Mateo
Mateo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 23

Jesús condena la hipocresía y la autocomplacencia

Jesús, descubriendo la trampa en todas las preguntas de los jefes religiosos del pueblo, puso a los discípulos y a la muchedumbre en guardia contra ellos. Lo que ordenaban hacer era excelente en general, pero tristemente lo que hacían era muy distinto (cap. 21:30). Nosotros que quizás conocemos tantas verdades bíblicas y sabemos muy bien citarlas a los demás, ¿las ponemos en práctica? (Juan 13:17; Romanos 2:21).

¡Qué contraste entre estos maestros y Cristo, el verdadero Maestro! (v. 8, 10). Ellos recomendaban la ley, pero Él la cumplía (cap. 5:17). Ellos ponían sobre otros cargas pesadas y difíciles de llevar (v. 4), pero Jesús llamaba a los cansados y cargados para darles descanso (cap. 11:28). Ellos escogían los primeros asientos, pero Él, desde el pesebre hasta la cruz, tomó constantemente el último lugar. Fue siervo antes de ser amo (v. 11). Nadie será más exaltado, pues nadie se ha humillado más profundamente. Pero esos escribas y fariseos que buscaban su propia gloria irían a su ruina y a su perdición. “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!”. Esta fue la terrible palabra que el Señor tuvo que pronunciar siete veces contra estos hombres tan responsables.

"¡Ay de vosotros!"

Con estas vehementes palabras el Señor condenaba solemnemente lo que puede llamarse «el clero» de Israel. Estos guías ciegos, que no solo no entrarían en el reino de los cielos, sino que además abusaban de su autoridad para impedir que los demás entraran, eran doblemente culpables (v. 13). Extremadamente escrupulosos por cosas muy pequeñas, descuidaban las principales: “La justicia, la misericordia y la fe” (v. 23). Con sus máscaras hipócritas engañaban a los simples. Jesús, lleno de indignación, descubrió su verdadero rostro: eran sepulcros blanqueados (muertos interiormente), “serpientes”, asesinos, hijos de asesinos.

Antes de salir del templo y dejar desierta esta casa donde Dios no tenía más su lugar, Jesús se expresó en términos patéticos acerca del juicio que caería sobre Jerusalén. Sí, podemos pensar en lo que habrá sido para su corazón sensible ese menosprecio a la gracia que ofrecía: “No quisiste” (cap. 22:3; Oseas 11:7). ¡Palabra abrumadora! Entre los que deberán oírla un día, ¿quién podrá hacer a Dios responsable de su desdicha? La salvación en Cristo le ha sido ofrecida y él no ha querido aceptarla.