Salmos
Salmos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 18

De su muerte a la realeza

Este salmo constituye una gran profecía que abarca la muerte, la resurrección, la exaltación, la victoria final y la realeza del Mesías. Los tres primeros versículos proporcionan el tema que a continuación será desarrollado largamente, a saber, cómo ha sido liberado “el siervo de Jehová”. El Señor Jesús nos enseña, por su propia experiencia, lo que es Dios para aquel que confía en Él. “La supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos” ha sido demostrada en la resurrección de Cristo, su ascensión, el lugar que le es dado por encima de todos sus enemigos (leer Efesios 1:19-21).

Lo que Dios ha sido para Jesús en la hora de su desamparo (v. 6), de su calamidad (v. 18), lo es también para nosotros; y las pruebas que atravesamos son otras tantas ocasiones de conocerlo de una nueva manera. ¿Estoy cansado, languideciente? Él es mi fuerza. ¿Mi fe está vacilante? Él es mi roca. ¿Aparece un peligro? Él es mi fortaleza, el alto refugio donde encuentro segura protección (Salmo 9:9). ¿Estoy combatiendo contra el enemigo? Él es el escudo que me protege de los golpes de este último. Para Jesús, esta liberación era la consecuencia de su justicia (v. 19, 24), mientras que para nosotros ella nos está asegurada a causa de nuestra relación con Él.

Un punto culminante

El Señor Jesús se complace en hacernos conocer a su Dios, cuyo camino es perfecto y cuya palabra es acrisolada (v. 30; Proverbios 30:5). En la primera parte del Salmo nos enseña a invocarle en nuestras aflicciones. Aquí nos enseña a apoyarnos en Él para andar (v. 33, 36) y para combatir (v. 34-35, 39).

¿Sabemos por experiencia lo que es “estar firmes sobre nuestras alturas”? (Habacuc 3:19). Desde un punto dominante se goza de un panorama vasto y lejano (véase Isaías 33:17). Consideremos el que se nos ofrece al terminar este salmo. Las miradas se dirigen hacia el porvenir, hacia el momento en que Dios destruirá a todos los enemigos de su Hijo. En el horizonte vemos despuntar la aurora de su reinado. Será establecido no solo como Rey sobre su pueblo Israel sino también como jefe de las naciones. Con los ojos de nuestra alma contemplamos a ese gran Rey de reyes reinando con poder sobre todo el universo y quebrando con su sola presencia todas las cadenas. Era necesario para la gloria de Dios que las naciones lo alabasen, y todas lo harán durante el reinado. En verdad, desde ahora podemos cantar himnos a la gloria de su nombre (v. 49, citado en Romanos 15:9). ¡No lo frustremos!