Romanos

Comentario bíblico de la epístola a los

Capítulo 2 - Las pretensiones del hombre perdido

La situación de los paganos moralistas (cap. 2:1-16)

Todos los paganos sin excepción ¿habían caído tan abajo como lo indica el final del primer capítulo? No; había entre ellos quienes se apartaban con indignación de las infamias que se practicaban y eran aprobadas por la generalidad. Había filósofos, apóstoles de la moral, etc., que condenaban la triste senda de sus conciudadanos, apiadándose de ellos o despreciándoles. Eran como los doctores de la ley o los fariseos del tiempo de Jesús. Estos se consideraban mucho más justos que la multitud ignorante a la que menospreciaban (Juan 7:48-49). Ataban sobre los hombros de las gentes cargas pesadas y difíciles de llevar, pero ellos ni con un dedo querían moverlas (Mateo 23:4). Tenían la pretensión de ver, cuando en realidad eran ciegos. Eran doblemente culpables. Su pecado permanecía (Juan 9:40-41).

Lo mismo ocurría con los hombres mencionados aquí: juzgaban a los demás a causa de sus actos y en privado cometían los mismos hechos, aumentando así su responsabilidad.

Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo (v. 1).

Se puede obtener cierta consideración de parte de los hombres en esa posición, pero Dios nunca se dejará engañar por una apariencia de piedad y no reconocerá ninguna justicia humana. “Sabemos que el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según verdad” (v. 2). Dios sondea el corazón y la mente; la falta de sinceridad y la hipocresía le son abominaciones. ¡Qué insensato es el hombre que piensa poder escapar del juicio de Dios juzgando a los que cometen tales cosas y practicándolas él mismo! Al demostrar por su juicio que él conoce y acepta el juicio de Dios sobre el mal y, no obstante, cometiéndolo él mismo, se hace doblemente culpable.

El apóstol aprovecha esta ocasión para resaltar un importante principio divino: Dios, después de haberse revelado al hombre de diversas maneras, juzga ahora a todo hombre y obra a su respecto según sea la conducta que él observa acerca de esas revelaciones. Por eso el apóstol no habla ya exclusivamente de los paganos sino de los hombres en general. “Judíos” o “griegos” (v. 9-10), o cristianos profesantes podemos agregar. “Eres inexcusable, oh hombre”, dice, “quienquiera que seas tú que juzgas”, y después: “¿Y piensas esto, oh hombre, etc.?”. Y para este hombre viene “el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios” (v. 5), el cual pagará a cada uno conforme a sus obras,

Porque no hay acepción de personas para con Dios (v. 11).

Es cierto que, al cumplir sus designios particulares, Dios eligió para sí, de entre los habitantes de la tierra, un pueblo al que le dio su ley y sus mandamientos, pero, en realidad, no hay diferencia entre los hombres. Todos tienen la misma naturaleza, todos son pecadores impuros y culpables ante Dios y todos tienen necesidad de arrepentimiento. Es verdad que tienen luces y conocimientos diferentes, y Dios, en su justicia, considera esas circunstancias, pero todos serán manifestados ante él para recibir según sus obras (v. 6).

El arrepentimiento

No obstante, hoy es aún el tiempo de la gracia, y Dios, en su bondad, impulsa a los hombres al arrepentimiento (v. 4). ¿Al arrepentimiento? ¿Qué es el arrepentimiento? No solo es, como se piensa generalmente, el juicio de los frutos de la mala naturaleza, por más que ello esté naturalmente comprendido en él, sino que es el completo cambio de la disposición de un hombre, el juicio sin contemplaciones del yo, visto a la luz de Dios. El arrepentimiento es, pues, una obra progresiva del Espíritu de Dios en el interior del alma, obra que conduce a un hombre, cuya conciencia es despertada, a sondearse y juzgarse a sí mismo y a juzgar su comportamiento en la santa presencia de Dios cada vez más seria y profundamente. El verdadero arrepentimiento lleva al alma a estar de acuerdo con Dios. Sin el arrepentimiento no existe verdadera fe. Merced al arrepentimiento y la fe el hombre es

Renovado en el espíritu de su mente y vestido del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad
(Efesios 4:23-24).

