Capítulo 24
Jesús y los dos discípulos de Emaús
Dos discípulos caminaban tristemente por el camino de Emaús. Habiendo perdido sus esperanzas terrenales de un Mesías para Israel, se dirigían a sus campos y sus asuntos (Marcos 16:12). Pero el misterioso forastero que se unió a ellos cambió completamente el curso de sus pensamientos. Comenzó por interrogarlos y luego les hizo notar su insensatez e incredulidad; dos cosas que a menudo van juntas (v. 25). ¡Cuántas veces nuestra ignorancia proviene del hecho de que no creemos! (Hebreos 11:3). Después el Señor les abrió las Escrituras y les mostró “lo que de él decían”. Nunca lo olvidemos, la clave del Antiguo Testamento, y especialmente de las profecías, consiste en buscar a Jesús en ellas.
Observemos como el Señor se deja retener por los que lo necesitan: entró para quedarse con estos dos discípulos. Que nosotros también podamos hacer esta experiencia; en particular cuando estamos desanimados y nuestras circunstancias han tomado un giro distinto del que esperábamos. Aprendamos en su presencia a aceptarlas tal como son. “La consolación de las Escrituras” dirigirá entonces nuestros pensamientos hacia un Salvador vivo y hará arder nuestros corazones (Romanos 15:4). “Las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza”.
"Ha resucitado el Señor verdaderamente"
El Señor hubiera podido subir al cielo inmediatamente después de su resurrección, pero deseaba ver aún a sus queridos discípulos (Juan 16:22); quería darles la prueba de que no solo estaba vivo, sino que continuaba siendo un hombre, el mismo Jesús que ellos habían conocido, seguido y servido. Queridos amigos creyentes, nosotros veremos en el cielo no solamente a “un espíritu”, ni tampoco a un extraño para nuestros corazones, sino al Jesús del Evangelio, al Hijo del Hombre presentado por Lucas, al tierno Salvador que habremos aprendido a conocer y amar en esta tierra.
En este capítulo se insiste cuatro veces sobre la necesidad de que todo el consejo eterno de Dios se cumpliese en los sufrimientos de Cristo, pero también en sus glorias (v. 7, 26, 44, 46).
Jesús llevó a los discípulos fuera, hasta Betania, lugar que él escogió para despedirse de los suyos. Los estableció así, en figura, “fuera” del sistema judío (v. 50), durante el tiempo que dure su ausencia, sobre un nuevo terreno, el de la vida nueva y el de la comunión (Juan 12:1). La última palabra del Señor es una promesa (v. 49), y su último gesto una bendición (v. 50). Él ascendió al cielo, pero el corazón de los suyos desbordaba de gozo y alabanza. Objetos del mismo amor, celebremos nosotros también a nuestro Dios, a nuestro Padre, y regocijémonos en un Salvador perfecto.
