Capítulo 13
Parábola del sembrador
El corazón del pueblo judío se había endurecido. Voluntariamente habían cerrado sus ojos y sus oídos (v. 15). Por eso, de ahora en adelante, Jesús les hablaría en parábolas, de una manera oculta. Sus enseñanzas estarían reservadas solo a sus discípulos. Los versículos 18 y 36 comprueban que el Señor siempre está dispuesto a explicar a los suyos lo que desean comprender. La Biblia contiene muchas cosas difíciles y oscuras para nuestra inteligencia natural limitada (Deuteronomio 29:29). Pero la explicación nos será dada en el momento oportuno, si tal es nuestro verdadero deseo (Proverbios 28:5). No nos dejemos, pues, desanimar por los pasajes o las expresiones que no entendemos inmediatamente. Pidamos al Señor que nos explique su Palabra.
El rechazo del Mesías por parte de Israel tuvo aún otra consecuencia: no habiendo hallado fruto para recoger en medio de su pueblo, el Señor sembró el mundo con la palabra del Evangelio. En Santiago 1:21 es llamada “la palabra implantada”, la que tiene el poder de salvar a las almas. Pero aunque haya una sola clase de semilla, no todos reciben la Palabra de la misma manera. ¿Con qué disposición de corazón la recibe usted?
¿Dónde cae la semilla? – La cizaña
En su perfecto conocimiento del corazón humano, el Señor distingue cuatro clases de personas entre los que oyen su Palabra. La primera es comparada a la tierra del camino, endurecida a base de ser pisoteada por el mundo. ¿Nuestro corazón se parecería a este camino sobre el cual el mundo pasa y vuelve a pasar de manera que la Palabra no puede penetrar más en Él?
Otros, como esos pedregales, son espíritus superficiales. Su conciencia no ha sido profundamente labrada por la convicción del pecado. Por eso la pasajera emoción experimentada al oír el Evangelio no es más que apariencia de fe. La verdadera fe tiene, necesariamente, raíces invisibles, pero se reconoce gracias a su fruto visible. Sin obras, la fe está muerta, ahogada como esos granos entre los espinos (Santiago 2:17). Pero la semilla también cae en buena tierra, en donde la espiga puede madurar a su tiempo.
La parábola de la cizaña nos enseña que el enemigo no solo arrebató la buena semilla cada vez que lo lograba (v. 19), sino que sembró mala semilla mientras los hombres dormían. El sueño espiritual nos expone a todas las malas influencias, por lo que somos exhortados continuamente a ser vigilantes (Marcos 13:37, 1 Pedro 5:8).
Un triste desarrollo
En las seis parábolas del reino que siguen a la del sembrador, el Señor expone cuál va a ser el resultado de la siembra en este mundo. La parábola del grano de mostaza que llega a ser un gran árbol describe la forma exterior que tomó el reino de los cielos después de que el Rey fuese rechazado, mientras la de la levadura escondida en la masa, destaca una obra secreta que altera su carácter. Es el tiempo de la Iglesia responsable. Después de haber empezado con un pequeño número de personas (algunos discípulos), el cristianismo tuvo el gran desarrollo que conocemos. Pero su éxito y extensión en el mundo no son la prueba de la bendición y de la aprobación de Dios, ni lo protegen de los ataques de Satanás. Muy temprano fue invadido por el mal: los pájaros (v. 4, 19) y la levadura.
La mezcla que caracteriza a la cristiandad profesante también es ilustrada por la parábola de la cizaña en el campo. Se sabe que el nombre de cristiano es llevado hoy en día por todos los que han sido bautizados, sean o no verdaderos hijos de Dios. El Señor soporta este estado de cosas hasta el día de la siega (Apocalipsis 14:15-16). La suerte final de los unos y de los otros mostrará lo que había en el corazón de cada uno de ellos.
Lo que es valioso para el corazón del Señor
Las cortas parábolas del tesoro y de la perla subrayan dos verdades maravillosas: una, el gran precio que la Iglesia tiene para Cristo y que Él pagó para adquirirla –vendió todo lo que tenía; dio hasta su vida– y otra, el gozo que encuentra en ella. En el versículo 47, la red del Evangelio está echada en el mar de las naciones. El Señor había anunciado a sus discípulos que haría de ellos pescadores de hombres. He aquí, pues, los siervos trabajando. Pero no todos los peces son buenos, como tampoco son verdaderos creyentes todos los cristianos de nombre. Mas la Palabra permite conocerlos. El buen pez se reconoce por sus escamas y sus aletas (Levítico 11:9-11) y el verdadero creyente por su armadura moral, por su capacidad para resistir la penetración del mal y por no dejarse arrastrar por la corriente del mundo.
Al lado del tesoro que el Señor ha encontrado en los suyos (v. 44), el versículo 52 nos muestra el que el discípulo halla en su Palabra. ¿Esta es para usted el tesoro de donde sabe sacar “cosas nuevas y cosas viejas”? Este capítulo termina tristemente como el precedente, que habla sobre la incredulidad de la muchedumbre que no ve en Jesús más que “el hijo del carpintero”, de manera que su gracia no puede ejercerse para con ella.
