Josué

Estudio sobre el libro de

Capítulo 14

La perseverancia de Caleb

Después de haber considerado la porción particular correspondiente a los levitas, deseamos detenernos un momento más en este capítulo, a causa de su importancia espiritual práctica; desde el versículo 6 hasta el 15, y el capítulo 15:13-19, se presenta a Caleb, quien encarna la perseverancia de la fe. Números 13:6 menciona este nombre por primera vez, cuando Moisés envió desde el desierto de Parán un hombre de cada tribu para reconocer el país de Canaán. Entre estos doce espías se hallaba Caleb, hijo de Jefone, de la tribu de Judá, y Oseas hijo de Nun, de la tribu de Efraín, a quien Moisés llamó Josué. Desde este momento el nombre de Caleb está tan íntimamente unido al de Josué que no se les puede separar. Tienen un mismo punto de partida y de llegada. Reconocieron juntos el país de Canaán, marcharon juntos a través de las largas y penosas jornadas del desierto, entraron juntos en Canaán. Así fue para once hombres que tuvieron como punto de partida las orillas del lago de Genesaret junto con Aquel que los llamó, hasta llegar en torno al trono celestial. Sin duda, estaban unidos por su carácter personal y particular de hombres de fe, pero también se halla otra razón bendita a esta asociación que la Palabra de Dios señala. Josué es un tipo de Cristo, de Jesús el Salvador, quien hace heredar a su pueblo el glorioso país de la promesa, y Caleb, figura del creyente que sigue a Cristo y marcha siempre a su lado.

Estos dos hombres tenían todo en común: pensamientos, fe, confianza, valor; tuvieron un mismo punto de partida, una misma marcha hacia adelante, un mismo objetivo. ¿Sucede lo mismo con nosotros, amado lector? ¿Estamos asociados a Cristo de tal manera que no se pueda pronunciar nuestro nombre sin el suyo? ¿Nuestra existencia saca todo su valor del hecho de haber llegado a ser, por gracia, compañeros de Jesucristo? ¿Nuestro nombre abriga el gran nombre de Cristo, guardando, sin embargo, el primero su preeminencia? “Has amado la justicia y aborrecido la maldad; por tanto, te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros” (Salmo 45:6-7; Hebreos 1:9).

Después de haber sido enviados por Moisés, Josué y Caleb con sus compañeros llegaron a Hebrón, luego pasaron el arroyo de Escol, de donde llevaron muestras de los magníficos frutos de tan exuberante tierra. Pero, aunque Escol representa el bien celestial que gozamos cual arras de nuestra herencia, no fue este lugar el que cautivó los ojos y el corazón de Caleb, como lo hubiéramos podido suponer. Su fe le hizo hallar algo mejor todavía: Hebrón, el sitio de su elección. Y este lugar donde puso el pie una vez, le fue dado por heredad perpetua como premio a su fidelidad (v. 9). Desde entonces, durante cuarenta y cinco años, Caleb llevó el nombre de Hebrón grabado en su corazón, y llegó el día en que se presentó delante de Josué y le pidió ese monte del cual Dios había hablado.

Hebrón no dejaba de tener una gran celebridad. Para los ojos de la carne, a la verdad no podía inspirar más que temor: allí moraban los formidables anaceos, cuyo nombre había hecho desmayar el corazón del pueblo (Números 13:27-28). Pero ¡qué poderoso recuerdo ofrecía al alma de Caleb este lugar de la sepultura de sus padres! Allí estaba la cueva de Macpela, tumba de Abraham, Isaac, Jacob, Sara, Lea. Sin embargo, ¿qué había allí que pudiera atraer el corazón? Nada para el hombre natural, al contrario, los gigantes anaceos, y peor aún: la muerte, “el rey de los espantos”. Mas representaba todo para la fe. Y Caleb, este hombre de Dios que encarna la perseverancia de la fe, tenía su corazón puesto en ese lugar. Abraham, el padre del linaje de la fe, lo había elegido para su residencia (Génesis 13:18), mientras Lot había preferido las llanuras de Sodoma (Génesis 13:11-12). Allí el poseedor del pacto y de las promesas de Dios había construido un altar al Señor y levantado su tienda (Génesis 18:1), testificando a la vez su carácter de adorador, heredero y peregrino.

Macpela y su cueva fue el primer y único pedazo de tierra que Abraham poseyó: un lugar de sepultura; previendo ya lo que Pablo escribiera mucho más tarde: “Sea la vida, sea la muerte… todo es vuestro” (1 Corintios 3:22). Pero la muerte poseída por el poder de la fe en su Vencedor. En efecto, allí murió primero Sara, luego Abraham e Isaac (Génesis 23:2; 25:10; 35:27-29), igualmente Lea, Jacob y los patriarcas.

