Mateo
Mateo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 5

Las bienaventuranzas, la sal, la luz

Seguir a Jesús primero significa obedecerle (Juan 12:26). Luego se manifestarán en nosotros los mismos caracteres que en él. El Señor enseña esas cualidades a sus discípulos, así como a todos los que quieran seguirlo, en el incomparable sermón del monte. Bienaventurados los que tienen una fe simple: los que se afligen a causa de la maldad del mundo y no se cansan de practicar la bondad y la compasión, los que por el nombre del Señor soportan toda clase de injusticias y persecuciones… Ese no es el tipo de felicidad que desea la mayoría de la gente, sino todo lo contrario. Pero para ser felices, bienaventurados, a los creyentes les basta tener la aprobación del Señor.

Los versículos 13 y 14 hablan de su estado actual. “Sois (no dice tendríais que ser) la sal de la tierra… la luz del mundo”. El cristiano representa a su Maestro ausente. Al estar apartado del mal, cumple en este mundo el papel de la “sal” que preserva de la corrupción. En segundo lugar, es la “luz”responsable de hacer brillar los caracteres morales de Dios ante los hombres y primeramente ante “todos los que están en casa”: su propia familia.

El almud, recipiente que servía de medida, simboliza la actividad, mientras que la cama (véase Lucas 8:16) es figura de la pereza. Tanto uno como otro son capaces de apagar el resplandor que debería tener todo hijo de Dios.

Las verdaderas exigencias divinas

Estos versículos no se pueden leer sin sentir temor. El Señor no solo declara que no ha venido para abrogar la terrible ley de Dios que condenaba a todos, sino que da una interpretación aún mucho más estricta de la voluntad divina. Hasta entonces, un judío piadoso podía esperar merecer la vida eterna cuando más o menos había guardado estas cosas desde su juventud (Marcos 10:20). Ahora las palabras de Jesús acaban con sus ilusiones al respecto. ¿Si tales son las exigencias de la santidad de Dios, quién, pues, puede ser salvo? Sí, en este hombre incomparable estaba la plena medida de la justicia divina. Pero la misma persona que había venido para hacerla conocer, también había venido para cumplirla en nuestro lugar (v. 17; Salmo 48:8-10).

El antiguo judaísmo no se preocupaba por lo que Dios pensaba de la ira y de las miradas impuras; condenaba solo sus frutos extremos: el homicidio y el adulterio. Los mandamientos del Señor, al contrario, se remontan a la fuente de esos hechos culpables y nos hacen tomar conciencia de que ella está en nuestro corazón y es capaz de producir los mismos efectos (cap. 15:19). Antes de apropiarnos de la gracia es necesario que comprendamos cuánto la necesitamos.

Una actitud llena de gracia

No nos olvidemos de que quien habla aquí es el Mesías, el Rey de Israel. Su enseñanza ha sido llamada la carta del reino, pues expone los requisitos que tendrán que satisfacer sus súbditos. Pero qué diferencia con las constituciones y los códigos de este mundo, los cuales están basados en la defensa de los derechos de las personas y en la regla egoísta: «Cada uno por su lado», mientras que la enseñanza de Jesús no solo establece principios de no-violencia, sino de amor, humildad y renunciamiento, absolutamente extraños al espíritu de este mundo. Algunos piensan que tales preceptos son inaplicables en la tierra, y que los cristianos que los realicen fielmente podrían ser víctimas indefensas a merced de cualquier abuso. Estemos seguros de que Dios sabría protegerlos. Además, tal comportamiento sería un poderoso testimonio capaz de confundir y hasta convertir a los que quisieran perjudicar al creyente. Los versículos 38 a 48 nos humillan y nos juzgan. ¡Qué distancia nos separa de Aquel que “padeció por nosotros, dejándonos ejemplo… quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente”! (1 Pedro 2:21-23; véase también Santiago 5:6; Isaías 50:6). Lo que daba autoridad a las enseñanzas del Señor era que Él ponía en práctica lo que enseñaba (cap. 7:29).