Capítulo 6
Una verdadera vida de piedad
Las limosnas (v. 1-4), las oraciones (v. 5-15) y los ayunos (v. 16-18) son tres de las principales maneras por las cuales los hombres creen cumplir con sus «obligaciones religiosas». Cuando estas acciones se hacen para ser reconocidos por los demás, la consideración que uno saca de ello, ya le sirve de recompensa (Juan 5:44). Pero ¡ay!, el corazón humano es tan malo que se sirve de las mejores cosas para darse importancia. Las más generosas donaciones… con tal que se vean, pueden ir a la par con el peor egoísmo: la contrición puede estar en el rostro… y el contentamiento de sí mismo en el fondo del corazón.
El Señor nos enseña cómo orar. No se trata de un acto meritorio, sino de la humilde presentación de nuestras necesidades a nuestro Padre celestial, en lo secreto de nuestro aposento. ¿A menudo nuestras oraciones no son frases maquinales o vanas repeticiones? (Eclesiastés 5:2). Sí, hasta la hermosa oración enseñada por nuestro Señor a sus discípulos (v. 9-13), la que estaba perfectamente adaptada a las necesidades de aquel momento, ha venido a ser una vana repetición para muchos. El hijo de Dios tiene privilegios que el israelita no poseía; puede acercarse en todo tiempo, por el Espíritu, al trono de la gracia en el nombre del Señor Jesús. ¿Aprovechamos este privilegio?
Confianza en Dios
El ojo bueno (sencillo, v. 22, V. M.) es el que se fija solo en un objeto. Ese objeto, ese “tesoro” para el creyente, es Cristo. Lo contemplamos “a cara descubierta” en la Palabra, y esa visión ilumina todo nuestro ser interior (2 Corintios 3:18; 4:6-7). Nuestro corazón no puede estar en el cielo y en la tierra a la vez. Querer un tesoro celestial y, al mismo tiempo, atesorar riquezas en este mundo son dos cosas absolutamente incompatibles, como tampoco es posible servir a más de un señor a la vez (v. 24). Las órdenes a menudo serían contradictorias. Pero, renunciando a las riquezas, ¿no corremos el riesgo de carecer de lo necesario para nuestro sustento en el tiempo presente? El Señor se anticipa a esa mala excusa: “Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida…” (v. 25). Abramos los ojos como nos lo pide Jesús. Observemos en la creación los innumerables testigos de la conmovedora solicitud y bondad del Padre celestial: las flores, los pájaros… (comp. Salmo 147:9). Por cierto, Dios nunca será deudor de los que buscan “primeramente” Sus intereses antes que los suyos propios; no será deudor de los que lo escogen (Lucas 10:42). Sí, Dios “es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11:6), pero hay que empezar por ahí.