Conforme a la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo
(Hebreos 11:13).

Allí Jacob había hecho su residencia. Desde este lugar envió a José, su amado hijo, en busca de sus hermanos que apacentaban las ovejas en Siquem (Génesis 37:14), como lo hiciera Dios enviando a su Hijo en busca de los suyos. Sí, Hebrón es claramente el sitio del sepulcro, el lugar de la muerte, el fin del hombre; y si nada puede atraer allí al hombre natural, para el hombre de fe, este es su sitio preferido. Hebrón es un sitio especial donde el creyente halla el fin de sí mismo, es la cruz de Cristo.

Hebrón llegó a ser una ciudad de refugio donde el culpable de una muerte podía huir y, según el caso, hallar la salvación. También fue elegida como ciudad sacerdotal, dada a los levitas (Josué 21:11, 13)). Allí David empezó su reinado (2 Samuel 2:1-4), como también fue en virtud de su muerte que Jesús resucitó y fue coronado rey de gloria, y que la diadema de su reinado estará sobre su cabeza. Por último, también fue a Hebrón que todas las tribus de Israel acudieron para rendir sumisión al rey según el corazón de Dios (2 Samuel 5:1; 1 Crónicas 11:1-3).

¿No es un maravilloso lugar? ¡Cuántos recuerdos y bendiciones encierra! Recapitulémoslo: Hebrón, sitio de la muerte vencida, lugar de refugio, ciudad sacerdotal y real, punto de partida de las bendiciones, promesas, reinado y gloria para Israel, centro de reunión cuando la gloria llegó. Además, objeto permanente del corazón y de los afectos de un pobre peregrino que halló allí su punto de partida para una carrera de cuarenta y cinco años, prosiguiéndola valerosamente hasta llegar a este mismo sitio como punto de llegada, el de su reposo eterno. Pero Caleb ignoraba la mayor parte de lo que significa Hebrón; de haberlo sabido no habría andado por fe. Nosotros, mucho más aventajados que Caleb, nos hemos puesto en camino para alcanzar en Jesús lo que la fe nos hace ya tocar: la victoria sobre la muerte, el refugio para el alma, un altar para adorar, la gloria como herencia, y más tarde el reino milenario de Cristo.

Acabamos de considerar dos puntos en relación con Caleb. Primero, su nombre es inseparable al de Josué; segundo, su corazón se apoderó de un objeto cuyo recuerdo permaneció durante todo el peregrinaje por el desierto. Querido lector, permítanos hacerle notar que nuestros afectos siempre están en juego cuando tienen por objeto a un Salvador muriendo en la cruz, un Cristo que se dio a sí mismo por nosotros; mientras que contemplado a un Cristo glorioso en el cielo, hallamos la energía necesaria para esperarlo. Hay un tercer punto que caracteriza a este hombre de fe: Caleb realizó su esperanza. Primero entró en el país de Canaán como espía, pero fue allí, y no en el desierto, donde comenzó su carrera. Cuando volvió al pueblo para dar el informe, sus ojos ya estaban llenos de la realidad y belleza de las cosas que había visto en la tierra prometida, y que se convirtieron, durante el tiempo de su peregrinación, en el objeto de su esperanza. ¡Con qué energía pudo describir el país que había visto! (Números 14:6-9) ¿Tienen ese mismo fervor las palabras de nuestras predicaciones en la asamblea? Pudo adelantar las palabras del salmista:

Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas, para ver tu poder y tu gloria, así como te he mirado en el santuario
(Salmo 63:1-2).

Este hombre marchaba en las pisadas de Caleb, había contemplado a Dios en el santuario; de allí tomó su punto de partida para la carrera, de allí descendió a la tierra, lleno de la realidad gloriosa de las cosas divinas que iban a sostener su corazón a lo largo del desierto por el cual quería alcanzarlas. Pedro, Juan y Jacobo tuvieron su “Escol” en el monte de la transfiguración (Mateo 17:1-9). Pablo, a su vez, arrebatado hasta el tercer cielo, conservó el recuerdo de lo que oyó sin que le fuera permitido expresarlo (2 Corintios 12:2-4).

