Mateo
Mateo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 9

Un paralítico – Llamamiento de Mateo

Las distintas enfermedades que el Señor encontró y sanó son otros tantos aspectos de la triste condición en la cual halló a su criatura. La lepra hace énfasis en la mancha del pecado, la fiebre señala la agitación incesante del hombre de este mundo. El endemoniado está bajo el poder de Satanás, mientras que el mudo, el ciego y el sordo tienen los sentidos cerrados a los llamados del Señor y no saben pedirle. Por último, el paralítico demuestra la incapacidad total del hombre para ir hacia Dios (Juan 5:7). El enfermo no dice nada… solo espera. El divino Médico (v. 12) sabe que una enfermedad mucho más grave roe el alma de ese paralítico y empieza por curarlo de aquélla: “Tus pecados te son perdonados”. ¿De qué tendríamos que preocuparnos más en nosotros y en los demás: de una enfermedad o del pecado?

Después tenemos el llamamiento de Mateo, que es contado por él mismo. Él también formaba parte de esos pecadores por los cuales Cristo vino. Por último, la pregunta de los discípulos de Juan brinda la oportunidad para presentar una nueva enseñanza: los odres viejos de la religión judaica ya no servían para contener el vino nuevo del Evangelio.

El poder y la compasión del Señor

Los evangelios están lejos de relatar todos los milagros hechos por Jesús, según dice el apóstol Juan en el capítulo 21 de su evangelio. En su Palabra Dios solo hizo constar por escrito los que corresponden a una enseñanza útil para nosotros. Tal es el caso de la resurrección de la hija de Jairo. Este hecho tiene, entre otras, una aplicación profética. Se ve al Señor como estando de camino para volver a dar la vida a su pueblo Israel. Mientras tanto (en lo que viene a ser el tiempo actual) está a disposición de todos los que lo buscan por la fe, como lo hizo la mujer del versículo 20 que tocó el borde de su manto con la esperanza de ser curada. En efecto, Jesús tenía todo el poder para sanar cualquier enfermedad y dolencia. Tenía bastante amor en su corazón para sentir compasión por su pueblo, como el verdadero pastor de Israel. Si de vez en cuando hallaba fe, como en los dos ciegos, desgraciadamente, también a menudo chocaba con la más terrible incredulidad de los fariseos.

Nosotros que atravesamos el mismo mundo y padecemos las mismas necesidades, pero con corazones a menudo insensibles (Santiago 2:15-16), pidamos a Dios que nos dé una visión más amplia y clara de Su gran mies (Juan 4:35) y supliquemos al Señor de la mies que envíe nuevos obreros.