Capítulo 71
La confianza en Dios no será decepcionada
Tú eres “seguridad mía desde mi juventud…” dice el salmista en el versículo 5, y en el 17 agrega todavía: “Oh Dios, me enseñaste desde mi juventud, y hasta ahora he manifestado tus maravillas”. Dichoso el creyente que entra muy joven en la escuela de Dios y aprende a confiar en Él. También dice el salmista: “En ti he sido sustentado” (v. 6). El Señor es su fuerte refugio (v. 7), su roca y su fortaleza (v. 3), expresiones que encontramos frecuentemente en los salmos (por ejemplo: Salmo 31:2, 3). En lo que nos concierne, en general no estamos expuestos a persecuciones en nuestros países. Mas nunca lo repetiremos demasiado: los enemigos que “acechan” nuestras almas no son menos temibles que los mencionados en los versículos 10 y 13. En el capítulo 2:11 de su primera epístola, el apóstol Pedro nos pone en guardia contra “los deseos carnales que batallan contra el alma”. Cuando surgen, apresurémonos a buscar nuestro refugio en Dios, con la seguridad de hallar en él una completa liberación.
Sin embargo, el Señor es aun más que “un refugio fuerte” para el redimido: “De ti será siempre mi alabanza… Sea llena mi boca de tu alabanza, de tu gloria todo el día” (v. 6, 8, 14, 22-23). Solo Jesús podía hablar así (comp. los v. 6, 11-12 respectivamente con los v. 9, 11 y 8 del Salmo 22). Pero, amigos creyentes, procuremos realizar esto en alguna medida.
La ayuda de Dios no cesará
Este salmo fue probablemente redactado por David cuando huía de su hijo Absalón. Ya anciano (v. 9, 18), el hombre de Dios atraviesa una vez más “muchas angustias y males” (v. 20). Se dirige a Jehová, diciéndole: “Aun en la vejez y las canas, oh Dios, no me desampares…”. El libro de Isaías da la respuesta divina a este ruego:
Hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os soportaré yo…
(Isaías 46:4).
No, Dios no abandonó a su siervo y no desamparará nunca a aquellos cuyas almas Él redimió (v. 23; leer Salmo 37:25), precisamente porque Él desamparó a su Hijo en la cruz para cumplir ese rescate. Si Él es el Dios de nuestra juventud –y deseamos que sea el caso de todos nuestros jóvenes lectores– Él será el Dios de toda nuestra vida.
Notemos cuántas veces el autor del salmo recuerda y celebra la justicia de Dios (v. 2, 15-16, 19, 24). Pese a habitar en un mundo en el que reina la injusticia (y que no ha cambiado desde entonces), él valora todo el precio de esa divina justicia. Esta triunfará en la tierra cuando sea dada al glorioso Rey del que nos hablará el Salmo 72.