Un cuarto punto se une a este último. Para Caleb, el desierto no tenía atracción. Lo veía en toda la realidad de su sequedad y horror. Cuando el alma está alimentada de la grosura del santuario, entonces para ella el cielo se torna en el ambiente en que debe andar aquí en la tierra: el ministerio de la Palabra por el Espíritu es cual racimo de Escol, cuyo frescor nos vivifica y alienta en la aridez del desierto. El aparente valor de las cosas visibles desaparece enteramente para dar lugar a los anticipos del cielo. Después de haber sido salvo de Egipto, Caleb, como lo vimos, tuvo el privilegio de ser enviado a reconocer el país de la promesa; quizás, al contemplar la belleza del lugar, lo hubiéramos oído expresarse como Pedro: “Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí” (Mateo 17:4). Pero no, el momento no había llegado para ello, debía volver al pueblo que esperaba el informe… y luego seguir el camino junto con los rezagados. Pero era a Canaán, y no a Egipto, que el corazón de este hombre de fe estaba vinculado. Notemos que los recuerdos y la comida de Egipto arrastraron a Israel hacia la tierra que habían dejado; mas para Caleb, por el contrario, fueron los frutos y el recuerdo de Canaán los que lo llevaron hacia adelante. ¡Cuán opuestos son los dos imanes!

Volvamos ahora, estimado lector, a la perseverancia que formaba el carácter dominante de Caleb; ella no podía existir sin los cuatro puntos anteriormente mencionados. El apego a Cristo, el conocimiento del valor infinito de su obra, una esperanza hecha realidad y el desprendimiento total de las cosas de este mundo nos permiten perseverar hasta el final en el camino de la fe. Además, la perseverancia de este hombre de fe se ve vinculada a tres posiciones distintas, inseparables la una de la otra: la primera es la que ocupa como espía, la segunda como peregrino en el desierto, y la tercera como luchador en Canaán. Cuando se trató de informarse acerca del buen país que Dios quería dar a su pueblo, dice: “Mi siervo Caleb… decidió ir en pos de mí” (Números 14:24; Deuteronomio 1:36; Josué 14:8-9), testimonio de Dios tres veces repetido a favor de su siervo. Luego, la perseverancia de Caleb se manifestó a lo largo de esos cuarenta años de fatiga en el desierto; el sol, la arena, la sed y las murmuraciones de sus incrédulos compañeros no lo hicieron desanimar. Nunca buscó recursos a su alrededor; todo lo soportó valerosamente porque guardaba en su corazón el recuerdo de los tesoros y riquezas de Canaán. Su perseverancia estaba alimentada por su esperanza.

Y la esperanza no avergüenza, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones
(Romanos 5:5).

La esperanza del creyente no es solamente Canaán de una manera general, es decir, el cielo, sino Cristo.

Hubo un hombre muy renombrado del cual Dios, sin embargo, no pudo dar el testimonio que dio de Caleb: Salomón. Este hombre falló donde Caleb había perseverado. Para él, el desierto tuvo atractivos que no tardaron en invadir su corazón, y terminó dando la espalda a Dios. “No siguió cumplidamente a Jehová”, dice el testimonio divino (1 Reyes 11:6).

Después de haber perseverado en la primera y segunda posición, Caleb perseveró en la tercera, tomando posesión de su herencia en Canaán. Pasó cinco nuevos años combatiendo a favor del pueblo de Dios, luego utilizó sus armas para tomar posesión de su porción especial. Pese al formidable poder de los hijos de Anac, Caleb se apoderó del monte del cual el Señor le había hablado, desalojó al adversario y aprovechó todo el alcance de la victoria para tomar plena posesión de lo que Dios diera a su pueblo. ¡Qué lección para nosotros! Acordémonos que la toma de posesión del país por Caleb es para nosotros un hecho actual y no solamente un gozo futuro. ¿Hemos perseverado en el combate para gozar ahora de nuestros privilegios? Que Dios nos conceda perseverar como Caleb en estas tres cosas: la esperanza, la marcha y el combate. El ejemplo que nos da la Palabra a través de Caleb nos sirve tanto para la lucha como para atravesar el desierto y ser fieles en el informe que debemos dar sobre el país contemplado; necesitamos los recursos de la Palabra de Dios, la intercesión de nuestro Abogado, el oportuno socorro del trono de la gracia, el ministerio del Espíritu Santo y, en fin, el sentimiento de nuestra responsabilidad para que retengamos firme la esperanza de nuestra vocación. Esto nos lleva a considerar dos caracteres que acompañan siempre la esperanza.

