Mateo
Mateo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 15

Religión y tradición

El celo religioso de los fariseos se limitaba a observar estrictamente cierto número de formas exteriores y tradiciones. Bajo el manto de esta piadosa apariencia, que puede impresionar a los hombres pero que no puede engañar a Dios, seguían las inclinaciones de su corazón. Por avaricia habían llegado hasta faltar a los deberes más elementales, como el de proveer a las necesidades de sus padres (v. 5; comp. Proverbios 28:24). La pregunta del Señor (v. 3) responde a la vez a la de los fariseos (v. 2). Estos, por sus tradiciones, anulaban los mandamientos de Dios. Entonces Jesús, cuyas delicias eran esos mandamientos, confundió a estos hipócritas por medio de las Escrituras. Luego, dirigiéndose a sus discípulos que también estaban desconcertados por sus palabras, puso de relieve la maldad del corazón humano y demostró su completa ruina. Sí, las manos pueden estar cuidadosamente lavadas mientras el corazón está lleno de suciedades.

Reconozcamos cuán verdadero es el inventario abrumador del contenido del corazón humano, de nuestro propio corazón (v. 19-20), aunque lo ocultemos bajo respetables y halagüeñas apariencias.

El Señor no rechaza a nadie y cuida a cada uno

Jesús visitaba la región de Tiro y de Sidón. Esas ciudades paganas, como Él mismo lo había declarado, eran menos culpables que las de Galilea, donde había efectuado la mayoría de sus milagros (cap. 11:21-22). Pero no tenían ninguna parte en las bendiciones del “Hijo de David”, pues eran ajenas a los pactos de la promesa (Efesios 2:12). Este también era nuestro caso, no lo olvidemos. El Señor empezó por hacer notar esto, con una expresión inusual en Él, a la pobre cananea que le suplicaba por su hija. Esa mujer reconoció su completa indignidad. Entonces la “gracia” pudo brillar con todo su esplendor. En efecto, si de parte del hombre hubiera el más mínimo derecho o mérito, no se trataría de gracia, sino de algo merecido (Romanos 4:4). Para medir mejor la grandeza de esta gracia hacia nosotros, no olvidemos nunca nuestra miseria e indignidad delante de Dios.

Luego el Señor se vuelve nuevamente hacia su pueblo. Según la expresión del Salmo 132:15, Él bendice abundantemente su provisión y sacia de pan a sus pobres. Lo que lo hace obrar en este segundo milagro, así como en el primero, es su maravillosa compasión hacia la multitud (v. 32; cap. 14:14).