Capítulo 31
La Roca
“En ti, oh Jehová, he confiado”, tal es la firme declaración del creyente (v. 1). Luego la hallamos en el versículo 6:
Mas yo en Jehová he esperado.
y aun al final de nuestra lectura: “Mas yo en ti confío”. En medio de la tempestad desencadenada por los hombres, él se aferra a esa certeza. Encuentra su refugio, no en su propio monte (véase Salmo 30:7) sino en Jehová, su inamovible Roca (v. 3). En el segundo versículo pide: “Sé tú mi roca”, pero en el tercero afirma: “Tú eres mi roca”. Nada podrá derrumbar jamás lo que se ha establecido sobre semejante fundamento (Mateo 7:24-25). Querido amigo ¿ha edificado su vida sobre esa roca?
Hay un momento de la existencia en que esta confianza es más necesaria que en cualquier otro. Es el último, en el que se debe dejar todo para pasar por la muerte. En ese oscuro pasaje no existe ningún apoyo para el alma sino el Dios en quien, ahora y para siempre, hayamos puesto nuestra fe (Proverbios 14:32). Consideremos a nuestro incomparable Modelo: en el momento de su muerte, Cristo expresa esa maravillosa confianza por medio de sus últimas palabras en la cruz, las que reconocemos en el versículo 5: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46; véase también v. 15).
La bondad de Dios
“Todo tiene su tiempo… tiempo de nacer y tiempo de morir… tiempo de llorar, tiempo de reír…” (Eclesiastés 3:1-8). Pero todos nuestros tiempos están en las manos de nuestro Dios. Con anticipación, él determinó su sucesión y particularmente lo que concierne al tiempo de la prueba. Y no olvidemos, cada vez que hagamos proyectos, ese versículo 15.
Además de la protección y la liberación, el alma halla cerca de Dios algo más precioso aun: una bondad grande (v. 19), maravillosa (v. 21), una bondad que Dios “ha guardado” para los que le temen y confían en él (Salmo 34:9). No temamos agotar la divina reserva. Pero también ¿cómo responder a semejante bondad? El versículo 23 nos lo enseña: “Amad a Jehová, todos vosotros sus santos”. Este es “el primero y grande mandamiento de la ley” (Mateo 22:37-38). Pero no es gravoso (1 Juan 5:2-3). Porque comprender la bondad del Señor ¡ya es amarle! Sí, para que el amor hacia él sea producido y mantenido en nuestro corazón, ocupémonos mucho en Su amor para con nosotros.
Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero
(1 Juan 4:19).