En los últimos textos de nuestro capítulo oímos hablar a Caleb: “Todavía estoy tan fuerte como el día que Moisés me envió; cual era mi fuerza entonces, tal es ahora mi fuerza para la guerra, y para salir y para entrar” (v. 11). A pesar de sus ochenta y cinco años, las fatigas del desierto y cinco años de lucha a favor de su pueblo, Caleb no había perdido ni lo más mínimo de su fuerza. ¿Cómo pudo suceder esto? He aquí el secreto: “Enviaste tu buen Espíritu para enseñarles, y no retiraste tu maná de su boca, y agua les diste para su sed… de ninguna cosa tuvieron necesidad; sus vestidos no se envejecieron, ni se hincharon sus pies” (Nehemías 9:20-21). El alimento del cielo como la esperanza de la meta sostuvo al peregrino, proveyendo a su desgaste. Otro punto más: Caleb no mostró ninguna confianza en sí mismo. La lección de Hebrón había quedado bien grabada en su corazón. “Dame, pues, ahora este monte” (todo lo recibe como don), “porque tú oíste en aquel día que los anaceos están allí, y que hay ciudades grandes y fortificadas. Quizá Jehová estará conmigo, y los echaré, como Jehová ha dicho”. Tal vez alguien pregunte: ¿Desconfiaba de Dios? No, Caleb desconfiaba de sí mismo. Sabía que si había algún obstáculo para que el Señor fuera con él, la causa provenía de él mismo. ¿Dónde había aprendido esta lección? En los años transcurridos en el desierto como en las luchas de Canaán.

He aquí, pues, una regla inmutable: las fuerzas de un creyente están en proporción con la desconfianza que él tiene de sí mismo. Así lo aprendió el apóstol Pablo:

Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte
(2 Corintios 12:10).

“Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen”, aquí concluye lo mejor de la fuerza humana. Pero, “el Dios eterno… no desfallece, ni se fatiga con cansancio… Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas”. Además comunica su fortaleza a los débiles; los que esperan en él “tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán” (Isaías 40:28-31). Tal fue el caso de Caleb. Caminaba con la conciencia de que su fuerza estaba en Dios, y que ella estaba con él. Quiera Dios y así sea también para nosotros, queridos lectores.

Existe todavía un rasgo complementario a la perseverancia de Caleb. Esta perseverancia se reproducía en los demás; a través de ella Caleb fue particularmente bendecido en el círculo de su familia, la cual se comprometió en el mismo camino de fe: “Y dijo Caleb: Al que atacare a Quiriat-sefer, y la tomare, yo le daré mi hija Acsa por mujer. Y la tomó Otoniel, hijo de Cenaz hermano de Caleb; y él le dio su hija Acsa por mujer”. El sobrino siguió dignamente los pasos de su tío (muy distinto fue el sobrino de Abraham, Lot). Combatió teniendo ante sí un objeto de gran valor a sus ojos, al cual quería poseer; nada mejor para ganar la victoria. Su esperanza estaba unida a la hija de Caleb. Sin embargo, antes de recibir el premio, tuvo que demostrar su capacidad en las batallas del Dios de Israel: el padre no quería dar su hija a un incapaz. Si nosotros hemos de luchar para ganar a Cristo como premio de la victoria (Filipenses 3:12), recordemos también que él tuvo que luchar desprendiéndose de todo para adquirir la “perla de gran precio”: la Iglesia. “El cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciado el oprobio” (Hebreos 12:2). En él debemos poner los ojos para poder llegar a la misma meta. Si Caleb y Otoniel son modelos para el cristiano, es porque en ellos vemos vislumbrar un esplendor de la perfección de Cristo, hombre obediente, victorioso, que se dio a sí mismo por el objeto amado. Después de haber sido vencedor en el combate para él mismo, Otoniel luchó por los demás y cual libertador perseveró en este nuevo carácter hasta el fin de su carrera.

Acsa, a su vez, también es un ejemplo de perseverancia. Además de ser la feliz compañera del que demostró sus cualidades en la lucha, perseveró en “ruegos y súplicas”. “Concédeme un don”, pidió a su padre,

Puesto que me has dado tierra del Neguev, dame también fuentes de aguas. Él entonces le dio las fuentes de arriba, y las de abajo
(cap. 15:19).

