Capítulo 7
Un centurión – Una viuda
¡Qué nobles sentimientos encontramos en el centurión de Capernaum! Gran afecto por un simple esclavo; benevolencia hacia Israel; humildad (“no soy digno”, declaró él; contrario a la propia justicia que arguyeron a su favor los ancianos de Israel; comp. v. 4); sentido de la autoridad y del deber adquirido por la vida militar (v. 8). Pero el Señor no admiró las cualidades morales, sino la fe de este extranjero, y la exaltó. La fe no existe sino por el objeto sobre el cual se apoya: en este caso, la omnipotencia del Señor. Cuanto más sea conocido el objeto en su grandeza, más grande será la fe. ¡Que Cristo sea grande para nuestro corazón!
Aproximándose a Naín, el Señor y la gente que lo acompañaba se encontraron con un cortejo. Era un entierro, como los que se ven en las calles (Eclesiastés 12:5; terrible advertencia de que la muerte constituye la paga del pecado). Pero este era particularmente triste, pues se trataba del único hijo de una viuda. Movido a compasión, Jesús comenzó por consolar a la madre. Después tocó el féretro (así como tocó al leproso en el cap. 5:13, sin ser mancillado; comp. Números 19:11). ¡Y el muerto se sentó y comenzó a hablar, manifestando así su retorno a la vida! No olvidemos que el testimonio verbal es una prueba necesaria de la vida que está en nosotros (Romanos 10:9).
Jesús, ¿es el Mesías prometido?
Desde la cárcel donde Herodes lo había encerrado (3:20), Juan el Bautista envió a Jesús dos de sus discípulos para inquirir acerca de él. En la pregunta que hizo se reflejaban sus dudas y desaliento. Había anunciado el reino, mas ahora estaba en la cárcel. ¿Era posible que Jesús fuera “el que había de venir”?
Muchas personas, considerando el estado actual de la Iglesia, la persecución de los creyentes en numerosos países y la indiferencia del mundo acerca del Evangelio, llegan a dudar del poder del Señor y de su reinado. Pero este último no se establecerá antes del arrebatamiento de la Iglesia y del cumplimiento de los acontecimientos proféticos.
Las obras de Jesús se encargaron de responder a la pregunta de los mensajeros. Juan había dado testimonio del Señor; ahora era el Señor quien, ante la misma muchedumbre, daba testimonio de Juan. Y mostraba con tristeza qué acogida había encontrado el ministerio del precursor y el suyo en “esta generación” privilegiada (v. 31). Ni el llamado al arrepentimiento proclamado por Juan, ni las buenas nuevas del Salvador, que debieran producir la alegría y la alabanza, habían encontrado eco en la muchedumbre del pueblo y de sus jefes.
En la casa de Simón el fariseo
Aunque era completamente distinto de Leví el publicano (Lucas 5:29), Simón el fariseo también convidó al Señor a su mesa. Quizás pensaba recibir el honor, pero Jesús le dio una humillante lección. Una mujer conocida por su vida pecaminosa se introdujo en la casa y derramó a los pies de Jesús, junto con el homenaje de su perfume, abundantes lágrimas de arrepentimiento. Fue esta pecadora, y no Simón el fariseo, quien refrescó el corazón del Salvador, pues ella tuvo conciencia de su gran deuda con Dios y vino a Jesús en el único estado conveniente: con un corazón contrito y humillado (Salmo 51:17). Antes de dirigirle la palabra de gracia que esta mujer esperaba, el Señor tuvo que decir “una cosa” a Simón, cuyos pensamientos secretos conocía. ¡Cuántas veces podríamos oír nuestro nombre en lugar del de Simón! «A ti también tengo algo que decirte», dice el Maestro a cada uno de nosotros. «Tal vez te comparas a otras personas que no han recibido como tú una educación cristiana, pero lo que cuenta a mis ojos son el amor por mí y las pruebas que me ofreces de este amor». ¡Que podamos discernir cuánto nos ha perdonado para amar más a nuestro Salvador!
