Capítulo 119
Obediencia a la Palabra
“Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan”, decía el Señor Jesús a las multitudes (Lucas 11:28). De esta dicha y de este privilegio va a hablarnos este magnífico salmo. Efectivamente, bienaventurados los perfectos en el camino (V. M.; los de limpio corazón de Mateo 5:8), que se complacen en los testimonios del Señor y se regocijan en sus estatutos (v. 16). Pero doblemente dichosos los que “guardan” esos estatutos (v. 2, 4-5, 8) y andan en ellos (v. 1).
Una seria pregunta se hace en el versículo 9. Ella no tiene ningún sentido para los jóvenes del mundo que se burlan abiertamente de los «escrúpulos» del joven creyente. Pero, para este último, ella es capital y la respuesta sigue inmediatamente: :
¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra (v.9).
Mantengamos ese secreto de un andar puro a resguardo del pecado contra Dios (v. 11) y también contra nuestro “propio cuerpo” (1 Corintios 6:18). Si conservamos la Palabra de Dios en nuestro corazón, y grabamos en él pasajes esenciales como ese versículo 9, estaremos armados para “el día malo” (Efesios 6:13, 17) en que surgirá la tentación. Porque si guardamos cuidadosamente sus preceptos, el Dios fiel nos cuidará con el mismo esmero. ¡Ojalá “la palabra de Cristo more en abundancia en nosotros”! (Colosenses 3:16).
Ver mediante los ojos del corazón
Cuando abramos nuestra Biblia, empecemos siempre por pedir al Señor que abra nuestros ojos para discernir “las maravillas” que hay en ella (v. 18). Pero que, al mismo tiempo, aparte nuestras miradas de “la vanidad” (v. 37), y ¡cuántas cosas oculta este vocablo! Porque no nos es posible hallar a la vez nuestro deleite en la Palabra y en las cosas de este mundo, como por ejemplo: el amor a las riquezas (v. 36; leer Lucas 16:13). Otro obstáculo que, frecuentemente, nos cierra las Escrituras es una mala conciencia. ¿Cómo gozar de lo que nos reprende? Primeramente debemos confesar nuestra falta o nuestro estado. “Te he manifestado mis caminos” dice el salmista; entonces puede agregar: “Enséñame… (v. 26, 33; Salmo 32:5, 8); hazme entender… (v. 27); dame entendimiento… (v. 34), todas oraciones que agradan al Señor. Sus testimonios son “mis consejeros” (v. 24). ¡Pero hace falta que yo me deje aconsejar por ellos!
Notemos también la progresión entre los versículos 30, 32 y 36. El creyente escogió el camino de la fidelidad; se propone correr por él y pide a Dios, no que ensanche ese camino sino que le ensanche su corazón para que el objeto de sus afectos le atraiga con más poder (Filipenses 3:14). Finalmente, él cuenta con Dios para que le guíe por esa senda (v.35).
Fuerza, paciencia y protección por la Palabra
La Palabra de Dios regula toda la vida del creyente. Le permite contestar, cuando se le ha perjudicado, no necesariamente con el lenguaje sino con la paciencia y la confianza que ella le enseña (v. 42). Porque es “la palabra de verdad” (v. 43), ella da al hombre de Dios verdadera seguridad y autoridad cuando habla y le confiere una santa libertad en su andar. ¿Por qué somos a menudo tan tímidos en nuestro pequeño testimonio personal? Justamente porque nos falta esa fuerza y esa convicción interior que comunica la Palabra de verdad cuando es creída, amada y meditada.
“Cánticos fueron para mí tus estatutos” (v. 54). ¡Qué Señor el nuestro! ¿De qué jefe de Estado, aunque fuese el mejor, podría decirse que sus órdenes son un motivo de gozo para el que debe someterse a ellas?
Los versículos 57 a 64 nos muestran el corazón del creyente preocupado por conformar su andar a la voluntad del Señor: “Consideré mis caminos” (v. 59), dice el fiel; y solo luego: “Volví mis pies a tus testimonios”. ¡Cuántas veces, por desdicha, nuestra conducta es contraria! Retengamos también el versículo siguente:
Compañero soy yo de todos los que te temen y guardan tus mandamientos (v.63)
(véase v. 79, 115) y preguntémonos a quién frecuentamos (Proverbios 13:20).
Las órdenes de Dios se leen mejor con los ojos húmedos
El pedido del versículo 17 fue otorgado: “Bien has hecho con tu siervo” (v. 65). Pero de una manera que el salmista no esperaba: por medio de la aflicción. “Bueno es para mí haber sido afligido” reconoce él (v. 71, V. M.). ¿Por qué? Porque “antes de ser afligido yo me extraviaba” (v. 67, V. M.). El buen Pastor se vio obligado a usar ese penoso medio para volver al camino a su oveja descarriada. Pero el alma, de ese modo, hizo una experiencia más importante todavía: aprendió a conocer a su Dios y ya no tiene más necesidad de comprender para saber que Su amor no ha variado.
Conosco que conforme a tu fidelidad me afligiste (v. 75).
Entre los nómadas, la confección de un odre de cuero exige una paciente preparación. Se lo expone al humo para hacer perder al cuero el gusto acre y el olor de origen que no dejarían de alterar la pureza del agua. Así ocurre con el creyente (v. 83). El fuego de la prueba debe pasar por él a fin de quitarle su acritud o su dureza natural y volverlo apto para el servicio. “Tus manos me hicieron y me formaron; hazme entender…” (v. 73). ¡Feliz oración del redimido! Sí, Señor, forma también mi espíritu por los medios que Tú escojas; hazme flexible y dócil a tu voluntad!
