Lucas
Lucas

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 11

Aprender a orar

Los discípulos se asombraron al ver qué lugar ocupaba la oración en la vida de su Maestro. Hagamos como ellos. Pidamos al Señor que nos enseñe a orar. ¿Se trata de recitar algunas frases aprendidas de memoria? La parábola de los dos amigos nos enseña, por el contrario, a expresar cada necesidad de una manera simple y precisa: “Amigo, préstame tres panes…” (v. 5). Tal vez sea una necesidad espiritual que sentimos y que, por así decirlo, viene a llamar a la puerta de nuestro corazón. Cuidémonos de rechazarla; tratémosla, más bien, como un amigo que llega de viaje (v. 6). Pero, ¿no tenemos nada que presentarle? Entonces, volvámonos hacia el Amigo divino, sin temor a importunarlo. En su amor, Dios se complace en responder a sus hijos, y nunca los decepciona. Mas si en nuestra ignorancia y falta de sabiduría le pedimos “una piedra”, él sabe cambiar nuestra petición en “buenas dádivas”.

Hasta que el hombre haya encontrado al Señor Jesús, es tan mudo para Dios como el endemoniado del versículo 14. El cristiano, aquel que ha sido salvado por Cristo, habiendo recibido por su conversión el don del Espíritu Santo (comp. v. 13), puede libremente elevar su voz en alabanza y oración. Hagamos uso de este privilegio.

Una casa barrida – Señal y predicación de Jonás

Solo el poder del Señor Jesús, vencedor del “hombre fuerte”, puede librarnos del mal que está en nosotros. De otra manera, una pasión echada fuera de nosotros será fatalmente reemplazada por otra. Nuestro corazón es parecido a la casa del versículo 25. De nada sirve barrerla y adornarla si un huésped nuevo –Jesús– no viene a habitarla y a gobernarla. La bendición –repite luego el Señor– no depende de las relaciones familiares (v. 27-28; comp. 8:21) ni de los privilegios de una generación. Está prometida a los que escuchan y obedecen la Palabra de Dios. El versículo 33 retoma la enseñanza del capítulo 8:16. El almud, medida de capacidad, es el símbolo del comercio y de los negocios; la cama, el del sueño y de la pereza. Cosas opuestas una a otra, pero las dos son capaces de apagar la pequeña llama de nuestro testimonio. En Mateo 5:15 la lámpara debe alumbrar a “todos los que están en la casa”. Aquí está encendida “para que los que entran –las visitas– vean la luz”.

El ojo maligno (v. 34) es el que hace penetrar en nosotros las tinieblas del pecado. ¡Cuidado con la dirección que algunas veces toman nuestras miradas (Job 31:1), con ciertas lecturas que ensucian el corazón y dan libre curso a nuestra imaginación! ¡“Limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios”! (2 Corintios 7:1).

La entrada en Jerusalén

El camino del Señor llegaba a su término: la ciudad de Jerusalén, hacia la cual, desde el capítulo 9:51, había dirigido resueltamente su rostro sabiendo lo que le esperaba. Sin embargo, durante un momento, los discípulos pudieron pensar que su reinado iba a aparecer inmediatamente (v. 11). Jesús mostró su soberanía reclamando el asno, a fin de cumplir la profecía de Zacarías 9:9. ¿Y no hay en nuestra vida muchas cosas acerca de las cuales podríamos oír decir: “El Señor lo necesita”? (v. 34). Al son de las aclamaciones de la muchedumbre de sus discípulos, el Rey hizo su entrada majestuosa en la ciudad. Pero, en contraste con esta alegría, los fariseos mostraron su indiferencia hostil (v. 39). En verdad, las piedras serían más dóciles a la acción del poder divino que el corazón endurecido del desgraciado pueblo judío. Al ver la ciudad, Jesús lloró sobre ella. Sabía cuáles iban a ser las trágicas consecuencias de su ceguera. Veía ya a las legiones de Tito, cuarenta años más tarde, asediando la ciudad culpable (Isaías 29:3-6). ¡Escenas indescriptibles de masacres y destrucción seguramente pasaron ante sus ojos!

Después, entrando en la ciudad y en el templo, consideró con no menos pena el comercio que lo llenaba y, con una santa energía, lo hizo cesar (comp. Ezequiel 8:6).

El barniz de las apariencias

Por segunda vez Jesús estaba invitado a la mesa de un fariseo (comp. 7:36). Y aquí, otra vez, su anfitrión se permitió criticar al Señor. Entonces, en un discurso vehemente, el que conoce los corazones denunció la maldad y la hipocresía de esta clase responsable del pueblo. Dándose una piadosa apariencia a los ojos de los hombres, estos fariseos y doctores de la ley escondían un estado interior de corrupción y muerte, como un sepulcro sobre el cual se pisa sin darse cuenta.

¿Quién osaría jamás hablar tan severamente a alguien que lo ha invitado? Pero, según el testimonio de los mismos fariseos, Jesús era amante de la verdad, no se cuidaba de nadie porque no miraba las apariencias de los hombres (Mateo 22:16). ¡Qué ejemplo para nosotros, pues sabemos cuidar muy bien nuestra reputación por medio de palabras amables, pero a menudo poco sinceras! Esta pretendida cortesía, pero en el fondo una prueba de falsedad y formalismo, era lo que Jesús condenaba en los fariseos.

No pudiendo contradecir al Señor, sus adversarios trataban de sorprenderle en alguna falta. Algunas expresiones del Salmo 119 nos muestran sus oraciones mientras sufría tal oposición: “Me has hecho más sabio que mis enemigos con tus mandamientos, porque siempre están conmigo” (Salmo 119:98, 110, 150…).