Capítulo 4
La perfección del Señor manifestada
El diablo intentó tentar al Señor en el desierto, lugar en donde Israel había multiplicado sus murmuraciones y codicias (Salmo 106:14). El primer ataque del enemigo dio ocasión para que Jesús declarase esta verdad fundamental: el hombre tiene un alma que necesita el alimento espiritual: la Palabra de Dios, de la cual se nutre el ser interior. Luego, a este hombre perfectamente dependiente, Satanás le ofreció todos los reinos del mundo y su gloria. ¡Cuántos han vendido su alma por cosas infinitamente menores! El mundo es parte de la heredad destinada al Señor Jesús. Pero, sea la tierra o un simple pedazo de pan, Cristo no quería recibir nada que no viniera de la mano de su Padre (Salmo 2:8). Entonces Satanás insinuó por segunda vez: “Si eres Hijo de Dios…” (v. 3, 9), como si tal condición tuviera que ser probada. Esto era poner en duda lo que el Padre acababa de proclamar (cap. 3:22); en otras palabras, era tentar a Dios. Jesús no hubiera podido ser un modelo para nosotros si hubiese vencido al diablo en virtud de su poder divino. Triunfó con las mismas armas que están a disposición del hombre: una entera dependencia de Dios, una obediencia absoluta a su Palabra y una confianza inquebrantable en sus promesas.
Condiciones para recibir la gracia
El Señor comenzó su ministerio en Nazaret, donde fue criado. Nuestro testimonio empieza en nuestra casa y en nuestro entorno. Tal vez tengamos más valor para ir a evangelizar a los paganos que para dar testimonio ante los que nos conocen.
En la sinagoga, el divino Maestro leyó el pasaje de Isaías que lo señala como el Mensajero de la gracia. Proclamó la libertad a los cautivos (ver Isaías 42:7; 61:1). Si se anunciara la amnistía y la liberación a unos prisioneros, ¿podríamos imaginar que algunos prefirieran la cautividad, que otros se atrevieran a contar con su inocencia para ser librados por vía legal o que algunos, al contrario, dijeran: «Esto no es para mí, soy demasiado culpable», y finalmente que otros se negaran a creer tal mensaje de gracia? Actitudes insensatas y bastantes improbables, y sin embargo, muy corrientes entre los que rechazan la salvación.
Pero muchos cautivos de Satanás reciben gozosos la libertad ofrecida. ¿A qué clase de prisioneros se parece usted? El triste fin de este episodio nos muestra cómo los habitantes de Nazaret, imagen de todo el pueblo, rechazaron estas “buenas nuevas”: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11).
Milagro tras milagro
Echado de Nazaret, Jesús prosiguió su ministerio en Capernaum. Enseñó y curó con una autoridad que no hubiera asombrado a los hombres (v. 32, 36) si estos hubiesen querido reconocer en él al Hijo de Dios. En cambio, los demonios no se equivocaban. Santiago 2:19 declara que ellos “creen, y tiemblan”. Mientras Jesús estuvo aquí en la tierra, la actividad demoníaca se duplicó para obstaculizar la del Señor. Encontraba a estos espíritus impuros hasta en la sinagoga, pero Jesús no les permitía que le diesen testimonio. Los versículos 38 y 39 nos cuentan la curación de la suegra de Simón. Jesús se inclinó afectuosamente sobre la enferma, pues él no se ocupa de nuestros males desde la lejanía. ¿Cómo empleó esta mujer la salud que acababa de recuperar? De una manera que nos habla a todos, “levantándose ella al instante, les servía”.
Si bien Jesús era extranjero en este mundo, no podía permanecer ajeno a las penas y miserias que el mundo padecía. La noche no interrumpía su maravillosa actividad, y desde muy temprano estaba pronto a retomarla, después de haber pasado un momento alejado, a solas con Dios. Esta dependencia no podía ser interrumpida por la gente que buscaba retener al perfecto Servidor.
