Capítulo 27
Remordimientos – Jesús ante Pilato
El día despuntó. ¡Un día como no hubo otro en la historia del mundo y de la eternidad! La primera hora de la mañana encontró a los principales sacerdotes y a los ancianos maquinando la ejecución que habían decidido. Pero alguien vino a visitarlos; lo conocían bien: era el traidor, gracias al cual habían conseguido sus fines. ¿Qué quería? Judas atestiguó la inocencia de su Maestro, les devolvió el dinero y expresó su remordimiento. “¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú!”, contestaron ellos sin ninguna compasión. ¡Entonces el miserable fue y se ahorcó, perdiendo su alma junto con la vida, sin hablar del dinero por el cual la había vendido! ¡En cuanto a los sacerdotes que no habían tenido escrúpulos para comprar la sangre inocente, temieron cuando se trató de poner el precio en el tesoro del templo!
Jesús fue conducido ante Pilato, el gobernador. Le hubiera sido fácil hallar en este magistrado romano un apoyo contra el odio de su pueblo. Pero guardó silencio, salvo para reconocer su título de rey de los judíos. Isaías ya lo había profetizado: “Como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció y no abrió su boca” (Isaías 53:7; comp. con los v. 12, 14; cap. 26:63).
La voz del pueblo, la burla de los soldados
Grande fue la perplejidad de Pilato frente al acusado que le trajeron los jefes de los judíos. Nunca había tenido ante sí un hombre como aquel. Un doble testimonio: el de su mujer (v. 19) y el de su propia conciencia (fin del v. 24) le daban la convicción de que estaba enfrentándose a un justo.Además, conocía la perversidad de los que se lo habían entregado por envidia (v. 18). ¿Qué hacer? Si lo condenaba, cometía una injusticia, pero si lo liberaba, su popularidad se vería afectada. Lavándose simbólicamente las manos (pero no su conciencia), echó la responsabilidad sobre el pueblo, el cual la aceptó con los ojos cerrados. Detrás de esta muchedumbre, movida por los más salvajes instintos, y detrás de sus jefes que la excitaban, Satanás proseguía su obra de odio. Pero Dios también proseguía su obra de gracia y salvación.
Jesús estaba en manos de soldados vulgares. Le pusieron un simulacro de vestidura real para mofarse de él antes de llevarlo al suplicio. Pero un día, a la vista de todos, el Señor aparecerá en toda su majestad de Rey de reyes. Y su mano poderosa, esta mano que entonces asía una caña, se levantará en juicio contra sus enemigos (comp. v. 29 con Salmo 21:3, 5, 8).
La crucifixión – Tres horas sombrías
Jesús fue conducido del pretorio al Calvario. Simón de Cirene fue obligado a llevar Su cruz, pero Jesús iba a llevar sobre sí voluntariamente una carga tan pesada que no tenía comparación. Se trata del pecado, que nadie pudo llevar en su lugar. Fue crucificado entre dos malhechores. “Su causa escrita” encima de la cruz acusaba en realidad a un pueblo que crucificó a su Rey. Este relato nos es dado brevemente, sin los detalles que los hombres hubieran agregado para conmover los sentimientos. Sin embargo, a través del sobrio lenguaje del Espíritu, comprendemos que ninguna forma de sufrimiento fue ahorrada al muy amado Salvador. Sufrimientos físicos, pero ante todo, indecibles heridas morales. Allí estaban los burladores provocándolo y desafiándolo a salvarse a sí mismo (v. 40). Pero si se quedó en la cruz, ¿no fue precisamente para salvar a los hombres? Ellos provocaban a Dios poniendo en duda su amor hacia Cristo, quien sentía infinitamente este ultraje (v. 43; Salmo 69:9). Pero para Jesús, el sufrimiento supremo fue el abandono que padeció durante las tres últimas horas en el madero, cuando Dios escondió su rostro, y fue hecho maldición para expiar nuestros pecados. ¡Dios hirió a su Hijo con los golpes que merecían nuestros pecados, los míos y los suyos!
Muerte y sepultura de Jesús
La obra de la expiación se ha cumplido, la victoria se ha obtenido. Con un poderoso grito de triunfo, Cristo entró en la muerte:
Consumado es
(Juan 19:30).
Y enseguida Dios dio otras pruebas de esta victoria: el velo del templo se rasgó de arriba abajo abriendo “un camino nuevo y vivo” por donde en adelante el hombre podría penetrar en su presencia con plena libertad (Hebreos 10:19-21). Los sepulcros fueron abiertos. La muerte fue vencida y tuvo que devolver algunos de sus prisioneros.
Luego, Dios cuidó el honor debido a su Hijo. Conforme a la profecía, Jesús ocupó la tumba de un hombre rico que piadosamente se ocupó de su sepultura (Isaías 53:9). A excepción de José de Arimatea, el evangelio de Mateo no muestra a ningún discípulo presente en esa hora. En cambio, algunas mujeres cuya devoción es recordada asisten a toda la escena. El amor sepultó a Aquel a quien el odio había crucificado.
Del principio al fin de este evangelio, el odio del hombre se ha encarnizado contra Jesús. En su cuna, este odio fue manifestado por Herodes, y lo persiguió hasta la tumba, guardada y sellada por los jefes de los judíos, pero tanto los soldados como el sello y la piedra fueron vanas precauciones; solo sirvieron, al contrario, para demostrar de manera más brillante la realidad de la resurrección.
