Mateo
Mateo

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 16

La levadura de los fariseos y los saduceos

Una vez más los fariseos pidieron una señal (cap. 12:38), y una vez más Jesús les recordó la señal de Jonás, figura de su próxima muerte. Los cristianos que hoy hemos llegado a la víspera del retorno del Señor Jesús tampoco tenemos que esperar más señales antes de su venida. Nuestra fe descansa en la promesa del Señor y no en signos visibles: de otra manera no sería fe. Y, sin embargo, ¡cuántos indicios nos muestran que estamos llegando al final de la historia de la Iglesia en la tierra! El orgullo del hombre crece más que nunca; el mundo cristianizado manifiesta los caracteres anunciados en 2 Timoteo 3:1-5. También hay señales exteriores: el pueblo judío vuelve a su país; las naciones europeas tratan de unirse en el marco del antiguo imperio romano… Abramos los ojos, levantémoslos hacia el cielo: Jesús viene.

El Señor dejó a los incrédulos y se fue (v. 4). Pero sus propios discípulos también lo entristecieron por su falta de confianza y de memoria, así como lo afligieron en el capítulo 15:16-17. Y nosotros, ¿no nos asemejamos a ellos muchas veces? Recordemos la exhortación que Dios nos hace por medio de Pedro: “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5:7).

El Hijo del Dios viviente, la Iglesia y el Reino

La pregunta que Jesús hizo a sus discípulos nos muestra que las opiniones con respecto a Él estaban divididas, y esto se mantiene hasta hoy. Pero usted, ¿puede decir quién y qué es él para usted? El Padre inspiró una magnífica confesión a Simón: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”(v. 16). Este es el firme fundamento sobre el cual el Señor ha edificado su Iglesia, de la cual cada creyente, al igual que Simón, ha venido a ser una piedra viva. ¿Cómo podrían las fuerzas del mal prevalecer en contra de lo que pertenece a Cristo y que fue por Él mismo construido? Y Jesús honró a su discípulo con una misión especial: la de abrir (por sus predicaciones) las puertas del reino a los judíos y a las naciones (Hechos 2:36; 8:14; 10:43). Desde entonces Jesús, refiriéndose a la Iglesia, hablaba al mismo tiempo del precio que pagaría para adquirirla: sus sufrimientos y su muerte. Pero el pobre Pedro que un instante antes había hablado “conforme a las palabras de Dios” (1 Pedro 4:11), aquí se volvió el instrumento de Satanás, quien buscaba desviar a Cristo de su camino de obediencia, pero enseguida fue descubierto y rechazado.

Jesús, quien fue el primero en avanzar por la vía del completo renunciamiento, no ocultó lo que significa seguir en pos de Él (comp. cap. 10:37-40). ¿Estamos dispuestos para seguirle, cueste lo que cueste? (Filipenses 3:8).