Capítulo 55
Miedo y angustia – Las alas de la fe
Apremiado por los impíos que le persiguen con furor, presa de angustias y de “terrores de muerte” (v. 3-4), el fiel no responde por sí mismo a “la voz del enemigo”, sino que se vuelve hacia Dios. Es lo que siempre tenemos que hacer, en lugar de replicar a palabras envenenadas… pero no para pedir venganza, como David en estos versículos. Proféticamente, los salmos nos transportan más allá del actual tiempo de la gracia, a los días en que el reino será establecido a través del juicio de los inicuos. La maldad del mundo no alcanza hoy la intensidad que conocerá en aquel terrible período. Está aún detenida, frenada por la presencia del Espíritu Santo en la tierra (2 Tesalonicenses 2:6-7).
Sin embargo, los caracteres descritos en este salmo ya se manifiestan: violencia y rencilla (v. 9), iniquidad y pena (v. 10), maldad, fraude y engaño (v. 11). El redimido no puede sentirse a sus anchas en semejante mundo. Como el fiel del residuo de Israel, suspira por el lugar del tranquilo reposo (v. 6), por la casa del Padre que es su esperanza y el tema de su cántico:
Pronto, ¡adiós, cosas terrenas!
Lejos de aquí, alas tomaré
hacia las mansiones eternas,
hacia Jesucristo, mi Señor, iré.
Calma en la tormenta
Aquel de quien habla David en los versículos 12 a 14 probablemente sea Ahitofel gilonita, cuya traición y suicidio nos cuenta el segundo libro de Samuel en los capítulos 15 a 17. Pero, proféticamente, estas palabras se aplican al desdichado Judas. ¿Existe una expresión más fuerte que la del versículo 13 para designar vínculos de afecto como “íntimo mío, mi guía y mi familiar”? Esta es la evidencia de que las más grandes pruebas de confianza y de amor son incapaces de ganar el corazón natural del hombre en el que mora la guerra contra Dios (comp. el v. 21 con Marcos 14:15).
Pensemos entonces en lo que habrán sido aquí abajo los sentimientos del Señor. No podía contar con nada ni fiarse de nadie (Juan 2:24). Pero ante semejante despliegue del mal, el salmista nos invita:
Echa sobre Jehová tu carga… (v. 22).
Una carga molesta a un hombre que corre; por eso Hebreos 12:1 nos dice también: “despojémonos de todo peso… y corramos con paciencia”. Esto no quiere decir que la prueba nos sea quitada inmediatamente. Pero ella deja de ser una carga desde el momento en que la echamos sobre Dios, dejándole a Él el cuidado de arreglar lo que nos inquieta.
