Mateo
Mateo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 25

Parábola de las diez vírgenes

Según la costumbre oriental, para el festín de sus bodas, el esposo llegaba de noche y era alumbrado y escoltado por las vírgenes amigas de la esposa (hoy, las damas de honor; comp. Salmo 45:9, 14). El Señor emplea esta conmovedora ilustración para enseñarnos de qué modo debe ser esperado Él, el Esposo celestial. Pero los cristianos, en su mayoría, se cansaron de esta espera. El sueño espiritual se apoderó de ellos y ha durado muchos siglos. Fue necesario que en un momento reciente de la historia de la Iglesia, llamado con mucha razón el «despertar», resonase este clamor de medianoche: ¡“Aquí viene el Esposo”! ¡El Señor vuelve! Como consecuencia, se manifiesta una diferencia: las vírgenes prudentes tienen aceite en su lámpara, del mismo modo que los verdaderos creyentes están preparados para la venida del Señor, y su luz, la del Espíritu Santo, puede brillar en la noche de este mundo. Otras personas, como las vírgenes insensatas, profesan esperar al Señor sin poseer la vida. Indebidamente llevan el hermoso título de cristianas. Terrible ilusión y no menos horrible despertar. Que cada uno se interrogue mientras aún está a tiempo: ¿Hay aceite en milámpara? ¿Estoy preparado para su retorno? (Romanos 8:9, final).

Parábola de los talentos

La parábola de las diez vírgenes se refiere a la espera de la venida del Señor. La de los talentos considera el lado del servicio. La vida del creyente está revestida de este doble carácter:

Servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo
(1 Tesalonicenses 1:9-10),

pues esperar al Señor no significa cruzarse de brazos hasta que Él venga. Al contrario, cada rescatado tiene el privilegio de trabajar para su Señor. Con este fin recibió cierto número de talentos y es responsable de sacarles rendimiento. Estos talentos representan bienes materiales, sin duda, pero también otras cosas como la salud, la memoria, la inteligencia… Pero sobre todo, el cristiano posee la Palabra divina con el conocimiento que se desprende de ella (1 Corintios 2:12). Aun siendo salvos, podemos parecernos al siervo malo. ¿Estamos seguros de no haber escondido, por egoísmo, pereza, o por cualquier otra razón deshonesta, uno u otro de esos dones que pertenecen al Señor? ¿Qué cuentas le rendiremos cuando Él venga? ¿Podrá hacernos entrar en su gozo, ese “gozo puesto delante de él” (Hebreos 12:2), el gozo de la obra consumada y del amor satisfecho? En esta parábola, fijémonos que la recompensa es la misma para los dos primeros esclavos. Lo que tiene valor para el Señor no es tanto los resultados (siempre poca cosa), sino la fidelidad.

¿Quién será recompensado?

El versículo 31 reanuda el curso de la profecía de los versículos 30-31 del capítulo 24, es decir, la venida del Señor en gloria para su pueblo terrenal. Para las “naciones” (los no judíos) presentes en la tierra sonará entonces el día de las recompensas… o del castigo. Y la diferencia entre ellos será la manera en que hayan acogido a los embajadores del Rey (sus hermanos, v. 40, aquí los judíos) cuando estos les anunciaban el Evangelio del reino (cap. 24:13-14).

Algunos han querido servirse de esta palabra para apoyar la doctrina de la salvación por las obras. Aclaramos que aquí estamos más allá del tiempo de la Iglesia y de la fe cristiana propiamente dicha.

Sin embargo, dejando de lado esta cuestión de la salvación, la declaración del Rey está llena de instrucción para nosotros los cristianos. Si el Señor Jesús estuviera hoy en la tierra, ¡qué celo pondríamos en recibirlo, en servirlo y en satisfacer sus más mínimos deseos! A la verdad, todos los días tenemos esta oportunidad: ofrendas, hospitalidad, visitas, etc. Todo lo que hacemos por amor a alguien, lo cumplimos primeramente para Él (comp. Juan 13:20; 1 Corintios 12:12). Inversamente, lo que podemos hacer y no lo hacemos, se lo negamos al Señor.