Lo que la Palabra de Dios trae
Por más firmemente que haya sido establecida la tierra (v. 90), la Palabra del Señor lo ha sido más aún. ¡Qué dicha –en un mundo en el que todo es incierto, en el cual la febril actividad del hombre caído se despliega en pensamientos que perecerán sin excepción– poder conocer los eternos pensamientos de Dios y confiarnos en sus inmutables promesas! El cielo y la tierra pasarán, pero sus “palabras no pasarán” (Mateo 24:35). Por otra parte, la creación tiene un único propósito: “Todas las cosas… te sirven” (v. 91). Tal es también nuestro privilegio, pero sirvamos al Señor con inteligencia y con todo nuestro corazón.
Solo Cristo realizó verdaderamente los versículos 97 a 112. Entendió “más que los ancianos” porque él cumplía los divinos preceptos, en tanto que ellos se contentaban con enseñarlos (v. 100, V. M.). Era más sabio que todos sus enemigos que le armaron trampas (v. 110; Mateo 22:15 a 34).
¿Quién se arriesgaría a caminar de noche sin una lámpara sobre un terreno sembrado de obstáculos? En las tinieblas de este mundo, en medio de “lazos” puestos por los impíos emboscados (v. 110, 95), la Palabra es esa lámpara, esa luz indispensable en nuestro camino (v. 105). ¡No temamos hacer demasiado uso de ella para mirar dónde ponemos los pies! (v. 101).
La Palabra maravilla e ilumina
La Palabra, que es “lumbrera en mi camino”, me muestra también cuán espesas son las tinieblas a mi alrededor. Hace que me inspire horror la maldad y la falsedad. En efecto, sin esta medida divina, puedo equivocarme y llamar bueno a lo que es malo y verdad a lo que es mentira. Mientras que el Libro de los pensamientos de Dios me enseña a ver al mundo y lo que lo llena como Él mismo lo ve.
“Dame entendimiento” repite el fiel (v. 34, 125, 144, 169). La inteligencia es considerada, generalmente, como un don natural. ¡Pues bien! este ruego nos muestra que es posible adquirirla. Porque la Palabra es la que da la verdadera inteligencia (v. 130). “Tu siervo soy yo…” declara el salmista decidido a observar la voluntad de Dios (v. 125). Esta se expresa bajo distintas formas en la Palabra: ley, mandamientos, estatutos, preceptos, testimonios, ordenanzas, juicios… vocablos que difieren un poco en su sentido. En cuanto al cristiano, la Palabra no se impone más a él bajo forma legal. Su obediencia emana del amor que él siente, no solo por los maravillosos testimonios del Señor (v. 113, 127) sino por su nombre (v. 132).
Justicia y verdad de la Palabra
La justicia de Dios es la nota predominante de los versículos 137 a 144. Ella no es un motivo de espanto para quien teme a Jehová, anda a su luz y conoce también su misericordia (v. 149, 159). En medio de un mundo injusto, el fiel se complace en celebrar esta justicia de Dios, la que, como su misericordia, permanece para siempre (v. 142, 144).
“Sumamente pura es tu palabra” (v. 140). Más se la pone a prueba (como el oro en el crisol), más demuestra que es la pureza misma.
Los versículos 145 y siguientes traducen la extrema dependencia del fiel: “Vivifícame…” ruega él aquí cuatro veces (v. 149, 154, 156, 159; ver v. 25, 40, 88, 107). Es Dios quien da la vida; también es él quien la conserva y la sustenta. Pero esta oración concierne en primer lugar al alma del redimido. “Vivifícame con tu palabra”. Porque: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4; Deuteronomio 8:3).
Retengamos bien este versículo:
La suma de tu palabra es verdad” (v.160).
La Biblia no se compone de un conjunto de verdades entre las que cada uno escoge la que le conviene. Ella forma un todo inseparable que se recibe o se rechaza; toda ella es la Verdad (Juan 17:17).
Temer y amar la Palabra
El fiel, perseguido sin causa por príncipes, tiene temor, no de estos, sino de la Palabra, pues teme desobedecerle (v. 161). No obstante, ¡ella es su gozo! (v. 162). ¡Ojalá la Palabra de nuestro Dios sea un tesoro para nuestros corazones! Inagotables riquezas se hallan ocultas en ella, pero solo las descubre el que hace de esa Palabra su regla de vida. Empezar por recibir permite luego llevar: el versículo 171 nos recuerda que la alabanza es el fruto de un corazón enseñado por los estatutos divinos. Bien alimentados de estos, sabremos hablar al Señor, adorarlo con inteligencia, pero también hablar alto, sin timidez, a nuestro alrededor, de todo el tema de nuestra meditación (v. 172; Efesios 5:11).
Los últimos versículos que resumen el salmo permiten ahora desentrañar el pensamiento directivo. Por medio de la tribulación, Israel será llevado a reconocer su extravío (v. 176). Aprenderá en la aflicción a amar la ley de Jehová (v. 163, 167, 174), a conformar su conducta a ella (v. 165-167), a aborrecer el mal (v. 163), a buscar su salvación solo en Dios (v. 166). Antes que intervenga la liberación final (v. 174), la restauración interior ya se habrá producido. Lo que permitirá que Dios obre a favor de los suyos y los introduzca en la bendición del Reinado.