Dios, en su bondad, paciencia y longanimidad, aún se esfuerza hoy en día para impulsar al hombre al arrepentimiento. Por eso, desdichado no solo de aquel que menosprecia esta bondad de Dios sino también de quien cuenta demasiado con esta bondad (agrada tanto hablar del «buen Dios»), procurando así olvidar el juicio cierto. Lamentablemente, ¡cuántos millones de almas obran así! Como no quieren saber nada del juicio venidero, desdeñan el día de la gracia y la gran salvación que se les ofrece, e incluso, según su dureza y su corazón no arrepentido, atesoran para sí mismos ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios (v. 5). Si aquel que rechaza la ley de Moisés muere sin misericordia por el testimonio de dos o tres testigos, ¿de cuánto mayor castigo será juzgado merecedor aquel que pisoteare al Hijo de Dios e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? (véase Hebreos 10:28-29).

Si hemos captado el pensamiento del apóstol, quien en este pasaje no habla, como en el primer capítulo, del Evangelio de Dios concerniente a su Hijo, sino que nos presenta los invariables y justos principios y los designios de Dios en cuanto al hombre, no nos será difícil comprender lo que sigue.

El Dios justo, para el cual no hay acepción de personas, “pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan honra y gloria e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia; tribulación y angustia sobre todo ser humano que hace lo malo, el judío primeramente y también el griego, pero gloria y honra y paz a todo el que hace lo bueno, al judío primeramente y también al griego” (v. 6-10).

El apóstol anunció en el primer capítulo el mensaje glorioso: el Evangelio es “poder de Dios para salvación a todo aquel que cree, al judío primeramente, y también al griego” (v. 16). Aquí, por el contrario, donde se trata del gobierno de Dios, el apóstol pone a todo hombre, al judío y al griego, ante una solemne alternativa. Cada uno será manifestado ante Dios según lo que haya hecho aquí abajo en su andar y en su estado interior: aquel que, perseverando en buenas obras, haya buscado la gloria, la honra y la inmortalidad, recibirá la vida eterna; pero aquel que haya desobedecido a la verdad y obedecido a la injusticia, será objeto de la ira y el enojo. Un hombre solo puede hacer y buscar lo primero si está sometido a la acción del Espíritu Santo. Es necesario que conozca las verdades del cristianismo, pero ello no es considerado en estos pasajes; aquí solo se trata de la presentación de los justos designios de Dios para con el hombre, cuando Dios considera, en su santidad, el estado moral y los pensamientos de aquel. Es lo mismo en Juan 5:29, donde el Señor dice que los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida, mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.

Destaquemos también cómo el apóstol habla aquí de la “vida eterna”. Aquellos que, perseverando en las buenas obras, buscan la gloria, etc., reciben al final de su carrera la vida eterna, es decir, entran en esta vida. La vida eterna, pues, no es considerada aquí como algo actual que el creyente posea, sino como la meta o final de una carrera de fiel devoción al Señor. Es el mismo sentido que se encuentra en otros pasajes, tales como el de Mateo 25:46, en el cual los justos entran en la vida eterna. Timoteo (1 Timoteo 6:12) es exhortado a echar mano de la vida eterna, y en Tito se habla de la esperanza de la vida eterna (Tito 1:2; 3:7). Por el contrario, el apóstol Juan, en su evangelio, habla de la vida eterna casi exclusivamente en el primer sentido1 . En la epístola que consideramos hay un interesante pasaje en el cual la vida eterna es mencionada en los dos sentidos: en el capítulo 6:22-23, el apóstol dice, en efecto, que, habiendo sido libertados del pecado, tenemos por fruto la santificación y, como fin, la vida eterna; luego agrega que la

Paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.

Poseemos desde ahora, en Cristo, la vida eterna como un don de Dios, y al final de nuestra carrera entraremos en el pleno goce de esta vida en la gloria. ¡Qué gracia!

  • 1 N. del T.: O sea: como una posesión presente.

