Mateo
Mateo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 1

Genealogía de Jesucristo

La voz de Dios para Israel, a través de los profetas, se había silenciado durante cuatrocientos años. Para Dios, "vino el cumplimiento del tiempo" (Gálatas 4:4). Entonces habla “por el Hijo” y hace conocer a su pueblo, al mundo, y a usted personalmente, la buena nueva del Evangelio (Hebreos 1:1-2). Esta se resume en pocas palabras: el don de su amado Hijo, Jesús. Pero, ¿cómo llegar al conocimiento de tal persona con nuestros espíritus limitados? Dios proveyó para ello dándonos cuatro evangelios a fin de permitirnos considerar la gloria de su Hijo bajo diferentes aspectos, tal como se pone de relieve un objeto de gran precio bajo distintas luces. Mateo es el evangelio del Rey. Es necesaria una genealogía para ubicar al Mesías en el marco de las promesas hechas a Abraham y para comprobar de manera irrefutable su título de heredero al trono de David (Gálatas 3:16; Juan 7:42). De esa larga lista ciertos nombres, tristemente célebres (Acaz, Manasés, Amón), no fueron borrados. Otros nombres como Rahab, Rut, la mujer de Urías, recuerdan la gracia divina hacia aquellos que no tenían ningún derecho. Antes de revelar al Salvador, Dios atestigua una vez más que en todas las generaciones, trátese de un patriarca, de un rey, de una mujer de mala reputación, etc., todos necesitamos la misma salvación y el mismo Evangelio.

Su nacimiento milagroso

Jesús entró en este mundo como todos los hombres, es decir, por el nacimiento. A José y María se les concedió un honor especial: fueron elegidos para acoger y criar al Hijo de Dios en su infancia.

Los designios de Dios se cumplen; según las profecías, el nacimiento del heredero al trono de David tendría lugar en la ciudad real de Belén. Nótese que en este evangelio no se habla del pesebre que le sirvió de cuna, y tampoco de nada que recuerde su pobreza. Al contrario, Dios hizo que su Hijo fuera honrado por nobles visitantes: los magos venidos del Oriente. En cuanto a los principales de entre los judíos, ninguno estaba moralmente capacitado para ir a postrarse delante del Mesías de Israel. Además, no deseaban su venida. Esta época fue una de las más tenebrosas en la historia de dicho pueblo. El cruel Herodes, un edomita, reinaba en Jerusalén, violando la ley según la cual ningún extranjero debía ser rey en Israel (Deuteronomio 17:15). A excepción de un pequeño número de almas piadosas, las cuales muestra el evangelio de Lucas, nadie en Israel esperaba al Cristo. Y hoy, entre los que se dicen cristianos, ¿cuántos esperan verdaderamente su retorno?