cuidémonos de hacerlos tropezar en su fe. El mal ejemplo de un mayor es la peor de las trampas para los menores. Jesús repitió aquí lo que ya había dicho en cuanto a las ocasiones de caer (v. 8-9; comp. 5:29-30).

Muy lejos de desdeñar a estos pequeños, Dios responde a su debilidad con cuidados particulares. Los ángeles están especialmente encargados de velar por ellos. Y no olvidemos que Jesús vino para salvarlos a ellos también (v. 11); todos los que mueren sin alcanzar la edad de la responsabilidad, se benefician de su obra. La parábola de la oveja perdida nos muestra cuánto vale para el Buen Pastor una sola ovejita.

Presencia del Señor en la asamblea – El perdón

Jesús explica cómo deben arreglarse los agravios entre los hermanos (v. 15-17). Y podemos relacionarlo con su maravillosa enseñanza concerniente al perdón (Efesios 4:32; Colosenses 3:13), según su respuesta a Pedro, quien le preguntó cuántas veces debía perdonar a su hermano: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete” (v. 22). Pero también es la oportunidad para retomar el tema de la Iglesia, dándonos esta promesa de capital importancia:

Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (v. 20).

De esta presencia procede todo lo que necesita aun la más débil reunión de creyentes congregados en el nombre de Jesús. ¿Podría faltar la bendición cuando Aquel que es la fuente de ella está allí en medio de los que cuentan con Él? Aquí esta promesa está especialmente ligada a la autoridad conferida a la Iglesia (atar y desatar) y a la oración de dos o tres, a la cual todo le es otorgado. ¡Pero cuántos menosprecian la importancia de las reuniones de oración!

La parábola del esclavo que debía diez mil talentos (una suma excesiva) nos recuerda la deuda incalculable que Dios nos perdonó en Cristo (Esdras 9:6). ¿Qué son al lado de ella las pequeñas injusticias que tenemos que soportar? El perdón divino del cual hemos sido objetos nos hace responsables de ejercitar la misericordia.