El juicio de Dios será justo en cada caso

El apóstol habla seguidamente de las diferentes responsabilidades de los hombres. Todos ellos son responsables, pero el juicio de Dios será justo en cada caso, determinando la medida de la culpabilidad de cada uno según la magnitud de su responsabilidad. Había hombres sin ley (los paganos) y otros bajo la ley (los judíos). El apóstol señaló claramente en la segunda mitad del capítulo 1 la culpabilidad de los primeros; por eso “sin ley también perecerán” (v. 12); no pueden evitarlo. Por otra parte, los judíos que están bajo la ley conocen la voluntad de Dios y a sabiendas han transgredido sus mandamientos, de modo que son culpables en mayor medida que los paganos, por lo cual serán juzgados por la ley (v. 12). Precisamente su posición privilegiada para dar testimonio acerca de Dios entre los pueblos de la tierra era la que hacía mayor su responsabilidad. El nombre de Dios ¿no había sido blasfemado entre los gentiles por causa de los judíos? (v. 24). ¿Cerrará Dios sus ojos ante la maldad que estos habían cometido? No, precisamente la ley, ⁠de la cual ellos se gloriaban, será la que les juzgará.

En el día del juicio cada uno será juzgado según su posición personal y sus privilegios: el pagano sin ley, el judío por la ley, el cristiano profesante según sus privilegios cristianos. En verdad el Juez de toda la tierra obrará justamente; toda boca será cerrada sin justificación posible. Como queda dicho, Dios no mira la apariencia, sino el corazón; le complace la verdad en el hombre interior, por lo cual

No son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados (v. 13).

Dios siente horror por todo lo que es solo apariencia exterior. Él se complace en la sinceridad. De manera que los paganos que no tenían ley y hacían por naturaleza lo que es de la ley, eran más agradables a Dios que los judíos, quienes se gloriaban de ella y no la observaban. Esos paganos eran, como lo dice el apóstol, “ley para sí mismos” al corresponder a las advertencias de sus conciencias. Mostraban la obra de la ley escrita en sus corazones según sus conciencias y sus pensamientos les acusaran o les excusaran (v. 14-15). Dios les reconocía como hacedores de la ley sin que nunca hubieran oído hablar de ella.

Destaquemos que el apóstol no dice que tales paganos hayan recibido la señal del nuevo pacto, mencionada en Hebreos 10:15-16, pacto que el Señor establecerá en los últimos tiempos con su pueblo terrenal: “Pondré mis leyes en sus corazones, y en sus mentes las escribiré” y “nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones”. Un pagano que se hubiera sometido a la obligación de honrar a sus padres o de amar a su prójimo, al hacerlo habría cumplido, sin darse cuenta, los mandamientos de Dios y habría sido para Él, pese a la ignorancia y ceguera de aquel, mucho más agradable que un judío infiel, con todos sus pretendidos conocimientos y sus privilegios religiosos. Sin embargo, eso no cambia en absoluto el solemne principio establecido en el versículo 12, según el cual todos los que pecaron sin ley perecerán también sin ley y los que pecaron bajo la ley serán juzgados por la ley.

La severidad del juicio corresponderá a la conducta personal y a la medida de la responsabilidad de cada hombre, sea pagano, judío o cristiano profesante, es decir, sin vida. Este pensamiento es, por cierto, verdaderamente pavoroso para todo hombre que, pese a conocer la voluntad de Dios, siga las concupiscencias de su naturaleza o los pensamientos de su corazón obstinado e incrédulo. El juicio se ejercerá

El día en que Dios juzgará por Jesucristo los secretos de los hombres (v. 16).

Dios ejerce ya sobre los individuos y los pueblos un juicio gubernamental según los designios de Su providencia, pero un día “traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala” (Eclesiastés 12:14). En ese día, el Señor “aclarará lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones” (1 Corintios 4:5).

A ese día se refiere aquí el apóstol, y al hablar del juicio de Dios sobre el hombre, agrega: “conforme a mi evangelio”. Pablo anunciaba el Evangelio de Cristo, el Hombre crucificado, resucitado y glorificado a la diestra de Dios, quien ha venido a ser para todos los creyentes justificación, santificación y redención (1 Corintios 1:30). En atención a la gracia maravillosa que se manifestó en Jesús para ofrecer a todos sin distinción la salvación y la vida, la santa ira de Dios, que hoy ya se revela desde el cielo (cap. 1:18), se derramará sobre todos aquellos que hayan pecado y menospreciado la gran liberación que les fue ofrecida. El mismo Jesús, quien ahora como Salvador llama al pecador al arrepentimiento, sacará a la luz, como “juez de vivos y de muertos”, todos los designios y los hechos secretos de los hombres, y “cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Corintios 5:10). Todo esto se hará de acuerdo con el Evangelio confiado a Pablo; por eso él dice: “conforme a mi evangelio”. ¡Qué respuesta aplastante para aquellos que, apoyándose en la verdad que asegura que Dios es amor, en su locura niegan el juicio eterno y predican la salvación final de todos los hombres!

