Salmos
Salmos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

Pedir en la tienda

Capítulo 89

Dios es fiel

Hallamos a Etán ezraíta, como a Hemán –autor del salmo precedente–, entre los sabios a quienes solo Salomón superaba (1 Reyes 4:31). Ambos pertenecían a la familia de Zara, hijo de Judá. Pero sus disposiciones de espíritu eran muy distintas. Mientras que Hemán solo hablaba de hoyos profundos y de lugares tenebrosos, de ira y de terrores, las palabras que se repiten sin cesar en el salmo de Etán son las de misericordia y fidelidad. Estos caracteres divinos son recordados y celebrados como para responder precisamente a la angustia que llenaba el salmo precedente. Es como si Etán hubiera escrito este “masquil” (o “instrucción”) a fin de reanimar la fe de su hermano. Así, dos amigos creyentes tienen el privilegio de alentarse uno a otro a tener confianza (Proverbios 27:17; 1 Samuel 23:16). Dios es bueno; Dios es fiel; así es cómo le conocemos y nuestra fe se apega a este Dios incluso cuando los acontecimientos parecen, a veces, contradecir esa bondad y esa fidelidad (leer 1 Corintios 1:9; 10:13). Si miramos a las circunstancias, a menudo tendremos miedo, pero si pensamos en el Señor y en su fiel amor, nunca nos desalentaremos.

Los versículos 3 y 4 aluden a las promesas aseguradas a David y a su descendencia, es decir, a Cristo (2 Samuel 7:16).

Pacto con David y su descendencia

Para confirmar las promesas que se hacen recíprocamente, los hombres intercambian firmas o prendas. Pero Dios, para garantizar el cumplimiento de las suyas, dio su propio Hijo.

Todas las promesas de Dios son en él Sí y en él Amén
(2 Corintios 1:20).

¿Quién podría dudar de los compromisos asegurados por semejante Persona? “He puesto el socorro sobre uno que es poderoso (v. 19). ¿Conocemos este socorro, queridos amigos? ¿Lo solicitamos a veces a ese Poderoso? Él está siempre preparado a desplegar su poder a favor de aquellos a quienes condesciende en llamar sus “hermanos”. Si se hizo hombre fue a fin de salvarlos, pero también para ser capaz de simpatizar con sus debilidades humanas (Hebreos 2:17; 4:15).

Todo el amor de Dios hacia el verdadero David se discierne en las expresiones que emplea para hablar del que es su escogido, su santo (v. 3, 19), el siervo a quien halló y ungió. Solo Cristo puede ser llamado “el más excelso de los reyes de la tierra” (v. 27). Los creyentes ya tienen el privilegio de conocerle y de esperar su venida con fervor (2 Timoteo 4:8).

"¿Hasta cuándo?"

La promesa hecha a David en 2 Samuel 7:13, y recordada en nuestros versículos 4 y 28, se complementaba con una condición: si sus descendientes cometieran iniquidades, Dios no dejaría de castigarlos (v. 30-32; 2 Samuel 7:14). ¡Ay!, conocemos la triste historia de esa realeza de Judá y nuestros versículos 38 y siguientes muestran que, en lo que concierne al castigo, Dios cumplió su palabra. Todas las pruebas de Israel, incluida la tribulación que le aguarda aún, son la consecuencia de esa infidelidad.

El peor de los padecimientos para los creyentes es la vergüenza y el oprobio que recae sobre su Dios (v. 41, 45, 50-51). “¿Hasta cuándo…?” (v. 46). ¿Cuántas veces hemos oído ya en los salmos esta angustiada pregunta? (por ejemplo: cap. 74:10; 79:5; 80:4 y sig.). El tiempo parece largo cuando se sufre (Job 7:3-4). En contestación a ese grito, Jehová acortará su juicio sobre la tierra (Romanos 9:28; Marcos 13:20). Porque su última palabra no es el castigo, al que el profeta Isaías llama “su extraña obra” y “su extraña operación” (cap. 28:21). Según su misma promesa, Dios hará que su pueblo goce para siempre de sus misericordias en Cristo, el Hijo de David (v. 49; 2 Samuel 7:15 y sig.).