Capítulo 11
Juan el Bautista en la cárcel – Grandeza de su ministerio
El Señor no se contentó con mandar a sus discípulos, sino que siguió su propio ministerio. En cambio, Juan el Bautista, desde el capítulo 4:12, terminó el suyo en la cárcel de Herodes. La pregunta que mandó hacer a Jesús por medio de sus discípulos nos deja ver su desaliento y perplejidad. Jesús, del que había sido su ferviente precursor, no establecía su reino ni hacía nada para liberarlo. ¿No era Él el Mesías prometido? El Señor contestó con un mensaje por medio del cual le hizo sentir tiernamente su falta de confianza, al decirle: “Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí”. Pero ante la muchedumbre, Jesús dio un amplio testimonio del más grande de todos los profetas (v. 7-15).
Cuando se trata de la entrada en el reino, la violencia pasa a ser una cualidad, y hasta una cualidad indispensable (v. 12). Dios nos abre todos sus tesoros, pero por nuestra parte debemos tener el ardiente deseo de poseer lo que Él nos ofrece y el santo celo de la fe que se apodera osadamente de todas las promesas divinas. ¡Ay, cuántos jóvenes se han quedado detrás de la puerta por falta de decisión y energía, por temor a las luchas y a los renunciamientos! No olvidemos que los cobardes se hallarán en compañía de los incrédulos, los homicidas y todos los demás pecadores que no se hayan arrepentido (Apocalipsis 21:8).
Juicio pronunciado sobre ciudades – El verdadero descanso
Jesús hizo la mayoría de sus milagros en las ciudades de Galilea. Pero los corazones permanecieron cerrados, como lo había profetizado Isaías: “¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová?” (Isaías 53:1). Sin embargo, a esta pregunta Jesús pudo responder “en aquel tiempo” (v. 25) y dar gracias al Padre: “Escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños”. Y volviéndose a los hombres, los invitaba: “Venid a mí”; venid con esta fe infantil “y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Nadie, excepto Jesús, puede revelar al Padre. Aprendamos no solo por Sus palabras, sino también por Su ejemplo (Efesios 4:20-21).
Cerca de Jesús hallamos dos cosas en apariencia contradictorias: el descanso y el yugo. El yugo es una pieza de madera pesada que sirve para uncir a los bueyes; es símbolo de obediencia y servicio. Pero el yugo del Señor es fácil. El rescatado cambia su cansancio y la carga del pecado (v. 28) por la gozosa abnegación del amor. El apóstol Pablo dice de las iglesias de Macedonia: “Doy testimonio de que con agrado han dado conforme a sus fuerzas… pidiéndonos con muchos ruegos que les concediésemos el privilegio de participar en este servicio para los santos. Y no como lo esperábamos, sino que a sí mismos se dieron primeramente al Señor, y luego a nosotros” (2 Corintios 8:3-5).
