Capítulo 102
Humillación y tristeza sin igual de Jesucristo
El título de este salmo dirige nuestras miradas hacia el supremo Angustiado: Jesús en sus sufrimientos. “Está angustiado y derrama su lamento”. Pero es un lamento sin impaciencia ni murmuraciones; todo en él es perfecta sumisión. ¡Un lamento que se derrama delante de Dios y no ante los hombres! Por lo demás, ¿quién hubiera podido comprender al Señor, incluso entre sus discípulos? Los versículos 6 y 7 traducen su completa soledad moral aquí abajo. Un hombre se siente mucho más solo cuando es distinto de los demás. Y Cristo fue aislado a causa de su perfección. No estuvo solo durante la hora de la cruz únicamente, sino que durante toda su vida experimentó esa soledad.
Las lágrimas fueron su bebida, su porción cotidiana (v. 9). No solo fue ultrajado en aquellas circunstancias relatadas en los evangelios. “Cada día” fue el objeto del odio de sus enemigos (v. 8). Conoció el furor del hombre contra Él y, más terrible aun, la ira de Dios cuando fue hecho nuestro sustituto para soportarla (v. 10). Pero ese mismo momento llegó a ser para Dios “el tiempo de tener misericordia” (v. 13). De la Sion de Israel y también de todos los que creen en Él desde ahora.
La respuesta que Dios le da
Desde el cielo Dios consideró a los presos de Satanás, destinados a la muerte eterna. Oyó sus gemidos (v. 19-20). Quiso soltarlos para que pudieran alabarle (v. 21). Con este fin envió a su Hijo aquí abajo.
Verdadero hombre, Cristo suplicó “al que le podía librar de la muerte” (v. 24; Hebreos 5:7-10). Pero, en ese mismo versículo 24, una extraordinaria consolación responde a “la oración de los desvalidos” (v. 17). Como hombre oró Cristo, como Dios obtuvo la contestación. Nos es permitido escuchar el maravilloso diálogo entre Dios el Padre y Dios el Hijo. ¡Es el inescrutable misterio! ¿Quién es, pues, ese angustiado, ese hombre solitario abrumado de ultrajes y que medía su debilidad? ¡Aquel que desde el principio fundó la tierra y extendió los cielos! (Miqueas 5:2). ¿Habla de la mitad de sus días? ¡Pero sus años no se acabarán! La creación envejecerá y pasará; el Creador subsiste para siempre. Él es el Mismo eternamente. Y la epístola a los Hebreos, la cual cita estos versículos, agrega que el Hijo, en quien resplandece toda la gloria de Dios, es también aquel que efectuó “la purificación de nuestros pecados” (Hebreos 1:2-3, 10-12). ¡Valor infinito es el de semejante obra hecha por semejante Persona!
