Capítulo 8
¿Cómo se recibe el Evangelio?
Junto con los discípulos, algunas mujeres piadosas seguían al Señor y “le servían de sus bienes”. Lo que ellas hicieron por Jesús está mencionado después de lo que él hizo por ellas (v. 2). Los versículos 4-15 contienen la parábola del sembrador y su explicación. Tres cosas ocasionan la esterilidad del suelo: los pájaros, figura del diablo (v. 12); la piedra, aquí imagen del corazón árido, impenetrable para toda acción profunda y duradera; por último, los espinos, que nos hablan del mundo con sus preocupaciones, riquezas y placeres (v. 14). Sin embargo, el mejor de los terrenos siempre debe ser primeramente labrado. ¡Operación dolorosa! El suelo es abierto, removido y revuelto a fin de hacerlo propicio para dejar penetrar y germinar la semilla. Así es como Dios opera (a menudo por medio de las pruebas) en la conciencia de aquellos que van a recibir la Palabra. Pero este trabajo no se hace en los tres primeros terrenos. Es inútil labrar en un camino continuamente hollado, e igualmente es imposible labrar en la roca. En cuanto a los espinos, primeramente es necesaria una limpieza, y las raíces del mundo a menudo son muy profundas en el corazón. El oír la Palabra caracteriza a todos los suelos, pero retenerla y llevar fruto con perseverancia es propio de la buena tierra (v. 15).
La familia de Dios – Salvados de la tempestad
A nadie se le ocurre, después de haber encendido una lámpara, esconderla debajo de una vasija o de una cama. “Hijos de luz”, nuestro cometido en esta tierra es hacer brillar distintamente en las tinieblas de este mundo las virtudes de Aquel que es la Luz (v. 16; Mateo 5:14; 1 Pedro 2:9 final).
Con ocasión de la venida de su madre y sus hermanos, el Señor habló una vez más de los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (v. 21; 6:47). Únicamente ellos pueden prevalerse de una relación con él.
El sueño de Jesús en la barca nos lo muestra como un hombre cansado por su jornada de trabajo. Pero, un instante después, la orden que dio al viento y a las olas hizo resaltar su condición de Dios soberano. Llenos de temor, los discípulos gritaron: “¿Quién es este…?” (v. 25). Varias veces hemos oído esta pregunta (cap. 5:21; 7:49). Muchos años antes, Agur ya la había hecho: “¿Quién encerró los vientos en sus puños? ¿Quién ató las aguas en un paño?” (Proverbios 30:4). Aquel que “aun a los vientos y a las aguas manda” y revela su poder a los discípulos faltos de fe, es el Hijo de Dios, el Creador. Hoy su poder no ha cambiado. Pero, ¿qué hay de nuestra fe?
Salvado del poder demoníaco
El poder divino, del cual Jesús dejó percibir algo al calmar la tempestad, se encontraba aquí frente a una violencia mucho más terrible: la de Satanás. Una legión de demonios se había apoderado totalmente de la voluntad de este desgraciado gadareno. Los hombres habían tratado inútilmente de dominarlo con cadenas y grillos, imagen de los vanos esfuerzos de la sociedad para refrenar las pasiones. Este pobre hombre poseído, que habitaba en los sepulcros, ya estaba moralmente muerto. Se hallaba desnudo, es decir, incapaz, al igual que Adán, de esconder a Dios su estado. ¡Qué cuadrode la decadencia moral de la criatura! Pero también, ¡qué cambio cuando interviene la salvación del Señor! (Efesios 2:1-6). La gente de la ciudad solo podía comprobarlo. Encontraron a este hombre “sentado a los pies de Jesús, vestido, y en su cabal juicio”. Sí, por fin el rescatado encuentra paz y reposo cerca de su Salvador; Dios lo viste de justicia y le da inteligencia para conocerlo. Pero la presencia de Dios inquieta y molesta aún más al mundo que el poder del diablo.
El endemoniado, ya sano, deseaba acompañar a Jesús (comp. Filipenses 1:23), pero el Señor le mostró su campo de acción: su propia casa y ciudad, en donde contó todo lo que Jesús había hecho por él (Salmo 66:16).
Doce años
Jairo, este principal de la sinagoga cuya única hija estaba a punto de morir, suplicó a Jesús que fuera a su casa. No tenía tanta fe como el centurión del capítulo 7, pues este último sabía que una palabra del Señor bastaría para que su siervo fuese curado, aun a distancia. Estando en camino, Jesús fue tocado a escondidas por una mujer que había consultado en vano a muchos médicos. Pero, con la curación, el Señor quiso darle la seguridad de la paz; para ello, la obligó a que se hiciera conocer.
En su camino con el padre angustiado, Jesús tuvo “lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado (v. 50; comp. 7:13; Isaías 50:4). Luego tuvo lugar una extraordinaria escena. Al llamado del “Autor de la vida” (Hechos 3:15), la niña se levantó inmediatamente. Pero Jesús sabía que tenía necesidad de alimento y, en su tierna solicitud, hizo que este le fuese dado. Así, en estas dos circunstancias, vemos el amor del Señor manifestarse aún después de la salvación: hacia la mujer, para establecerla en una relación personal con él y llevarla a darle públicamente un testimonio, y hacia esta niña, para alimentarla y fortalecerla.
