Lucas
Lucas

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 2

Nacimiento del Señor – Mensaje a los pastores

Sin saberlo, el emperador Augusto César fue uno de los instrumentos de los cuales Dios se sirvió para cumplir sus maravillosos designios. Desconocidos por todos, José y María se dirigieron a Belén, en donde tuvo lugar el nacimiento del Señor Jesús. Pero, ¡qué entrada hizo el Hijo de Dios en este mundo! ¡Tuvo que ser acostado en un pesebre porque no había lugar para él en el mesón! Su venida molestó al mundo. Cuántos corazones se asemejan a este mesón: no hay sitio para el Señor Jesús.

No fue a los grandes, sino a los humildes pastores a quienes fue anunciada la maravillosa noticia: “Os ha nacido hoy… un Salvador”. Él nació para ellos y para nosotros. Al mundo no le interesó el nacimiento del Salvador, pero el cielo entero celebró este incomparable misterio:

Dios fue manifestado en carne… visto de los ángeles 
(1 Timoteo 3:16).

Estos dieron gloria a Dios en su magnífico cántico, anunciaron la paz en la tierra y la buena voluntad de Dios para con los hombres (comp. Proverbios 8:31). Gracias a la señal que les fue dada, los pastores encontraron al niño, comunicaron lo que acababan de ver y oír y dieron gloria a Dios (v. 20). Unamos nuestro reconocimiento y loor al de ellos.

Los que esperaban la redención

El niño fue sometido a todo el ritual que ordenaba la ley del Señor. El nombre del Señor se repite cuatro veces en los versículos 22-24, como para afirmar los derechos divinos sobre ese niño y el cumplimiento de la voluntad de Dios desde su cuna. El sacrificio ofrecido en el templo destaca la pobreza de José y María (ver Levítico 12:8). Una vez más el Liberador de Israel fue presentado a los humildes y piadosos ancianos: Simeón y Ana, y no a los principales del pueblo. ¿En mérito a qué les fue otorgado este favor? ¡Porque lo esperaban! El Espíritu condujo a Simeón al templo y le señaló a Aquel que es “la consolación de Israel” (v. 25), la salvación de Dios, la luz de las naciones y la gloria del pueblo. Él vio con sus propios ojos y tuvo en sus brazos a este niño que era todo esto para su fe. Dio gracias a Dios y anunció que Jesús sería la piedra de toque para manifestar el estado de los corazones (Isaías 8:14), tal como todavía lo es hoy. A su vez Ana, mujer de oración y fiel testigo, también vino y se unió a la alabanza. Al permanecer en el templo, cumplía el versículo 4 del Salmo 84 y habló de lo que llenaba su corazón: habló de él. ¡Qué gran ejemplo para nosotros!

Infancia de Jesús en Nazaret

Este pasaje tiene una importancia particular: es la única ojeada que Dios ha juzgado conveniente darnos a conocer sobre la infancia y juventud del Señor Jesús. Por lo tanto tenemos aquí, especialmente para los jóvenes y los niños, el Modelo por excelencia. Fue perfecto en sus relaciones con su Padre celestial, cuyos “negocios” eran la prioridad de su vida. También fue perfecto en su contacto con los doctores de la ley: infinitamente más sabio que todos ellos, no les enseñaba, sino que los escuchaba y les preguntaba, única actitud que convenía a su edad. Igualmente perfecto en sus relaciones con sus padres: estaba sujeto a ellos, aclara el versículo 51, para que no pensemos que se había escapado por insubordinación. Él, que tenía conciencia de su soberanía como Hijo de Dios, se sometió a una absoluta obediencia a sus padres.

Finalmente subrayemos la asiduidad de Jesús en el templo y su precoz interés por las verdades divinas. Nada más lo atraía en la célebre ciudad de Jerusalén, la que probablemente visitaba por primera vez. ¿Qué importancia damos nosotros a la presencia del Señor y a sus enseñanzas?