¡Pidamos la abundancia de ese raudal del Espíritu para que riegue nuestro campo! Quizás el lugar de nuestra labor sea algo difícil, tierra de secadal, pero cuando tenemos la Palabra de Dios, él nos dará también su Espíritu para que la vivifique. Sin embargo, esta Palabra de vida es para muchos cristianos como «una tierra del mediodía», seca, en la cual su alma no halla ningún sustento; si tal es su caso, amado lector, siga el ejemplo de Acsa y pida a Dios las fuentes de su Espíritu que la pueden fructificar para su bien. Cristo posee las fuentes de arriba, nos las dio, son las bendiciones celestiales. Pero además posee las de abajo, y a su tiempo correrán para el mundo entero en su reino milenario. “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18). “Tú haces alegrar las salidas de la mañana y de la tarde. Visitas la tierra, y la riegas; en gran manera la enriqueces; con el río de Dios, lleno de aguas…” (Salmo 65:8-9). El profeta Ezequiel nos hace ver que este río sale de la casa de Dios –no podría salir de otro lugar– y aparte de fructificar la tierra, sana también las aguas del mar (Ezequiel 47:1-12).

Antes de abandonar el tema de la perseverancia, preguntémonos qué aplicación tiene para el cristiano. Caleb había perseverado en seguir cumplidamente en pos de Jehová su Dios; había perseverado siguiendo a Cristo conocido por él como Jehová en el Antiguo Testamento. ¿Qué es, pues, seguir a Cristo? A menudo el cristiano se hace una idea muy inexacta de su significado. Seguir a Cristo es andar tras él, tras una persona que conocemos como el guía que necesitamos; si tenemos confianza en nosotros mismos, no necesitamos de ningún guía; además, seguir a Cristo implica no solo una entera confianza en él, sino una humilde dependencia de él para seguirle doquiera vaya. Otro punto: siguiendo a alguien, tengo los ojos fijos en él para imitarlo. Imitar al Señor significa tratar de reproducir sus caracteres y asemejarse a él. En cualquier posición que Dios nos coloque, su objetivo es que reproduzcamos a Cristo en esta posición, es decir, Cristo en nuestras relaciones como si fueran las suyas, en nuestro servicio como si fuera el suyo, en nuestro testimonio como si fuera el suyo. Es lo que hizo Caleb siguiendo cumplidamente a Jehová su Dios.

¿En qué se aplica la perseverancia para el cristiano? El Nuevo Testamento contesta ampliamente a esta pregunta; he aquí algunos pasajes: “Todos estos perseveraban unánimes en oración” (Hechos 1:14); la perseverancia se aplica a la oración y a su carácter colectivo. Estos cristianos no se limitaban a doblar las rodillas cada uno por sí mismo y por sus propias necesidades, sino que perseveraban unánimes en oración por lo que tenían en común. “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2:42). Aquí también encontramos la perseverancia colectiva, pero aplicándose a cuatro cosas: primero, en la doctrina de los apóstoles y en la comunión unos con otros. Los primeros cristianos no se limitaban a seguir la doctrina de los apóstoles, sino que imitaban el ejemplo que los enviados del Señor daban en toda su vida. Luego, en el partimiento del pan y las oraciones: el memorial de los sufrimientos de Cristo y las relaciones del alma con Dios, expresándose en la dependencia de él. “En súplicas y oraciones” (1 Timoteo 5:5): he aquí la perseverancia individual. ¿Por qué la viuda perseveraba en la oración noche y día? Porque, sola y sin recursos, no podía dirigirse sino a Dios. De esta manera aprendió la dependencia. “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina” (1 Timoteo 4:16), persevera en estas cosas, escribe Pablo a Timoteo. Leyendo cuidadosamente lo que precede a este texto, hallaremos las cosas en las que Timoteo debía perseverar: amor, fe, pureza, lectura de la Palabra, exhortación, enseñanza, etc. El conjunto de todas estas cosas se llama “piedad”. Timoteo siguió perfectamente al apóstol en las cosas que habían caracterizado su vida: “doctrina, conducta, propósito, fe, longanimidad, amor, paciencia…” (2 Timoteo 3:10). Pablo mismo perseveró en el combate, la carrera y la fe. La perseverancia se aplica, pues, a todos los detalles de la vida cristiana. ¿Estamos solos al perseverar? No, por cierto; y si bien tenemos por compañeros a hombres sujetos a flaquezas como nosotros, tenemos también a aquel que dijo: “Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas” (Lucas 22:28). Y si alguna deserción sucediera como en el caso de Marcos, quien retrocedió ante las dificultades en la obra del Señor, la gracia puede fortalecerlo para que demuestre su perseverancia en tiempos más penosos aún (Hechos 15:38; 2 Timoteo 4:11). ¡Que podamos manifestar mejor esta perseverancia en nuestras vidas, para que al final de nuestra carrera, como Caleb, recibamos de Dios mismo las palabras de aprobación:

Por cuanto cumpliste siguiendo a Jehová!