Capítulo 23
Jesús acusado ante las autoridades civiles
Fue fácil manifestar unanimidad contra Jesús. Los principales del pueblo se levantaron juntos para llevarlo a Pilato, el único que tenía poder de condenar a muerte. ¿De qué acusaban a su prisionero? De pervertir a la nación, es decir, de llevarla hacia el mal; él, que solo había trabajado para llevar el corazón de este pueblo a Dios. También lo acusaban de prohibir que se diera tributo a César, cuando él les había dicho lo contrario: “Dad a César lo que es de César” (cap. 20:25). Pero estas mentiras no tuvieron sobre Pilato el efecto que los judíos esperaban. En su desconcierto, el gobernador buscaba un medio de eludir la responsabilidad de juzgarlo. Entonces envió a Jesús ante Herodes, quien sentía hacia él cierto temor mezclado con odio y curiosidad (v. 8; 9:7; 13:31). Pero al no ser satisfecho este último sentimiento, toda la bajeza de dicho dignatario se descubrió. ¡Se complació en humillar a un prisionero indefenso, de cuyos milagros de amor había oído hablar! Finalmente, decepcionado, volvió a enviarlo a Pilato.
Al contemplar a Jesús, a quien maltrataban y afrentaban así, nuestros corazones se regocijan pensando en el momento en que aparecerá en su gloria, cuando cada uno deberá reconocer que “Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Isaías 53:3; Filipenses 2:11).
Condenado a pesar de su inocencia
Más confundido que nunca, Pilato reunió a los sacerdotes, a los gobernantes y al pueblo, y tres veces les afirmó que en Jesús no encontraba nada que fuese digno de muerte. Pero su deseo de liberarlo solo hizo aumentar la insistencia del pueblo para pedir su crucifixión. Una muchedumbre manifiesta fácilmente su cobardía y crueldad porque, escondidos en el anonimato, los más bajos instintos se dan libre curso. Aquélla lo fue aún más, siendo instigada por sus propios conductores. Finalmente sus gritos prevalecieron y, a cambio de la libertad del homicida Barrabás, lograron que Jesús fuera entregado a su voluntad. Para Pilato, hombre sin escrúpulos, una vida humana tenía menos valor que el favor del pueblo.
Entre los que acompañaron al condenado inocente, muchos sintieron compasión y lloraron. Pero la emoción no es una prueba de la obra de Dios en un corazón. Si así fuese, estas mujeres hubieran llorado por ellas mismas y por la ciudad criminal, como Jesús lo hizo (cap. 19:41). Muchas personas son tocadas sentimentalmente por la vida admirable del Señor y se indignan a causa de la injusticia cometida contra él, pero no piensan que ellas mismas también tienen, por sus pecados, una responsabilidad personal en su muerte (Isaías 53:6).
Después de la burla de los hombres, la ira de Dios contra el pecado
Jesús fue llevado a ese siniestro lugar de la Calavera donde lo crucificaron entre dos malhechores. “Padre, perdónalos…”, tal es su sublime respuesta a todo el mal que le hicieron los hombres (comp. 6:27). Si ellos se arrepintieran, su crimen –el más grande de la historia de la humanidad– sería expiado por medio de Su propia muerte.
En la cruz, donde todos estaban presentes, desde los gobernantes hasta el miserable ladrón (v. 35, 39), toda la maldad del corazón humano se descubrió sin ninguna vergüenza: miradas cínicas, risas, provocaciones, injurias… pero aquí comenzó una conversación maravillosa entre el Salvador crucificado y el otro malhechor convencido de pecado (v. 41). Iluminado por Dios, discernió en el hombre maltratado y coronado de espinas que iba a morir a su lado una víctima santa, un rey glorioso (v. 42). Y recibió una promesa inestimable (v. 43). Así, desde la misma cruz, el Señor gozó del primer fruto de la “aflicción de su alma” (Isaías 53:11).
Después de las tres últimas horas de tinieblas impenetrables, Jesús volvió a gozar de su relación con Dios, la cual había sido interrumpida durante el abandono que acababa de atravesar. Y en plena serenidad encomendó él mismo su espíritu en las manos de su Padre. La muerte del Justo fue para Dios la oportunidad de dar un último testimonio a través del centurión romano (v. 47).
Puesto en el sepulcro – Domingo por la mañana
La intervención de José de Arimatea nos muestra que la gracia había alcanzado a este hombre, uno de los ricos que se nos menciona con frecuencia en Lucas (cap. 18:24; Mateo 27:57) y principal del pueblo. Este discípulo había sido especialmente preparado para sepultar el cuerpo del Señor (según Isaías 53:9). Luego el Espíritu nos presenta a unas mujeres abnegadas y recalca que ellas habían acompañado a Jesús desde Galilea (v. 49, 55). Estas estuvieron presentes en el Calvario. Después, con más amor que comprensión, prepararon perfumes para ungir su cuerpo. Finalmente, la mañana del primer día de la semana, las vemos dirigirse al sepulcro, donde tuvieron un maravilloso encuentro. Dos ángeles se presentaron allí para anunciarles que sus preparativos eran inútiles: Aquel a quien ellas buscaban ya no estaba en la tumba; había resucitado.
Desafortunadamente la experiencia cristiana de numerosos hijos de Dios no va más allá de la cruz. La extraña pregunta:
¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?
podría serles dirigida. Queridos amigos, ¡alegrémonos!, Jesús no es solamente un Salvador muerto en la cruz por nuestros pecados. Él vive eternamente (Apocalipsis 1:18) y nosotros vivimos con él (Juan 14:19).