El estado de los judíos (cap. 2:17-29)

El apóstol, después de describir en el primer capítulo el estado de culpabilidad de los paganos y referirse en los primeros dieciséis versículos del segundo capítulo a la responsabilidad del hombre en general (judío o pagano) frente a Dios, se dirige seguidamente a los judíos en particular.

He aquí, tú tienes el sobrenombre de judío, y te apoyas en la ley, y te glorías en Dios (v. 17).

Israel gozaba de una posición privilegiada entre todos los pueblos de la tierra. Dios se le había revelado como el único Dios verdadero y le había dado sus santos mandamientos. El judío era instruido en los pensamientos de Dios y sabía discernir las cosas excelentes, motivos por los cuales se creía ser guía de ciegos y luz para aquellos que estaban en las tinieblas, a quienes consideraba con compasión o incluso con desprecio desde lo alto de su posición. Pero ¿qué pasaba con él en realidad? ¿Acaso sus privilegios le habían llevado a andar en los caminos de Dios? ¿Tal vez la luz que poseía le había apartado de las abominaciones paganas? Lamentablemente solo poseía una forma de conocimiento y de verdad por medio de la ley, y se creía “instructor de los indoctos, maestro de niños” (v. 20) aunque hacía exactamente lo mismo que el pagano. De manera que se hacía doblemente culpable. “Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio? Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios?” (v. 21-23). ¡Qué palabras abrumadoras! Todos los vanidosos discursos del judío no hacían más que mostrar con mayor claridad su vergonzosa situación. Si su conciencia hubiese sido un poco sensible, no habría podido hacer más que encorvarse bajo el severo juicio del apóstol y reconocer su pecado y su locura.

Por cierto que los judíos no solo habían cometido un pecado tras otro y usado en beneficio propio los sacrificios que debían ofrecerle a su Dios, sino que su maldad había llegado a un punto tal que el nombre de Dios era blasfemado entre las naciones por causa de ellos (v. 24). Doquier habían ido, habían profanado ese santo nombre (ver Isaías 52:5; Ezequiel 36:20-23).

Dios, quien no da su gloria a otro y quien juzga sin hacer acepción de personas, según la obra de cada uno, ¿podía aprobar tal conducta? Como lo hemos visto, él mira el corazón, ya que las formas exteriores carentes de poder no pueden bastarle. Y continúa diciendo el apóstol: “Pues en verdad la circuncisión aprovecha, si guardas la ley; pero si eres transgresor de la ley, tu circuncisión viene a ser incircuncisión” (es decir, no te distingues en nada de un pagano). Y recíprocamente: “Si, pues, el incircunciso guardase las ordenanzas de la ley, ¿no será tenida su incircuncisión como circuncisión?”. En otras palabras: si un pagano guarda las exigencias de la ley, es aceptable ante Dios, e incluso, sin poseer los privilegios exteriores del judío y solo por cumplir la ley, juzga a este último, quien “con la letra de la ley y con la circuncisión” es un transgresor de la ley (v. 25-27). Destaquemos que aquí, como en los versículos 1 a 16, el apóstol no desarrolla las verdades del Evangelio, sino que habla de los justos designios de Dios acerca del hombre.

Solo para mayor abundamiento agregamos que esos designios por sí solos se hacen válidos para toda conciencia sincera y que de ninguna manera contradicen las revelaciones de la gracia de Dios en su Hijo amado. La conclusión del apóstol es clara y sencilla: “No es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios” (v. 28-29). Una vez más encontramos el mismo principio: Dios se complace en la sinceridad; él rechaza toda forma exterior. ¿De qué sirven una religión exterior y la más exacta observancia de estatutos si el corazón y la conciencia no son puestos a la luz de Dios? Para ser un verdadero judío1  es necesario tener la circuncisión de dentro, en espíritu, “la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios”.

  • 1 N. del T.: O sea: un verdadero hijo de Dios.