Mateo
Mateo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 19

Un joven rico

Al principio de este capítulo Jesús responde a una pregunta de los fariseos y condena nuevamente el divorcio (cap. 5:31-32). Luego bendice a los niños que le son presentados y reprende a los discípulos que quieren impedirlo, diciendo:

Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos (v. 14).

¿Formamos parte de los que por la oración llevan a almas jóvenes al Señor? ¿O por el contrario somos de aquellos que impiden que se vayan a Él, quizás por un mal ejemplo?

En el versículo 16 vemos a un joven ir a Jesús con un buen deseo: obtener la vida eterna. Pero la pregunta estaba mal formulada y el Señor deseaba hacer entender esto a su visitante: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”. La respuesta del joven demuestra que él no era consciente de su incapacidad para hacer algo bueno por sí mismo. Entonces Jesús le muestra que hay un ídolo en su corazón: las riquezas, ¡obstáculo que impide a tantas personas que vayan a Cristo y le sigan! Por cierto, la vida eterna no se obtiene haciendo el bien, cualquiera que sea. Y las mejores disposiciones, con las más valiosas cualidades naturales, no sirven para merecerla, porque no se puede adquirirla por medio de méritos. Ella es el don gratuito que Jesús da a los que lo siguen (Juan 10:28).

El Maestro valora el trabajo de los obreros

La pregunta «quién sería el primero y el último en el reino de los cielos», cuestión que tanto preocupaba a los discípulos, está ilustrada por una nueva parábola. Tal vez nosotros estaríamos bastante dispuestos a ponernos del lado de los obreros descontentos y hallar injusta la manera de obrar del padre de familia. Pero consideremos este relato más de cerca. Los obreros que empezaron a trabajar por la mañana habían convenido con el propietario en un denario por día (v. 2, 13). Ese era el precio en que estimaban su trabajo. Por el contrario, los que fueron contratados más tarde se fiaron del dueño de la viña para que les pagara “lo que sea justo” (v. 4, 7). Y no lo lamentaron. En el reino de los cielos, la recompensa nunca es un derecho. Todos somos siervos inútiles, según Lucas 17:10; nadie merece nada. Todo depende de la gracia soberana de Dios y cada uno recibe lo necesario, independientemente de su trabajo. Por otra parte, los obreros de la undécima hora, ¿no son en realidad los menos favorecidos? No tuvieron la oportunidad y el gozo de servir a este buen Amo durante la mayor parte del día. En la historia de los designios de Dios, los primeros obreros que convinieron con el padre de familia representan a Israel bajo el pacto, los de la undécima hora nos hablan de las naciones, objetos de la gracia de Dios.