Salmos
Salmos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 73

Envidiar a los incrédulos

El tercer Libro de los salmos empieza con una serie de once salmos de Asaf. Era él quien, en tiempos de David, dirigía el canto y lo acompañaba con címbalos (1 Crónicas 16:5). El Salmo 73 nos cuenta su penosa experiencia. Al comparar su suerte con la de hombres impíos, Asaf se siente muy desalentado. Le parece que, bajo forma de disciplina, Dios reserva penas y tormentos a los que le temen, mientras los ahorra a los arrogantes y a los impíos cuyo odioso retrato nos presentan los versículos 3 y siguientes. El fiel se amarga y se atormenta (v. 21). No está lejos de acusar a Dios de injusticia e indiferencia. Si las cosas son así –piensa él– ¿de qué sirve limpiar mi corazón?

De un modo general, a cada uno de nosotros nos ha ocurrido envidiar a los que pueden gozar, sin contrariedad, de todo lo que ofrece la existencia, sin dejarse detener por el temor de Dios. Todos los jóvenes creyentes que estudian, conocen compañeros que tienen a la vez mucho dinero y principios relajados. Dios quiera que no olviden sus propias riquezas (las que no se miden con la escala de los valores humanos) y que recuerden que la esperanza que les pertenece hace de ellos, no los más miserables (1 Corintios 15:19) sino los más felices de todos los hombres.

Todo es claro en la luz divina

El salmista prosigue su penosa meditación (v. 16). Y de repente ¡se hace la luz! Introduciéndolo en el santuario de Su comunión, Dios le da a entender dónde termina el camino de los malos (comp. Salmo 37:38). La pendiente que siguen es resbaladiza y los conduce a una ruina certera; su paso por aquí abajo habrá sido un vano sueño (v. 18, 20). El pasaje de Proverbios (cap. 23:17-18), que también exhorta a no envidiar a los malos, nos enseña que, para aquel que teme a Jehová, “ciertamente hay fin”… pero, ¡cuán diferente! (Romanos 6:22).

¡Sí, efectivamente! ¿Cómo pudo haberlo olvidado el creyente? Se acusa de haber sido torpe y sin entendimiento. ¡Qué contraste entre el destino de aquellos impíos y lo que él posee, aunque pase por las pruebas! ¿No tiene el honor de la compañía del Señor?: “Yo siempre estuve contigo” (v. 23). Le conoce según las preciosas expresiones del versículo 26. Y su porción (Cristo mismo; v. 25) la tiene en el cielo. Se cita la siguiente reflexión hecha por gente del mundo a cristianos que se ocupaban de la política: «Ustedes tienen el cielo, déjennos la tierra». ¡Irónica llamada al orden, pero muy digna de ser tenida en cuenta!

Ojalá nuestra vida pueda resumirse con estas palabras que solo en Jesús tuvieron su valor:

Fuera de ti nada deseo en la tierra (v. 25).

Dios defenderá la causa de su pueblo

El por qué con que empieza este salmo se parece a la gran pregunta con la que se abre el Salmo 22. Pero el hecho de que Israel fuera rechazado –por un tiempo– tiene un motivo que este pueblo terminará por comprender: sus propios pecados (Zacarías 12:10); el desamparo de Cristo, en cambio, fue causado por nuestras transgresiones.

En este tercer Libro de los salmos no se trata solo del remanente de Judá sino también de los fieles de las doce tribus. También contra estos se encenderá su furor, el que, no obstante, no será “para siempre” (v. 1; Salmo 30:5). Estos afligidos creyentes consideran las ruinas del santuario, la cesación del culto público… y miden el poder de los adversarios. No reciben ninguna señal por parte de Dios para alentarlos; comprenden que, al contrario, él permitió semejante desolación. Sin embargo, confían en Él, quien es su “Dios… desde tiempos antiguos”, y recuerdan todo lo que Él hizo en otros tiempos para liberar a su pueblo. “Acuérdate…” repiten los versículos 2, 18 y 22. Saben que ellos son sus redimidos y, por consiguiente, el enemigo que atacó a Israel y a su culto en realidad afrentó e injurió a Dios mismo (v. 10, 18). Este asunto Le concierne y no dejará de defender Su propia causa (v. 22).