Mateo
Mateo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

Pedir en la tienda

Capítulo 12

Jesús, Señor del día de reposo

Después de haber ofrecido el verdadero reposo del alma (cap. 11:28-29), el Señor Jesús hizo comprender que el reposo legal del sábado no tenía más razón de ser. Sobre esta cuestión del sábado, los fariseos trataban de sorprender en una falta, primero a los discípulos y luego al Maestro mismo. Pero cuando esto ocurrió, el Señor se sirvió de esa oportunidad para explicarles que todo el sistema basado en la ley y los sacrificios había sido dejado de lado por su venida en gracia, y les citó por segunda vez las palabras del profeta Oseas 6:6: “Porque misericordia quiero, y no sacrificio” (v. 7; véase cap. 9:13; Miqueas 6:6-8). ¿De qué servía la observancia del cuarto mandamiento de la ley, cuando todos los demás eran transgredidos? Pretender respetar el sábado era dar la impresión de que todo iba bien en Israel, era estimarse más justo que Dios. Mientras reinaba el pecado, nadie podía descansar: Ni el hombre, cargado con el pecado, ni Dios, pues el Padre y el Hijo trabajaban juntos para quitar el mal y sus consecuencias (Juan 5:16-17). Así, sin dejarse detener por los consejos de los malos, el perfecto Siervo seguía con su obra. La cumplió en el espíritu de humildad, de gracia y de mansedumbre que, según el profeta Isaías (cap. 42:1-4), debían permitir reconocerlo.

Estas cualidades siguen siendo de gran precio para el corazón de Dios (comp. 1 Pedro 3:4).

Los líderes del pueblo rechazan a Jesús

Los fariseos odiaban al Señor Jesús porque estaban celosos de su poder, así como de su autoridad sobre la muchedumbre. Negaban el origen de ese poder porque no podían negar los milagros mismos. Como ya lo habían hecho antes (cap. 9:34; 10:25), atribuyeron al príncipe de los demonios el poder del Santo Espíritu que Dios había dado a su muy amado Hijo (v. 18; comp. Marcos 3:29-30). Esta es la blasfemia contra el Espíritu Santo, el pecado que no puede ser perdonado. Por el contrario, la obra del Señor era la prueba de su victoria sobre Satanás, el hombre fuerte, a quien Él había “atado” en el desierto (cap. 4:3-10) por medio de la Palabra, y a quien ahora quitaba sus cautivos (Isaías 49:24-25). Luego, Jesús les mostró a esos fariseos que ellos mismos estaban bajo el imperio de Satanás: eran malos árboles produciendo malos frutos.

“De la abundancia del corazón habla la boca”. Si nuestro corazón está lleno de Cristo, será imposible no hablar de Él (Salmo 45:1); de manera inversa, los malos pensamientos, escondidos en lo más profundo de nosotros mismos, tarde o temprano subirán a nuestros labios. Y de toda palabra ociosa, es decir, simplemente inútil, cada uno tendrá que rendir cuenta un día.

Ruptura de las relaciones con un pueblo incrédulo

En el capítulo 12 se acaba la primera parte de este evangelio. El Mesías, después de haber sido rechazado por quienes debieron ser los primeros en recibirlo, empezó a hablar de su muerte y de su resurrección. Era el gran milagro que quedaba por cumplir, del cual los judíos poseían una señal: la historia de Jonás, que fue tragado por el gran pez. Al mismo tiempo, el Señor mostró a los escribas y a los fariseos su aplastante responsabilidad, ya que ellos eran mucho más conocedores de la Palabra de Dios que los paganos de Nínive o que la reina de Saba. ¡Y cuánto sobrepasaba Él mismo a Jonás o a Salomón! Él había venido para habitar en la casa de Israel, echando al demonio y barriendo la idolatría (comp. cap. 8:31; 12:22-23). Pero como no había sido recibido, la casa quedaba vacía, pronta para abrigar un poder maligno mucho más terrible que el primero. Eso es lo que sucederá a Israel bajo el reinado del anticristo.

A la pregunta: “¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos?”, Jesús contestó extendiendo la mano hacia sus discípulos: “He aquí mi madre y mis hermanos”. Con eso mostraba que tenía que romper las relaciones terrenales y naturales con su pueblo. En contraste, desde el capítulo 13, explicó qué es el reino de los cielos y quién puede ser recibido en Él.