Capítulo 9
Discípulos enviados – Descanso aparte
El Señor envió a sus apóstoles. El poder y la autoridad que les dio eran la única cosa que ellos necesitaban para el camino (v. 3). A su regreso, los doce se apresuraron a contar todo lo que ellos habían hecho (v. 10). Compare con lo que hicieron Pablo y Bernabé, años más tarde, al volver de uno de sus viajes misioneros. Habiendo reunido a la iglesia de Antioquía, “refirieron cuán grandes cosas había hecho Dios con ellos” (Hechos 14:27; 21:19; 1 Corintios 15:10).
Jesús llevó a sus discípulos aparte, pero la gente no tardó en descubrirlo; entonces volvió a su ministerio sin la menor impaciencia ni cansancio. Recibió, habló y sanó a los que lo siguieron. Por su parte los discípulos, quizá más preocupados por su propio descanso que por el de los que allí estaban reunidos, querían despedir a la gente (v. 12). Pero el Maestro, al tiempo que se ocupó de la multitud, dio una lección a los suyos. Cuando fue constatada la insuficiencia de sus provisiones para alimentar a esta muchedumbre, Jesús proveyó por su propio poder. Observemos que hubiera podido prescindir de los cinco panes y de los dos peces; pero, en su gracia, toma lo poco que nosotros ponemos a su disposición y lo transforma en abundancia. Su poder siempre se perfecciona en la debilidad de sus servidores (2 Corintios 12:9).
Confesión de Pedro – Anuncio de la cruz
La gente consideraba a Jesús como un profeta y no como el Cristo, el Hijo de Dios (v. 19). Por eso el Señor habló de su camino de rechazo y de sufrimiento, en el cual invita a los suyos a seguirle. Este camino requiere no solo el renunciamiento a tal o cual cosa, sino a uno mismo y a su propia voluntad. Frente al mundo y a sus maldades, los cristianos están muertos (Gálatas 6:14), pero están vivos para Dios y para el cielo. Por el contrario, los que quieran vivir su vida aquí abajo tienen ante ellos la muerte eterna. La prenda de esta elección capital es nuestra alma; ella vale más que el mundo entero.
Al subir al monte de la transfiguración, el Señor, para animar a los suyos, después de haberles mostrado el camino difícil de la cruz, deseaba mostrarles también dónde terminaría: en la gloria con él. ¿Y cuál era el tema de conversación allá arriba? La muerte del Señor Jesús. Habló con Moisés y Elías, pues no pudo hacerlo con sus discípulos (Mateo 16:21-22). Pero, por más grandes que fuesen estos testigos del Antiguo Testamento, debieron desaparecer ante la gloria del “Hijo amado”. La ley y los profetas habían llegado a su fin. Desde entonces Dios habla por el Hijo. ¡Escuchémosle! (v. 35; Hebreos 1:2).
Incapacidad, intolerancia y orgullo de los discípulos
Después de la escena de la gloria, en la cual Jesús fue el centro, el Señor tuvo que hacer frente a una situación terrible: el poder de Satanás sobre un muchacho y la angustia de su padre. La salvación que el Señor obró exaltó la grandeza de Dios (v. 43).
¡Qué contradicción encontramos luego en los discípulos! Seguían a Aquel cuya humillación voluntaria le conduciría a la cruz, pero al mismo tiempo estaban preocupados por saber cuál de entre ellos sería el más grande (v. 46). Ellos mismos habían tratado de echar los demonios en el nombre del Señor, pero no siempre lo lograron (v. 40), sin embargo prohibían a otro que lo hiciera (v. 49; comp. con Números 11:26-29). Por fin, cuando su Maestro estaba en camino para cumplir la obra de la salvación de los hombres… y la de ellos, Jacobo y Juan querían hacer descender el fuego del juicio sobre los samaritanos que se negaron a recibirlo. Egoísmo, celos, rencor y planes de venganza, en los cuales reconocemos el triste espíritu que a menudo anima nuestros corazones (v. 55).
Jesús emprendió su último viaje a Jerusalén conociendo plenamente lo que lo esperaba, pero lo hizo con una santa determinación.
Afirmó su rostro para ir a Jerusalén (v. 51).
Nuestro amado Salvador no se desvió de la meta que en su amor se había propuesto.
Cómo seguir al Señor – La mies es mucha
Es fácil declarar: “Señor, te seguiré adondequiera que vayas” (v. 57). Pero Jesús no ha escondido lo que significa seguirlo, pues los más grandes obstáculos no están en el camino sino en nuestro corazón; y para ayudarnos a descubrirlos, el Señor pasa revista a sus rincones más secretos. El amor a nuestro bienestar (v. 58), tal o cual conveniencia, afecto o costumbre (v. 59, 61) podría tomar rápidamente el lugar de la obediencia que debemos a Cristo y conducirnos inevitablemente a remordimientos, miradas hacia atrás y, tal vez, a un humillante abandono final.
En el capítulo 10 vemos que Jesús designó a 70 obreros y él mismo los mandó a la siega. Les dio sus instrucciones y los envió “como corderos en medio de lobos” (v. 3), pues debían manifestar los caracteres de humildad y dulzura de Aquel que era el Cordero en medio de los mismos lobos. Hoy, al igual que entonces, hay pocos obreros. Supliquemos, pues, al Señor de la gran siega (2 Tesalonicenses 3:1) que envíe más. Él se encargará de designar, formar y enviar a nuevos obreros. Sin embargo, para poder pedirlo con fervor y sinceridad, tengo que estar dispuesto a aceptar que el Señor me designe a mí.
